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Intertextualidad e historia argentina en una novela sobre el tango

IRMA VEROLÍN [mediaisla] Novela rica, escrita en varios planos con un inmenso caudal informativo y con personajes vivos, cercanos, con los que resulta prácticamente imposible no identificarse o sentirse atravesados por la trayectoria de cada una de sus historias. 

En Tango brujo de Laura Nicastro (Macedonia ediciones, 2019) múltiples voces se inmiscuyen en el rescate de distintas etapas de la historia argentina, las primeras y más destacadas son las voces de las letras de tango cargadas con su intenso lirismo y, en muchos casos además, con su clásico tono arrabalero, con esa marca de tragedia y queja que tiene el tango en tanto pintura social y expresión del mestizaje que caracteriza a un país como la Argentina, nutrido a su vez por la herencia cultural traída por la inmigración proveniente de distintas partes del mundo. Entre los análisis que se le han realizado a este género pueden rastrearse vinculaciones con el cante jondo español o con elementos de la cultura africana y, por supuesto, el contenido de sus letras expresa un temperamento italiano hacia los acontecimientos de la vida en su vertiente más trágica. También ha sido interpretado el tema hegemónico de este género: la pérdida del amor o de la mujer amada como una metáfora de la tierra perdida por los inmigrantes, quienes muy pronto debieron poner en segundo plano su antiguo sentimiento de patria para nacionalizarse como argentinos. Esa nostalgia nunca resuelta de los italianos y españoles en su gran mayoría que rompieron lazos con la cultura de origen al abandonar su país se enraíza en el tango y construye una mirada que tipifica el carácter nacional. Cabe destacar que, si bien la Argentina es un país de diversidad cultural, de geografía variada y de expresiones artísticas disímiles en sus distintas regiones, el tango se constituyó como un emblema de lo nacional tal vez por el efecto devorador de una megalópolis como es la ciudad de Buenos Aires.

La categorización de “brujo” adjudicada al tango que la autora escoge para el título de su novela, nos anuncia que este género mantiene su perfil enigmático, misterioso, intraducible, aunque también alude a una pieza conocida del compositor Francisco Canaro, muy popular, que tiene el mismo título, por lo que la novela nos remite a la llamada “época de oro” del género.  Enrique Santos Discépolo, afamado autor de letras de tango, actor, guionista y un referente de la cultura porteña, creador de la célebre pieza Cambalache que se ha convertido en una especie de himno de la argentinidad, ya que el temperamento de los argentinos es proclive a la autocrítica, dijo alguna vez que “el tango es un sentimiento triste que se baila”. Curiosamente adjudicarle el carácter de “sentimiento” a una danza sumamente corporal y sensual supone acercar nuestra música nativa a una condición de intangibilidad por lo inapresable que tiene el sentimiento. Justamente desde esta perspectiva enfoca Laura Nicastro la escritura de su obra: en el prólogo manifiesta proponerse corporizar al tango en la novela, por lo que nos lleva a pensar que el tango, tan esencial para nuestro país, tan prototípico y que nos representa en todo el mundo,  posee el don de lo volátil y esto se debe probablemente a la inmensa connotación que tiene la danza, la música y las letras de este género único que expresa a una ciudad como Buenos Aires, extraña a veces para sus propios habitantes quizá porque es la ciudad-puerto que vio llegar a nuestros abuelos y bisabuelos en los grandes barcos provenientes de Europa, nunca mejor expresado por Jorge Luis Borges en su célebre  poema “Fundación mítica de Buenos Aires”: “¿Y fue por ese río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria”. Este enorme peso de la inmigración promovida por el Estado desde la segunda parte del siglo XIX nos ha llevado a los argentinos a afirmar que no descendemos de los indios sino de los barcos. No hay nada menos estable que un barco, sujeto al ir y venir de las aguas, el tango es hijo de la inmigración y como tal parece compartir su cualidad de fragilidad, aunque no exista nada más rotundo y con gravitación propia que ver danzar a dos tangueros en ese estrecho diálogo de cuerpos entre un   hombre y una mujer, sentir la contundencia de las letras de tango o escuchar esa música que de tan potente nos cala los huesos. El tango es también una reflexión sobre la condición humana y una puesta al descubierto de las luchas sociales, tiene además la capacidad de contarnos la historia de una vida entera en apenas unas pocas estrofas. Tal vez por eso se presenta enigmático y es lo que ha llevado a  Laura Nicastro a escribir su novela planteándose hacer descender tanta simbología al nivel de la historia concreta, de la cotidianidad lisa y llana construyendo de esta forma una texto coral en el que se filtran innumerables voces, no solo las de las letras del tango sino el discurso periodístico, los modismos típicos de la Argentina en cada período histórico logrando de esta manera pintar un fresco que abarca una franja muy amplia de nuestra historia y a la vez vuelca usos, costumbres, expresiones, modos de vida, así como la inclusión del refranero popular, el fútbol, el asado u otras pasiones argentinas y el “semblante” de cada etapa que nos permite encontrar un espejo con el cual los habitantes de este país, ubicado en el extremo sur del continente, podemos identificarnos. Al mismo tiempo se filtran las voces de nuestros abuelos y bisabuelos en tanto el texto releva muchos dichos y expresiones que hoy cayeron en desuso, del mismo modo Nicastro cita las marcas de productos de empleo cotidiano que ya no se venden en nuestros negocios. Fiestas populares, hábitos y nombres de tiendas de décadas pasadas no dejan de mencionarse al punto de que el texto se convierte, en una segunda instancia, en un documento con valor antropológico.

