Mondemos esta mandarina esdrújula. Cruce de palabras con René Rodríguez Soriano Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » De vez en cuando » Mondemos esta mandarina esdrújula. Cruce de palabras con René Rodríguez Soriano

Mondemos esta mandarina esdrújula. Cruce de palabras con René Rodríguez Soriano

DENISSE ESPAÑOL [A D E L A N T O] mediaisla editores acaba de publicar una selección antológica de la poesía de René Rodríguez Soriano, seleccionada y presentada por sus colegas LUIS REYNALDO PÉREZ y DENISSE ESPAÑOL, compartimos la conversación que a propósito del libro sostuvieron Denisse y René Rodríguez Soriano. Libro disponible en Juguete sagrado

…gajo a gajo de la mano de su creador. El lector siempre podrá dar fe de sus deducciones, pues el libro, objeto preciado, ya no es tanto propiedad del autor como de aquél que lo hace suyo; sin embargo, quien escribe tendrá siempre esa experiencia vivida alrededor del momento de la creación para compartir.

Por ello y aprovechando tan alegre ocasión, he lanzado unas cuantas curiosidades a René. Él, amablemente respondió a todas las preguntas, a su manera, claro, haciendo honor a su sello personal.

Aquí las compartimos. 

RAÍCES CON DOS COMIENZOS Y UN FINAL 

—¿Fue en aquel entonces la poesía el medio elegido a conciencia para alzar la voz o fue la poesía quien te lanzó hacia el terreno del decir?

—Éramos, como diría el poeta, los de entonces. Ni siquiera los mismos, ciclistas, saltimbanquis, probablemente equilibristas; íbamos de la retreta a la tanda matiné y, alguna tarde —sin saber cómo— salió del entresijo de una tuba el asomo de un verso o el poema quizás. Al fondo, allá a lo lejos, sonaba el tabletear de los morteros o el ruido de los aviones desollar las montañas de los muchachos de junio.

La imagen del militar que recorre los versos y te roba a las mujeres amadas…

—No es una imagen. Es una sombra oscura y percudida. Una de las últimas boutades del tirano: la Legión Extranjera. Cientos de mercenarios de las guerras de Europa que, a fino trazo y como un calco punzante, urdiera en los setenta el auriga: el Sexto Batallón de Cazadores de Montaña. Lo demás, el silencio, la rabia sorda y sus sinónimos. Estaban ahí, están los militares, la fusta y desdén, fueteando, fustigando. 

—¿Eres allí un ser colectivo o hablas desde un yo único y separado del resto?

—Un mazo, qué sé yo. Éramos, como te dije, los de entonces. Sembrábamos geranios y sandías en las aceras, de espaldas a los altares. 

—¿Cómo se gesta el ideario social en tu escritura?

—Con apenas nueve años, una mañana con un frío que pelaba, vi descender de lo alto un caballito del diablo gigante (en vez de alas tenía hélices que giraban insistentemente). Por alguna hendija de la casa vi que desde la panza le brotaban hombres. Eran guardias que le ordenaban a mi padre arar la tierra donde jugábamos pelota o simplemente correteábamos tras las mariposas. Después, sin andarlo buscando, escuché a mis hermanas decir quedito casi todo lo que no se debía ni podía decir sobre el abigeato, los chapitas y la vesania de aquellos que pisoteaban sin pudor el verde, los sembrados y los becerritos recentinos. 

TEXTOS DESTETADOS A DESTIEMPO CON SABOR DE TIEMPO Y DE CANCIÓN

¿Qué es este libro? Como objeto, como objetivo.

—No estoy seguro de que lo sea. Quizás funcione como hoja de ruta para nacionalistas, renegados, heridos y castos defensores de los más altos códigos de la moral y las buenas costumbres. 

—¿En qué período de tiempo se gestan estos textos?

—Debo haber dicho alguna vez —no lo recuerdo— que, como los toros de Luis Días, aprendimos a nadar en los alambres. De púas, claro. No en los cables cundidos de chichiguas que, en esos días — igual que en los de ahora— rara vez conducían energía. También servían para colgar tenis viejos, por supuesto. Y, aunque tratábamos de encestar con la defensa encima, teníamos que hacer malabares para no sucumbir bajo las patas de los caballos del auriga. En esos tiempos (y esto no es una imagen) de pólvora y acechanza se escribieron estos textos. Eran sordas las paredes, y se hacían de la vista gorda bedeles, sacristanes y mecanógrafos. Después de la tormenta, al borde de la sombra presentida, salió el manojo de textos que, al igual que los libelos y pasquines que le dieron origen, encontró lectores o se los tragó el incendio. 

