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La fantasía

NIEVES Y MIRO FUENZALIDA [mediaisla] Hoy nadie cree en el poder divino de los reyes. Cuando unos pocos empezaron a contar una historia diferente a finales del siglo XVIII, los reyes se transformaron en reliquias del pasado.

En el mito del origen del hombre de José Ortega y Gasset nos encontramos con que el animal que se convirtió en ser humano era un habitante arborícola que vivía en terrenos pantanosos en donde abundaban las enfermedades epidémicas. Imaginemos que esta especie se enfermó de malaria, o de otra peste, pero no murió. La especie quedó intoxicada y esta intoxicación produjo una hiperfunción cerebral. Y aquí radica todo. Otros animales superiores que preceden al humano pueden tener entendimiento, algo de memoria, pero no fantasía. A diferencia de ellos este animal que somos encontró súbitamente una tremenda riqueza de figuras y mundos imaginarios dentro de sí. Se llenó de fantasías como nunca nadie las había tenido. Frente al mundo circundante ahora podía vivir también en un mundo fantástico. No sólo en el que está afuera, sino también en el que está dentro. Al mundo de los instintos, se agrega ahora el mundo de la imaginación. Es esta diferencia la que nos ha colocado, en menos de 100 mil años, en la cima de la cadena alimenticia.

Cualquiera sea la causa de esta revolución mental, sea una mutación genética accidental que cambió los circuitos neuronales, la simbiosis con plantas sicotrópicas o las fiebres palúdicas, lo que interesa es entender las consecuencias que esta revolución causó. El humano junto con otras especies animales poseen lenguajes que les permiten transmitir información vital acerca del medio en que viven. Lo que separa al lenguaje humano del lenguaje de otras especies es la habilidad de transmitir información de cosas que no existen, de entes que nadie ha visto y de seres que viven fuera de la realidad. Mitos, cuentos, fabulas, historias y leyendas, según el historiador Yuval Noah Harari, aparecen por primera vez con esta revolución cognitiva. El lenguaje ya no sólo nos advierte “Cuidado. ¡Un león!”, sino que ahora puede decir: “El león es el espíritu guardián de la tribu” … ¿No es esta una pura ficción? Desde ese momento hemos vivido en puras fantasías sociales… “hace explotar tu cuerpo y el cuerpo de otros y el cielo te recibirá con 50 vírgenes”.

¿Por qué esto ha podido transformarse en una ventaja biológica? Si ocupamos el tiempo buscando centauros y sirenas en lugar de callampas y conejos, o si gran parte del día lo pasamos orando a espíritus guardianes inexistentes, ¿cómo logramos sobrevivir? La ficción, dice Harari, nos capacita, no sólo para imaginar cosas que no existen, sino también para hacerlo colectivamente. Los mitos del Tiempo del Sueño de los indígenas australianos, el ave sagrada Quetzal de los aztecas y mayas, el mito bíblico de la creación o los mitos nacionalistas del Estado moderno son todas ficciones urdidas colectivamente que nos han dado una inmensa habilidad para cooperar flexiblemente con un incontable número de extraños. Por eso el homo sapiens domina el mundo. Por eso los ratones comen las sobras y los monos terminan en la mesa del experimento.

Hay límites bien precisos en el número de individuos que una banda puede sostener armónicamente. Para mantenerse operativa los miembros tienen que conocerse íntimamente. Si dos chimpancés nunca se han visto, nunca han buscado alimento juntos y nunca se han rascado las espaldas no saben si pueden confiar mutuamente. El número ideal para un contacto directo diario es entre 20 a 50 miembros. Con más de 100 el grupo empieza a desintegrarse. El mismo modelo, según los restos arqueológicos, funcionó en los primeros homos sapiens, adaptados sólo para vivir en pequeños grupos. Este mismo número mágico funciona hoy en unidades militares, centros comunitarios y negocios con un mínimo de disciplina o reglas. Cuando se cruza el límite de 150 individuos las cosas empiezan a ponerse agrias. No se puede dirigir una división de miles de soldados igual que un pelotón y, un negocio entra en crisis cuando cruza el número mágico.

¿Cómo el homo sapiens se las arregló para crear ciudades de miles de habitantes, naciones, imperios gigantescos o Corporaciones que contienen miles y millones? A través de la ficción. Incontables individuos que ni siquiera se conocen, pero que creen en un mito común, cooperan eficientemente en la mantención de una compleja organización. La Mafia, los partidos políticos, la Iglesia o el colegio de abogados operan con mitos que sólo existen en la imaginación colectiva de sus miembros. Dos Evangélicos que nunca se han visto cooperan en la colección de dinero para la manutención del Templo porque ambos creen que Dios se encarnó en Cristo y permitió ser crucificado para expiar nuestros pecados. Un mafioso puede arriesgar su libertad y su vida para vengar la muerte de otro miembro que ni siquiera conocía porque cree en el juramento de la hermandad. Dos abogados, que nunca se habían visto, pueden defender a un extraño porque creen en las leyes, los derechos humanos, el sistema judicial y los honorarios que reciben por sus servicios.

