Blue Spiral de Nadine Mozon Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Visiones » Blue Spiral de Nadine Mozon

Blue Spiral de Nadine Mozon

REBECCA BOWMAN [mediaisla] Blue Spiral se centra en un evento que la mayor parte de nosotros ya ha experimentado: el oír una noticia de última hora en la radio, una noticia que nos sobresalta y que cambia todo nuestro punto de vista.

El 28 de junio del 2019, dentro del contexto del Congreso Internacional de Artes Escénicas, tuve el gusto de ver Blue Spiral, una pieza teatral memorial escrita y representada por Nadine Mozon.

Con grandes movimientos, grandes emociones, grandes gestos comienza esta obra de una sola actriz, y en la intimidad de un pequeño teatro, Foro La Ceiba, en Morelia, Michoacán, uno siente como si estuviera insertado en el momento culminante de un drama, lo que sorprende e indica que esta no va a ser una obra de teatro tradicional. En lo que sería como una abertura a la pieza total, una versión condensada de los movimientos que la actriz luego hará, envuelta en un torbellino aural de sus propios pensamientos, la vemos luchar por entender algo, sus mociones tratando de ordenar lo que ha experimentado, pero entonces sus manos se levantan en un gesto universal de perplejidad, una emoción que aparecerá por toda la obra. 

Blue Spiral se centra en un evento que la mayor parte de nosotros ya ha experimentado: el oír una noticia de última hora en la radio, una noticia que nos sobresalta y que cambia todo nuestro punto de vista. En este caso es algo que afectó en lo más fundamental a la protagonista, la decisión del gran jurado de no inculpar al policía blanco involucrado en la muerte por arma de fuego del adolescente africano americano, Michael Brown. Aquí son de notarse los movimientos físicos de la actriz al enterarse de la decisión, aperchada en una banca baja en una posición inclinada que refleja la alta velocidad en el que su coche va corriendo por la autopista I35 pero que es tan empinada y antinatural que hace que Mozon se vea tensa y vulnerable, su cuerpo se mueve hacia adelante, colapsando hacia adentro, expresando el dolor y la conmoción de escuchar ese veredicto que demuestra de nuevo que la justicia jamás será servida.

Mozon da un paso atrás y busca una manera de deshacerse de la desilusión profunda, del dolor de traición que el veredicto le ha impuesto. ¿En dónde comienzo esta narración? Como esta es una pregunta, sentimos que también participamos en la construcción de significado o en la especie de explicación o búsqueda de alguna manera de absorber y lidiar con esta decepción. Mozon una y otra vez, con un paso de un lado a otro, uno dos uno dos, empieza a cantar una canción que remite a alguna musiquilla de las que se aprenden en Plaza Sésamo, una que formaba parte del Officer Friendly Program (el Programa El oficial amistoso), y que obviamente se creó con el propósito de explicar a los niños el papel de la policía en nuestra comunidad y a ayudarnos a tenerles más confianza. Al principio la artista la canta como si estuviera invitando o invocando un tiempo anterior en el que la policía era de confiar, cuando todo andaba bien, pero la satura con una ironía que no es aquella ironía sarcástica con la que uno se topa con frecuencia, es algo diferente que todavía no logro identificar, algo más profundo, en parte una ira y decepción constreñida sin ningún toque de cinismo. Here comes the man in blue, he’s got a job to do…does the things policemen should… (Aquí viene el hombre de azul, tiene un trabajo que hacer… hace lo que debe hacer la policía…) En este momento la expresión del personaje, su porte, sus hombros alzados con orgullo, y su pelo peinado en colitas irradian, ya que sabemos que su optimismo no dará fruto, un pathos que hiere. Con esto comienzan las proyecciones en pantalla de collages de video creados por Ana Baer que se unen con la obra para contar la historia, y lo que presenciamos son todos los factores que crean en nuestros hijos una sensación de confianza y esperanza en nuestra sociedad.

Aun así, viramos de nuevo a esta posición incómoda, ese manejar por una autopista congestionada, atrapada por la velocidad. Las proyecciones de Ana Baer detrás del personaje de esa misma autopista de noche hacen que el mundo se sienta levemente torcido, un poco desbalanceado, que Mozon es, aun cuando se mueve tan rápido por el espacio, incapaz de hacer algo más que manejar, más atrapada que lo que sería si no estuviera moviéndose. Su descripción es visceral, es de sus pensamientos, sí, pero también de su cuerpo, lo que está sintiendo exactamente en ese momento, lo que también detona en nosotros esas mismas sensaciones corporales, la garganta cerrada, las lágrimas fluyendo. La pieza en sí es una espiral azul, repasa una y otra vez los mismos pensamientos y recuerdos de los que ni ella ni nosotros podemos escapar, aun mientras busquemos en dónde pararnos, pero por supuesto tiene que ser así, pues, como nos recuerda Mozon al principio de la obra, la historia se repite.

