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El elemento nacional en «Bestiario 3» de Giovanni Di Pietro

ALEX FERRERAS [mediaisla] La totalidad de la obra crítica de Di Pietro es un solo testimonio de entrega con el que no renuncia a una mejor práctica de la escritura novelesca en los escritores dominicanos. En otras palabras, novelas que no tengan para él un mensaje o moraleja, fracasa desde la óptica de su metodología crítica 

Bestiario 3 (Unicornio-Santuario, 2019) se presume que es la última obra crítica sobre la narrativa de largo aliento que publicaría Giovanni Di Pietro en la República Dominicana, escrita en un lapso de más de tres décadas. Amigos escritores, incansables en su gestión cultural, con la que buscan poner de realce lo mejor de la producción literaria nacional, se resisten, sin embargo, a que el crítico se decida a pasar ya la antorcha a jóvenes críticos que le servirían de relevo. Pese a las descalificaciones que ha sufrido, Di Pietro, en todos estos años, no ha hecho sino haber dado a conocer, rescatar del olvido o el anonimato y revalorizar las mejores novelas que se han escrito en el país. En un antiguo ensayo, el crítico sostiene que la preocupación nacional está en la base del grueso de las novelas que se ha escrito en el país, desde sus inicios en el siglo XIX, que atraviesa todo el siglo pasado y que aún continúa en algunos narradores del presente. Es cuanto explica que autores como Guillermo Piña-Contreras, Laureano Guerrero, Bruno Rosario Candelier, Jimmy Sierra, entre otros escritores, persistan en tratar parejo tema en sus novelas, sin que les preocupe, por lo que parece, la tendencia globalista y el dominio de las leyes del mercado que marcan el pulso a la era en que vivimos.

Si es un hecho que los citados narradores exploran la imagen de la nación en sus obras, y dentro de ellos, algunos que recurren al testimonio como género, y otros, que sin ningún rubor reactualizan la posición de nuestro pesimismo decimonónico en el presente, no deja de resaltar en el ínterin la del Di Pietro como crítico también preocupado por la suerte del país. En cada ensayo escrito se puede rastrear su apego a esa tierra que una vez le diera acogida y en la que ha echado raíces; un amor, el suyo, que lejos de disminuir con el paso de los años y la distancia, se acrecienta, a juzgar por el ritmo constante de obras sobre la novelística nacional que publica; que quiérase o no, y dando por descontado el estilo ácido que a veces adopta en el uso de su escalpelo, ha dejado su huella.

No es de extrañar que a menudo Giovanni haya traspuesto a veces los límites en sus consideraciones críticas sobre la novela dominicana en pro del país cuando lo ha entendido amenazado, tanto frente a los antivalores que algunos novelistas han intentado contrabandear en su sociedad como ante los ataques que ha experimentado tanto dentro como fuera de sus linderos. Esta actitud suya se adivina en las páginas de sus publicaciones sin que sea necesario hacer el menor esfuerzo para lograrlo de la misma suerte en que lo hace en sus criterios de selección y evaluación de las novelas que ha estudiado, en los que por lo regular predomina el interés que tenga el novelista por dramatizar los problemas nacionales. De ahí que Roberto Marcallé Abreu haya sido el novelista con el que más se ha identificado por inscribirse dentro de su concepto moral y estético de la vida en el arte narrativo.

La totalidad de la obra crítica de Di Pietro es un solo testimonio de entrega con el que no renuncia a una mejor práctica de la escritura novelesca en los escritores dominicanos. En otras palabras, novelas que no tengan para él un mensaje o moraleja, fracasa desde la óptica de su metodología crítica, no importa que hayan logrado altos estándares estéticos y que incluso hayan tenido aclamación local o internacional. A veces, por la misma razón, no se siente el mismo rigor de su estilete crítico cuando una obra no está bien escrita, pero que se salva siempre y cuando esté presente la imagen del país en ella de un modo coherente.

Uno de los métodos críticos de Giovanni consiste en identificar la dimensión simbólica de los personajes de las novelas que analiza y sus vínculos con la historia y la cultura dominicana en las que están enmarcados, las tramas bien logradas en términos de patrón, lógica y de unidad, las metáforas que les sirven de trasfondo, las mismas, no pocas veces del conocimiento de los novelistas que las construyen; esto, sin que le importe que los autores las hayan concebido o no de esa manera. En fin, el escritor está pendiente en su abordaje de las obras del rol que juegan los diferentes componentes de la estructura narrativa, sobre todo la de carácter tradicional, aunque como ha dicho una y otra vez, que lo que cuenta para él es su contenido.