Nada de esto existe fuera de las fábulas que los individuos se cuentan unos a otros. No hay nación, Dios, derechos humanos, leyes o juramentos fuera de la fantasía común del ser humano.  ¡Nadie puede decir: ¡Mira, aquí encontré los derechos humanos debajo de esta piedra! Las creencias en espíritus y fantasmas, típicas de las sociedades antiguas, servían para mantener su unidad. Las sociedades modernas operan bajo el mismo principio. ¿No son los Jueces, CEO o Senadores los chamanes y brujos contemporáneos? La diferencia es que son mucho más poderosos y los mitos que cuentan, mucho más extraños.

Una Corporación, por ejemplo, no es un objeto físico. Peugeot, dice Harari, emplea cerca de 200 mil personas a través del mundo; la mayoría de las cuales no se conocen entre ellos. A pesar de esto todos cooperan tan efectivamente que en el 2008 la Compañía produjo más de 1.5 millones de automóviles que generó una ganancia de 55 billones de euros… ¿En qué sentido Peugeot, SA existe? Los automóviles no son la Compañía. Cada uno de ellos puede ser vendido como chatarra y Peugeot, SA no desaparecería. Continuaría construyendo autos y emitiendo reportes anuales. Lo mismo ocurre con las fábricas, las maquinarias, los salones de venta, los empleados, las oficinas.  Un desastre puede terminar con todo esto. Así y todo, la Compañía puede pedir un préstamo, traer nuevos empleados, construir nuevas plantas, comprar nuevas maquinarias. Tampoco son los accionistas y administradores los que constituyen la Compañía. Todos ellos pueden ser despedidos y todas las acciones vendidas y la Compañía todavía permanecería intacta. Si consideramos la situación puede que inversa las fábricas, los trabajadores y accionistas continúen existiendo, pero por una orden judicial la Compañía se disuelve y Peugeot deja de existir. La Corporación Peugeot, SA, entonces, de acuerdo con esta orden, no tiene una conexión esencial con el mundo físico. Es sólo un producto de nuestra imaginación. Existe, no como un objeto materia compuesto de átomos, sino como una ficción legal sujeta a las leyes del país en que opera o a los tratados internacionales que existen en ese momento.

Esto es lo que se llama “Compañía de responsabilidad limitada”, una invención legal reciente de los últimos 200 años. Por la mayor parte de la historia las cosas tenían dueños de carne y hueso.  Si el dueño de una pequeña industria fracasaba era responsable de todas las deudas contraídas. Si no podía pagar el banco tomaba posesión de sus bienes y si no eran suficientes terminaba en la cárcel. Por eso, pocos se arriesgaban. La compañía de responsabilidad limitada fue la respuesta para incentivar la creación de industrias y aminorar los riesgos. Ellas son independientes de quienes las crean, de los que invierten dinero en ellas o de quienes las dirigen. Si un abogado sigue la liturgia y el ritual apropiado, escribe todos los conjuros y juramentos en un pedazo de papel cuidadosamente decorado, entonces una nueva Compañía ha sido incorporada. Y luego todos nos comportamos como si la Compañía realmente existiera. En el sistema legal de EEUU una Corporación es una persona legal, al igual que el vecino o el dueño del kiosco de la esquina.  Hoy dominan el campo económico, gobiernan el mundo y cancelan la democracia sin que la mayoría lo note.

¿Cómo la gente llega a convencerse y creer en estas ficciones? ¿En la existencia de dioses, naciones, dinero o Corporaciones? No es tan fácil. Pero cuando ocurre le da al ser humano un tremendo poder capaz de mover a millones para cooperar y trabajar en un fin común. Todas estas ficciones, construcciones sociales o realidades imaginarias, dice Harari, no hay que confundirlas con mentiras. Es mentira cuando el pastor dice: “¡Ahí viene el lobo!” y en realidad no hay lobo. Estas realidades fantásticas, por el contrario, son creencias comunes que, en tanto existan, constituyen una poderosa fuerza en el mundo. Una fuerza tan grande que la sobrevivencia misma de los ecosistemas de los que dependemos está sujeta al tipo de fantasías que controlan nuestras vidas.

Esta es la cosa. Las historias imaginarias que nos contamos permiten la cooperación efectiva entre extraños como también el conflicto entre diferentes fantasías. Lo interesante es que esta cooperación o conflicto a gran escala basada en mitos puede ser alterada contando otras historias. Las revoluciones o cambio de historia abren una transformación cultural que circunvala la lentitud de la evolución genética al crear juegos complejos que cada generación contribuye a elaborar y desarrollar… Hoy nadie cree en el poder divino de los reyes. Cuando unos pocos empezaron a contar una historia diferente a finales del siglo XVIII, los reyes se transformaron en reliquias del pasado.

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NIEVES Y MIRO FUENZALIDA (chilenos, residentes en Ottawa, Canadá), profesores de filosofía. Autores del libro La sombra de las ideas (2017) e Hilachas de una vieja boina azul

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