Leer a tientas y el orden monacal Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Abrapalabra » Leer a tientas y el orden monacal

Leer a tientas y el orden monacal

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Visitar bibliotecas y revisar los lomos de los libros a la espera de que los abramos es para mí una costumbre que ni los más prácticos y convenientes aparatos electrónicos me harán abandonar. Remeda y continúa la para muchos reprochable costumbre que adquirí de niño

Tengo, desde hace mucho, muchísimo tiempo, el hábito innocuo de visitar con frecuencia y alternadamente, sin plan alguno ni sistema, las varias bibliotecas públicas cercanas a mi casa, y algunas veces algunas no tan cercanas, para ver qué puedo encontrar de interés en el anaquel de los libros nuevos que todas ellas mantienen para sorpresa de lectores indecisos, de dispersa curiosidad.

Son estas caprichosas incursiones mías en el mundo de los libros de papel y polvo actos inconscientes —yo creo— de fe en los poderes de la palabra impresa; y es, sin duda, un optimista gesto de esperanza este dejarme llevar por la casualidad al libro insospechado. Me mueve el cariño entrañable que le tengo a las voces que esperan en los libros a que las oigamos y conversemos con ellas al leerlas.

Visitar bibliotecas y revisar los lomos de los libros a la espera de que los abramos es para mí una costumbre que ni los más prácticos y convenientes aparatos electrónicos me harán abandonar.

Remeda y continúa la —para muchos reprochable— costumbre que adquirí de niño, a causa de mi padre y su avidez lectora que había hecho de nuestra casa una invasora biblioteca de anaqueles encaramados hasta el cielo raso de cuanto cuarto y pasillo lo permitían. Me aficioné entre tanto libro de lomos incitantes a inspeccionar cuanta biblioteca y librería se me ponía por delante. Eran tiempos entonces de librerías pequeñas y peculiares, de cuchitriles de libros y libreros viejos, de bibliotecas personales en casa de los compañeros de colegio. Las oportunidades eran múltiples, múltiples las horas del pasatiempo abismado.

En casa eran muros de libros los que nos rodeaban: crujía y se quejaba el caserón ancestral, de ancestral biblioteca bisabuélica, bajo el peso de tanta fantasía encuadernada. Libros había —mohosos— en los baños; en la cocina —grasientos—; y aromáticos a emporio de ultramar en la despensa de las conservas y mermeladas, de los membrillos de olor, la de las pencas de bacalao en sal, las longanizas, las ramas de laurel, de tomillo y de romero, y la rueda de queso añejándose al olor de la albahaca.

Fue en esa despensa de Ali Baba, mercado de caravanserai, donde, cuando sorbía el whisky de importación, descubrí, sin haberlo intentado, el motivo de la dicha. Al inclinar la cabeza en el gesto de beber se me mostraron en la repisa más alta del librero, compitiendo con las etiquetas coloridas de una caja de chocolate amargo y otra de mate Leao, los lomos llamativos de unos libros que —mucho después supe— mi padre, sabiendo del poder seductor de la despensa, había puesto allí para mi tentación y caída.

Epifanía librera fue ese ver el libro entre los libros, encaramarse a tomarlo como quien se encarama a la higuera a cosechar el higo acosado de abejas, abrirlo y leer la página titular: puro asombro. Me dio esa joya de palabras y grabados la primera amistad de mi infancia, la vivida plenamente en la jungla de la India imaginada que fue por un tiempo mi dormitorio. A partir de entonces los anaqueles de las bibliotecas me fascinaron al punto de la obsesión y fui en ellos encontrando a quienes había querido encontrar desde un comienzo: sandokanes malayos, piratas infantiles, tigres de Bengala, gauchos niños a la sombra de los sabios, muchachos mosqueteros, lobos de colmillos albos, pícaros hijos de ladrón, revolucionarios adolescentes, choroyes de oro y el niño eterno de todas las ilusiones.

Con el tiempo las cosas se fueron complicando, pero nunca tanto como para olvidar que hay libros en todas partes y que es cosa de saber buscarlos. Otra cosa es encontrar el libro que se quiere, el que alguien tiene que haber escrito. Por eso las visitas constantes a las bibliotecas de mi alrededor —ritual del nunca satisfecho—, aunque no es, por lo general, muy estimulante la selección de libros recién llegados. Aun así, rara vez falta el título que intriga y que está allí, por gracia de algún bibliotecario iluso, para el contento del lector algo más exigente que la mayoría, la de los interesados en la selección prosaica de los títulos más a mano.

Por principio, por no perder el tiempo, evito la sección de literatura y sus géneros más insulsos y acudidos, como el romance, las novelas de terror, las de misterio, y rebusco entre los libros de ayuda personal, biografías innecesarias, manuales de cocina y de vida espiritual alguno que se ocupe del saber científico y filosófico, que a mi ver es uno: el mismo.

Lo que busco y espero encontrar en libros de ciencia para no científicos, de historia para no historiadores, de política para no políticos, de filosofía para el filósofo que todos somos por afición desquiciada, no lo encuentro en la literatura. Tengo el defecto de haber hecho de ésta mi profesión y me temo que en ella ya nada me sorprende, aunque mucho me admire.

Me gusta la sorpresa de encontrarme con libros que jamás habría sabido que existían si no fuera por la casualidad de verlos casi al pasar entre tanto título que se añade a diario a los poco sugerentes libreros de las bibliotecas públicas. Rara vez no encuentro nada que leer y a menudo me llevo un libro a casa.

Numerosos han sido los encuentros sorprendentes. Podría hablar de ellos interminablemente a partir de esa primera edición de un Borges que en esos años apenas empezábamos a conocer encontrado en la biblioteca pública de mi ciudad juvenil, hasta el librito que hoy saqué de entre medio de otros nada más que por lo exiguo de su lomo y la ausencia de otro título que pudiera interesar: el pequeño manual de limpieza escrito por uno de los maestros del orden y lo limpio: un monje budista.

Hermoso texto para el confundido por el caos. Para los que a diario nos angustiamos con la persistencia del polvo y la proliferación de la basura. Una breve ojeada a sus páginas aparentemente simples bastó para saber por qué fascinan la limpieza y sencillez de esos templos budistas donde sólo el viento habla.

—Dichosa costumbre —me digo— ésta de leer a tientas.

___________________________

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top