Lejos de ser el crítico —o como él prefiere, lector de novelas— se descubre en Di Pietro como estudioso de la novela dominicana al maestro moral y al artista que pacientemente ha acompañado a nuestros novelistas en su oficio, para el agrado, en unos pocos, y con ataque de furia, para los más. Y lejos de ser su bestia negra, como muchos lo han estigmatizado, viéndolo más detenida y desapasionadamente, entendemos, por el contrario, que ha sido su amigo, solo que rabiosamente exigente, condición que se ha aplicado a sí mismo con severidad como el poeta y novelista que también es. De no ser así, pues, no se explicaría que un gran número de ellos siempre le haya enviado, por lo bajo, sus novelas, para esperar de él un juicio crítico que les favorezca; por lo que entonces no se aplicaría del todo en su caso la opinión de Oscar Wilde en el sentido de que un crítico es un poeta frustrado.

Una muestra del maestro moral que ha demostrado ser Giovanni en su dilatada obra crítica lo confirma su reacción a una serie de novelas que se publicaron en el decenio de los noventa, a las que calificó en un ensayo como “El bolerista, el chulo, el tíguere y la vampiresa en algunas de las más recientes novelas dominicanas”. Si bien el escritor reconoce que semejantes obras son un reflejo de una sociedad en descalabro como la dominicana, y por extensión, del mundo que nos ha tocado vivir, admite que haya novelistas que registren en sus obras dicho desbarajuste. Ahora, lo que rehúsa en ellos es que falten a su responsabilidad social de condenar dicho estado de cosas, a tal punto que llegan hasta a identificarse sin que se inmuten con ese tipo de personajes, sin guardar la debida distancia estética y moral que se espera observen.

Igualmente, de la obra narrativa como representación artística de la realidad, pero también, como artefacto ideológico, es lo que explica que Di Pietro haya entrevisto en Idolatría (2018), de Jimmy Sierra, rasgos del ideario izquierdista del autor en ella, además del elemento de evasión que contiene sin un propósito definido. Según sugiere nuestro crítico, una novela, obra de arte al fin, no debe subordinarse a ningún tipo de ideología por ser aquella de naturaleza multívoca; es decir, la desborda en su presupuesto.

De la novela No les guardo rencor, papá (1989), de René Rodríguez Soriano, salta a la vista en la lectura que de ella hace Giovanni, su carácter testimonial, un género que, leyéndolo entre líneas, de acuerdo con el crítico, debe ser superado en este punto del tiempo, aunque valora la forma en que fue escrita.

Otro tanto ocurre con La reina de Santomé: historias de la vida de provincias (2019), de Guillermo Piña-Contreras, una novela que es la primera parte de una trilogía que este autor dará a la estampa, lo cual impide, obviamente, ser vista en su conjunto para tener un juicio acabado sobre ella. Sin embargo, Di Pietro pone de relieve el amplio dominio del arte narrativo en el autor.

Las novelas de Laureano Guerrero, similar a las de Marcallé Abreu, en otros ensayos, caen dentro de la noción moral que tiene el crítico sobre la vida y la sociedad de las que son reflejo. El resto de novelas, un tanto más, un tanto menos, se aleja de la visión estética que tiene nuestro escritor sobre el arte de escribir novelas. Algunas se salvan de su escalpelo, gracias a que se vislumbra cierta calidad simbólica en ellas, lo que podría dar a entender a algunos que traería las cosas por los pelos, o que mostraría su pie de barro en las maniobras interpretativas que hace.

Para terminar, uno de los platos fuertes de Di Pietro en su crítica es su rechazo a la novela light y experimentalista que han practicado tanto novelistas jóvenes como experimentados. Para el escritor, una novela que no se concentre en dramatizar los problemas sociales, históricos y culturales del país en el que ve la luz, carece de valor y de sentido. Es lo que enrostra a los jóvenes narradores, que además de desconocer su oficio y la tradición dentro de la cual escriben, eligen los temas para sus novelas más absurdos y alejados de su propia realidad. En otras palabras, viendo su obra crítica en balance, para Di Pietro, una novela puede estar lo mejor escrita que se quiera, pero si no refleja en ella los problemas de la sociedad en la que se enmarca, fracasa.  _________________

ALEX FERRERAS. Catedrático de literatura inglesa y norteamericana en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha publicado: Los lamentos de Lázaro (2004), De cenizas y naufragios (2008), El precio de Danielito y otros cuentos (2010) y Mi palabra: Refugio y combate (2015), entre otros.

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