—Hacer un libro-collage tuvo que ver con develar pistas de lo que era tu trabajo narrativo o se acerca más a una propuesta creativa que te expone como individuo.

—Hay instantes de la vida en que tienes sólo dos opciones: volar o talar. De lo contrario, te torean. 

—¿Por qué decides cerrar este libro amando?

—Todo intento de arder es un acto de amor. 

CANCIONES ROSA PARA UNA NIÑA GRIS METAL

De este libro se dicen muchas cosas, pero sobre todo sobresale aquella puesta en circulación que fue novedad en la época. ¿Nos podrías contar algún recuerdo preciso sobre esto o acerca de algunas de las caras que vivieron el momento?

—Fue un acto de bufeo aquella presentación de libro. La menos ceremoniosa que yo recuerde. Días antes había asistido a la presentación del libro de un amigo muy querido. Era un poema ver a la directiva completa y a todos los comités de base de la Sociedad de la Humildad Fingida. Por ahí desfiló y dijo sus más ‘humildes’ palabras hasta el loro de la vecina del poeta, la tía, la hermana y la catequista. Antipresentar mi libro era un imperativo. Y así fue. Sentamos a una niña peinadita con bucles —con ramo de rosas té en las manos — en un sillón Luis XIV, y apagamos las luces del Salón de Actos de la Biblioteca Nacional. Se oyó una voz entre boleros, mi voz y en la pantalla comenzaron a aparecer las imágenes. Cuando terminó la proyección, ahí estaba yo, en el centro del escenario, sin podio, sin padrinos ni visires. Wow (al derecho, al revés y en el espejo), invité a la cerveza, los tragos. Recuerdo a mucha gente aquella noche. Hay una foto icónica con Iván Silén, José Galván, Aquiles Julián y esa poeta inolvidable de la otra isla, Anjelamaría Dávila. También recuerdo a Pedro Peix, erguido y silencioso, pulcro y sin canas. 

—Tu relación de intimidad con las palabras surge desde el ejercicio de la escritura y su evolución o llega a ti desde la lectura.

—Tal vez salga del silencio, no lo sé. Me sentaba en el último pupitre de Primaria y de Bachillerato hasta que aconteció mi encuentro con Alberto Malagón y Rafael González Tirado en las aulas de la universidad. Después, en las noches de insomnio y las tardes sin fondo del domingo, frente al libro o a la página en blanco habrían de urdirse vaya a saberse cuántas travesías y confabulaciones.  

—¿Qué significa la música dentro de tu trabajo? ¿Cuál música?

—La radio es la culpable. Hubo un momento de mi vida en que el tiempo apenas me alcanzaba para pasar de una estación a otra para no perderme el Hit Parade o los Sonidos de Broadway; batí tambores, panderetas y hasta soplé el trombón (de varas), la tuba y una corneta zurda llena de cardenillo. Sólo hay una música verdadera, recuerdo que me dijo el profesor Almonte: combinar el sonido y el tiempo.    

—¿Ya no te importaba tanto lo que sucedía en el país o decidiste otorgar a la poesía un espacio sin ruidos?

—Me importaba. Soplaban otros aires y yo leía a mis amigos. Entre ellos, los que con menos alharaca y suficiente peso en los ruedos se movían. Eloise, tentativas de un canto infinito, de Denis Mota, fue mi libro de culto, mi talismán o resguardo para leer a Saussure a Greimas o al Cinema Vérité sin enrolarme en las hordas del pesar o la desvergüenza. Leí a Bandeira y sus gatitos de posada. Nadie escribe de rodillas, la poesía siempre está ahí. Se encuentra sin buscarla. 

MUESTRA GRATIS

¿Hay alguna misión oculta en ser distinto o sencillamente eres?

—Si me hubieras formulado esa pregunta en esa época, sin duda alguna, te habría dicho: yo soy yo, y mis circunstancias. Sin miedo a que en el pasado otro gran hombre de la humanidad me hubiera copiado la frase… 

—¿Necesitaste entonces pastillas para afrontar la realidad que circundaba?