Con un lenguaje preciso la autora va tramando la historia de los personajes siguiendo el modelo episódico —entre los que podemos mencionar por significativos a Javier, Obdulio, Mirta, Don Don, Susana, Don Hilario—, los mismos personajes son presentados aleatoriamente en distintos momentos de sus vidas en tramos de prosa con valor narrativo en los que no se elude el color local y el rasgo costumbrista que le otorgan un valor extra al relato. Los episodios suelen confluir en una suerte de presente del relato que es el espacio de la milonga donde el tango como danza despliega sus múltiples significaciones: un espacio mágico fuera del mundo, fundado en el acatamiento de códigos inflexibles, condición indispensable para los tangueros habituales, en el que no faltan guiños ni acciones metafóricas. Hacia el final de la novela, gracias a este impecable entramado de episodios, el lector va completando la biografía de los personajes. En un  pormenorizado análisis del texto Fabián Vique señala que la estructura de esta novela podría pensarse como un remedo del diseño circular del espacio de la milonga, novela cuyo esquema es el del reencuentro que a su vez es un tema clásico de las letras de tango: reencuentro con la mujer amada perdida en lo real, con la casa de la infancia, con el barrio, con la ciudad, con la sencillez y la pobreza después de experimentar la opulencia mundana, con la juventud, entre otros tantos. La arquitectura de esta novela no es simple posiblemente debido a la circularidad arriba mencionada, está armada al estilo de un puzle con piezas que encajan a la perfección: nada falta, nada sobra en el plano argumental. No es accidental que el desenlace de la novela esté centrado en el espacio de la milonga, ya que las historias —que se deslizan por el filo del costumbrismo— confluyen allí a lo largo del relato, es ese espacio cargado de simbolismo en el que como la ley del hampa o de la calle se exige que se cumplan los protocolos establecidos implícita y explícitamente, entre los que se destacan el movimiento de los cuerpos en la pista de baile o los ritos de “avance” con que el hombre escoge a su pareja para iniciar la danza.

La mayor parte de los fragmentos que giran en torno a los personajes fueron narrados en tercera persona, sin embargo, siguiendo la propuesta de intertextualidad, hay discursos en primera persona de los personajes en los que el registro de la oralidad impregnado con las pautas culturales de una determinada época pasa a primer plano. La novela se convierte así en un recorrido en el que los personajes han operado como soporte del marco de una historia que recorre varias décadas, acentuado por el discurso de diarios de la época y fragmentos de las letras del tango, ornamentadas con el color local del rescate de lugares prototípicos de la ciudad de Buenos Aires: bares, billares, tiendas que ya no están, productos que marcaron una período significativo en la vida cotidiana de nuestros padres y abuelos, enfatizando con este recurso el tono evocativo y nostálgico que lo acerca a la cosmovisión del tango, todo articulado en función de los personajes que a través de la lectura de la novela se vuelven entrañables para el lector.  Quizá el gran desafío desde el punto de vista narrativo que encaró Nicastro y logró sortear con éxito es el de trabajar alternativamente los distintos períodos históricos, ensamblados con rigurosidad al perfil de la cultura argentina empleando la creación literaria como eje fundamental, para cristalizarlos en un relato con riqueza estética en distintos niveles a la vez. La construcción de los personajes y el armado de la trama son impecables especialmente porque sortean con destreza el desafío de ensamblar el alto grado de información con el entretejido del nivel ficcional, lo que denota dominio en el oficio de escritura.

Novela rica, escrita en varios planos con un inmenso caudal informativo y con personajes vivos, cercanos, con los que resulta prácticamente imposible no identificarse o sentirse atravesados por la trayectoria de cada una de sus historias.

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IRMA VEROLÍN [Buenos Aires, 1953], publicó libros de cuento y novelas, algunos títulos en literatura infantil y tres libros de poemas editados recientemente. Entre las distinciones obtenidas se destacan el Premio Fondo Nacional de las Artes en cuento, Premio Emecé, Primer Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires y Primer Premio internacional “Horacio Quiroga. Entre otros, ha publicado: Una luz que encandila, El camino del tiempo y La mujer invisible.  Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.

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