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La enorme dimensión de la palabra cuerpo

JOSÉ ENRIQUE DELMONTE [mediaisla] «Sinfonía de la sal» es un canto a la mujeridad, si se quiere. Un prestarse a recorrerse para conquistar las herramientas que fortalecen la comprensión de sí misma, para ofrecerlo como un testimonio.

Si el territorio de la individualidad se encuentra en el universo propio, no es necesario hacer conquistas fuera de sus límites. Es allí donde se acrecienta la dimensión entre lo sutil y lo denso, entre la generalidad y lo íntimo o entre lo perecedero y lo permanente. Más allá de los círculos en los que la vida gira y se presenta inalcanzable, existe un sentido de orientación que permite fijar la mirada para confirmar dónde estamos y dónde queremos estar.

El cuerpo propone los límites de la individualidad. Celado y administrado, se hace necesario dar permiso a alguien más para enriquecerlo de sensaciones y enumerar las experiencias que lo marcan. Hay continuidades que provocan emociones enormes y crecientes, y rupturas que absorben la energía que se invierte en ellas. Hay riesgos que se toman para alcanzar momentos fulgurantes, se entrelazan con vacíos que se tornan cotidianos, inertes y que en el fondo son figuras que se convierten en un mortífero tedio. En esos casos —tan asiduos como conocidos— se apela al reconocimiento de nuestros límites para marcar aquella frontera que nos proteja de lo externo, como si de pronto entendiéramos en qué consiste nuestro universo inacabable, frágil, pero, al fin y al cabo, nuestro espacio de certidumbre y bienestar. Sabemos así que adquirimos identidad con nosotros mismos sin necesidad de nadie más. Porque nuestro cuerpo, en definitiva, es la única verdad que nos soportará siempre.

La voz de Denisse Español ha evidenciado esa capacidad increíble que nos brinda el cuerpo, no solo en su materialidad, sino a través de la investigación íntima de los territorios que lo conforman. Denisse viene provocando reflexiones a partir de un discurso desde su viaje interior en busca de reconocerse como receptora de múltiples condiciones humanas y ha trabajado la palabra, insistentemente, desde su condición de mujer. Porque para ella comprender los recónditos escenarios que la definen es necesario para proponer diálogos fructíferos con otras mujeres que aún no han iniciado su viaje interior en busca de su propia libertad.

Es una travesía que se manifiesta con firmeza en los textos que ella ha producido en los últimos tiempos, incluso desde su posición de liderazgo o en sus reconocidas manifestaciones de debilidad. Porque hay territorios comunes que pueden servir para afianzar la valentía de las otras, de aquellas mujeres que se asumen debajo, detrás o incluso inexistentes frente a los códigos prevalecientes que la sociedad impone.

Denisse le canta, sin estridencias ni rudezas, a las distintas pieles que conforman el universo femenino desde una posición erguida como quien prefiere desnudarse antes que ofrecer genuflexiones viles. Esta es una voz que emite contenido y provoca mutaciones, que obliga a abandonar versiones aprendidas. Sin pretender tomar el estandarte de la lucha feminista, Denisse actúa como compiladora de tantos episodios en la cotidianidad de aquellas mujeres que son ciudadanas de una vida común en la que se esconden cuestionantes y bifurcaciones del camino que son expresadas sin miedo invitando a la reflexión. Quizás sea una jornada inacabable lo que Denisse construye para consolidar su propio viaje de valorización interior.

Hay un neologismo que podría servir para acercarnos al mundo poético de Denisse Español: mujeridad. En ella se resume todas las capas existenciales de la mujer, desde la materia hasta sus angustias emocionales, desde la razón y el sentimiento o desde el compromiso y la libertad. Cualidades que pertenecen a la mujer y que —paradójicamente— les falta a tantas mujeres: su feminidad y su feminismo, tan cercanos pero tan distintos, en cuyo reconocimiento se fundamenta su geografía extraordinaria.

Sinfonía de la sal (mediaisla, 2019) es un canto a la mujeridad, si se quiere. Un prestarse a recorrerse para conquistar las herramientas que fortalecen la comprensión de sí misma, para ofrecerlo como un testimonio. Denisse se transmuta en esas figuras de su género, desde el dolor, el vacío, el hastío, el erotismo, el miedo y la esclavitud, en unos textos asombrosamente motivadores, sin filtros ni complacencias.

Como si la carne fuera un espacio que contiene cada palabra, en las propuestas que conforman el corpus poético del libro existe una necesidad de traspasar texturas y escalas que se revelan como emociones profundas.  Hay poemas de una densidad destacable, como es el caso de “Las batallas donde me pierdo”, en donde aparecen figuras externas que son el reflejo de sí misma, en una especie de antropofagia emocional:

Creo ser el monstruo
una máquina de sigilosa mordida (…)
Persigo la amnesia
me pierdo en el fango
y cuando creo encontrarme
soy
esa mujer a la que temo
(19)

Hay ansiedades latentes que la carne reconoce, como en esta estrofa de “Dolores”:

La imposibilidad lapida las acciones
su ironía
se avalancha sobre los minutos
mientras la carne llora
(39).

Hay refugios que son sendas secretas para resistir donde es preferible ceder elegantemente, dicho en el poema “Pastillas de silencio”:

Confirmo
la verdadera compañía
la vestimenta apropiada dentro de la jaula
es el silencio
(47).

En todo el poemario se observa un ir y venir desde adentro hacia fuera, por eso Denisse propone atajos, urbanismos íntimos, desahucios, inacciones o cesiones breves de alegría que sostengan su universo. Desde un cuerpo a sangre viva, Sinfonía de la sal es un compendio de epidermis presente en la noche de temores o en lugares mudos que contaminan el diario vivir.

Porque no importa que tanto exista fuera de nosotros si al fin y al cabo nos descomponemos interiormente, en un espacio que es necesario conocer para sentirnos completos. Ya lo dice ella misma en el poema que sostiene todo el texto poético, “Recitales de sal”:

Y así
en la sede más profunda
de este espacio ilusorio
damos inicio
a la gran sinfonía
(41).

Nada más reconfortante que el surgimiento de un poemario que se aposenta en una madurez novedosa, proponente de un contenido significativo, demostrando que la palabra habita en los universos inacabables de su ser.

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JOSÉ ENRIQUE DELMONTE (Santo Domingo, DR, 1964), escritor, arquitecto y catedrático universitario. Ha publicado, entre otros títulos Alquimias de la ciudad perdida (prosa poética); Once palabras que mueven tu mundo (Premio Iberoamericano de Poesía, Feria del Libro de Madrid, 2014) y La redondez de lo posible (XV Premio Internacional de Poesía León Felipe, 2016).

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