—Jamás tomé Seconal ni Nembutal. Y, aunque conservo, con su mala letra, el poema que —sin querer queriendo—, dejó caer a mis pies uno de esos poetas que se empecinaban en matar al tirano a verso limpio, mientras yo, con más fe, me aferraba a mi derretido de queso con patilla. Esa noche, la recuerdo, ¡estábamos en La Cafetera los de ‘…y punto!’ Se libraba otra guerra que tal vez no se ganara sobre el papel. Me indicaron Urbadán y me curé del mal de ojo, la urticaria y el qué dirán de mis insomnios.   

—¿Cuál fue el remedio?

—Aprender que el Poema es demasiado transcendental para dejarlo en manos de los poetas. 

—¿Qué tanto hería la realidad laboral al artista?

—La realidad es una navaja de acero inoxidable, doble filo. Alguien me dijo que había que cogerla equiniá, y sin guantes, pensé yo. La lluvia cae del cielo; los versos, probablemente no vengan del supermercado o del café. La realidad siempre hiere, no sólo al artista; sin aseo, siempre hiede. 

APUNTE A LÁPIZ

Según nuestra visión, solo dejamos la poesía cuando a ella le da la gana y no cuando queremos ¿piensas lo mismo?

—…después de todo nadie se va con su parte a otra música, recuerdo que decía yo en “Teoría y práctica de la nostalgia”, Muestra gratis (1986). 

—¿Por qué regresas a la poesía precisamente con memorias?

—Uno jamás se va a ninguna parte, viaja. En uno de esos viajes revisité mi infancia, mis patios, mis patos, mis naranjos y el caballito melao, en el que fui más de una vez del otro lado del arroyo. Allí me esperaban, desde la hija de Morena la lavandera hasta Oroliz con su corte a lo Narda y esos ojos, que recuerdo me enseñaron a descifrar enigmas y misterios en el último pupitre del tercero. Pudiera hablar de mi primera gorra azul de los tigres del Licey o de los profundos ojos de Mamita Juana. Azules, tan azules también. 

—¿Significa entonces que la poesía puede ser el terreno de la añoranza?

—La poesía siempre será terreno no arado. Quedan hectáreas a ambos lados de la eternidad. 

—¿Qué tiene de malo la brevedad? ¿Y de bueno?

—Nada y, absolutamente, todo. 

—¿Piensas que Queda la música pudo ser parte de esta antología?

—Tomando en cuenta el doble pespunte de este pregunta, sumado al certero anclaje que mantiene con la anterior y, por aquello del doble filo de la navaja, te diría que sí; pero, si nos abocamos al dictamen de los más rigurosos parámetros del ninguneo, el estalinismo ambiental (que ya no debería llamarse así), el principio de incertidumbre y, sobre todo, sin dejar de lado lo más importante del asunto en cuestión es que, yo, el sujeto cuestionado, no soy otra cosa que un escritor degenerado que. Lo breve es doblemente bueno si es breve, decía el profeta cibaeño.

RUMOR DE PEZ

—¿Estaba el rumor descansando o surge como lo indica su cronografía?

—La única verdad es que los rumores crecen y nadan o vuelan quién sabe hasta dónde y desde cuándo. No recuerdo haber dejado correr este rumor que, en un principio, no era ningún rumor y, a la sazón, fue portador de distintas camisas. A finales de los 80 —bajo el título “Geometría de la nada” — resultó finalista del desaparecido Premio de Poesía de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Después pasó a llamarse “Papel de estraza” y quedó entre los dos finalistas del Premio Casa de Teatro de Poesía 1994. Hay libros que, indudablemente, se burlan del tiempo y las cronografías. 

—¿Cómo se manifestó el rumor en tus hojas?

—Cundido de ecos y vaivenes. 

—¿Nada aún ese pez en las aguas?

—Vuela de una orilla a la otra. No lo detienen ni las inquinas ni los malos olores. 

—¿Qué dirías si te confesamos que tenemos un poemario favorito? (no hemos dicho cual)

—Sería, como Efraín Huerta, el hombre más feliz de mi vida. 

NAVE SORDA

—¿Crees en la madurez?

—En la repartición de los panes y los peces ya dije que no creo.

¿Qué tanto ruido puede ocasionar un recuerdo?

—Depende de la hondonada donde uno esconda la ausencia (Borges). 

—¿Dices sorda porque no escuchas? ¿O dices muda?

—Ya lo dije hace mucho. Escribo para espantar dinosaurios y otras sierpes de bífidas ponzoñas, para lavarme del tedio, la envidia y la desidia. Voy con el sentimiento en ristre, a toda marcha, y un detector de adulaciones siempre a mano. 

—¿Cómo invade la ficción tus poemas?

—Yo no escribo; yo pinto a brocha gorda a toda sílaba. Y aunque me lo dijo más de una vez la profesora Florence Yudin en vieja tertulia de la Universidad de Miami, nunca he creído que mi canto calce voz profunda alguna. Canto en el coro, probablemente en la misma fila en la que me sentaba en mis días del bachillerato. Intervengo y distraigo mi chata realidad y mis asuetos de domingo y días de guardar. 

—¿Crees en las despedidas?

—Después no te quejes. Quieres ir hasta allá. Hasta donde se atrevían los más grandes cuando ya no podían mantenernos fuera del alcance con un tenteallá. Creo en los caldos espesos de los días de lluvia fríos y sin voces; creo en los aeropuertos, en las paradas de autobuses, en los músicos que improvisan en las estaciones del Metro, en los mendigos, en los locos, los vagabundos y los perros y los gatos (sólo en fotografía); creo en la batalla final, cuando dos inteligentes ejércitos, por fin, se encuentren en el desierto y se enfrenten hasta el final de la guerra; creo en Manuelico que se sabía todas las historias y en Matilde, su mujer callada y libre. Creo, sobre todo en crear. 

—¿Dónde se aloja el duende que dices que hace escribir a tus dedos?

—Aquí, definitivamente, tendríamos que acudir a los antípodas. Nada que ver con la Humildad Fingida, el Carbono 14; ni siquiera contradecir el principio de Heisenberg. Yo qué sé. Piensan mis dedos, y escriben, y esa es una verdad tan controvertida y estudiada, que no necesita comprobación. 

—¿Se ha ido alguna vez?

—Duenden los duermes, de vez en cuando. Pero cuando despiertan. Yo tuve una tuba, / curva brillante y melancólica / que iba conmigo al parque los domingos, / y me limpiaba el turbio grumo / de los autobuses y el piar afónico / de los atardeceres de octubre; /una tuba afinada en no recuerdo ahora / si un sostenido mayor o un sostenido menor. / Íbamos por los bares y los túneles / del metro, siempre tomados de la mano, / siempre solos y sordos, / mi tuba y yo. 

—¿Qué tan injustos hemos sido con la poesía?

—¡Ay la justicia, los justos jueces! Toda gente in (recuerdo aquellos versos de César Fernández Moreno: “y al decir Ah me tragué una mosca”. 

—¿Cuánto pesa la palabra en tu vida? ¿Cuánto vale?

—Siempre he sido malo en Aritmética. Tuve mala prensa con los maestros en ese campo. En cambio, con la geometría me las apaño. Me gustan las palabras. Las palabras, las palabras me gustan, me enloquecen, me llenan, me placen, me enternecen, me arrullan, me sacan de la cama, me tiran sobre el piso, me lavan, me sacuden, me sumergen, me atrapan.   

—¿A qué se debe tu obsesión con las palabras llanas y bisílabas?

—De niño adoraba corretear por la yaragua florecida, bañarme en el rocío de la llanura. Esdrújulo y saciado del guarapo que ennegrecía los pantalones kaki del uniforme de la escuela. Llano y sin freno, sin rumbo fijo, correr y correr en mi caballo de palo santo o en mi carrito con dos ruedas de javilla. ¿Será? Te lo dije, las palabras me enloquecen. Su tableteo, su bailoteo, su temblequear. Tanto me gustan, las palabras, que adoro —ya lo dije— las que pautan el final y punto 

—¿Eres consciente de tu cadencia lírica? ¿O solo escribes?

—Toco el tambor. De vez en cuando sale espuma o un clavel.

________________

DENISSE ESPAÑOL (República Dominicana), escritora, arquitecta, es fundadora grupo literario-multidisciplinario Café de Artistas, ha publicado los libros de poemas Mañana es cualquier día (201), Una casa en la palma de tu mano (2013) y Sinfonía de la sal (2019).

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top