No sé, ya que esta puesta en escena es de una versión alterna de una pieza más larga, cómo es la obra original. Cuando la actriz se preguntó en dónde comenzar la narrativa, cuando dijo lo que sería una frase que se repetiría por toda la obra, “black girl in a blue-black swirl in a song gone wrong” niña negra en un remolino azul negro en una canción que salió mal yo esperaba que ella nos contara alguna historia de su pasado en la que ella misma fuera víctima de algo, pero al contrario allí estaba una proyección de pantalla de una fila de pupitres, de caras jóvenes y morenas, algunos niños levantando con alegría sus manos, listos para que los llamen, empoderados con la respuesta correcta, confianzudos, seguros. Al mirarlos más de cerca estos eran Nadine misma, repetida, como si fuese una fila de escolares respondiendo a una lección. El contraste entre la inocencia y fe en el salón de clase, la alegre energía con la que canta al principio la canción y el evento que detonó la historia es como una herida abierta en nuestros pechos. Aun así, la fuerza con la que se canta la canción y el pisoteo de sus pies de un lado a otro recuerdan a otros momentos en los que el desánimo es devastador y aun así hay una desesperanza que se niega a ser completa porque el espíritu de uno no lo permite. Ya que Mozon rehúsa resignarse, insiste en instilar en nosotros la idea de lo que debe ser un policía, que el mundo debe ser como es la canción, que las autoridades están ahí para protegernos, que no debemos sentir miedo, y cuando su cuerpo entero se transforma del de una niña al de un joven primero corriendo y luego parado en seco con las manos hacia arriba nuestros corazones se desploman. Cuando se pone una sudadera que tenía amarrada alrededor de la cintura y sube la gorra de la sudadera, cubriendo su pelo en colitas, ya en su posicionamiento, más alta, más esbelta, el torso curvado para acentuar los hombros, la manera en que su cuerpo ocupa el espacio en el escenario, como corre rápidamente, luego a cámara lenta, la manera en que se relaciona con el jalón de la tierra desde abajo, el aire en el teatro cambia. Y entonces Mozon levanta las manos, no con el gesto de alguien que pide ser escogido, de ser el elegido, orgulloso de mostrar su conocimiento sino de alguien en un momento del mayor peligro. Es un varón adolescente parado por la policía, su corazón latiendo, vulnerable, asombrado de que esta no es una preocupación tonta de su madre sino algo que, increíblemente, le está pasando a él de verdad y se acuerda, sí, de todos esos buenos consejos que su madre le dio ¿qué es precisamente lo que tiene que hacer para que no le disparen?

Nosotros también estamos parados en seco, azorados, incapaces de saber las respuestas. Y entonces Mozon se aleja girando y se transforma en la madre del joven teniendo “la charla” con su hijo, diciéndole en palabras precisas exactamente cómo debe, sí, debe portarse si es que va a estar a salvo en el caso eventual de que se le detenga la policía, haciendo una lista de todas las cosas que uno debe hacer si es “young, gifted and black” (joven, dotado, y negro) para que no le lastimen, “pierde la actitud”, “quítate esa gorra”, “mantén las manos vacías y visibles”, y su última admonición, “no corras”. Así que cuando el cuerpo de la artista como joven recibe en su espalda lo que debe ser una bala y procede a caerse, se siente inevitable pero también impacta.

Mientras que yo me concentraba en los movimientos de la actriz sobre el escenario sus palabras también nos han envuelto en una espiral azul, en una hélice rápida de belleza frenética. Con frecuencia una palabra se dirá “at one point, not gunpoint”  (en un punto, a punto de pistola) y ”I´m not driving but running, running mental movies from months, years… “ (no estoy manejando sino corriendo, corriendo películas mentales de meses, años), y esa palabra cambiará de rumbo hacia otro significado de la misma palabra de manera que uno siente el cambio de dirección que es todo círculo. Este se refuerza aún más en el uso del espacio escénico por Mozon mientras va de un lado a otro, buscando respuestas pero también una manera de escapar de una situación que no es solo la de ella sino la de tantos, tantos otros cuyos nombres empieza a decir, uno tras otro, primero Sandra Bland, cuyo rostro aparece en la pantalla al fondo, y otros nombres que hemos oído, nombres de personas cuyas muertes han sido lamentadas, cuyas vidas han sido vilificadas por los medios y las autoridades, y algunos nombres que, al haber sido reemplazados tan frecuentemente y rápidamente por otros nombres, muchos de nosotros hemos olvidado. Al cantar una y otra vez la canción que le enseñaron antes, ella insiste en que no normalicemos la vulnerabilidad, el peligro, la violencia sufrida por los que forman parte de nuestro nosotros, que nos acordemos de cómo debe ser la policía y cómo deberíamos poder estar en nuestras comunidades. También nos recuerda que esta no es una noticia nueva, que ya se arraiga en nuestra historia y que no debe continuar.

Es entonces cuando ella se acerca a la banca, el único objeto que se halla en el escenario y nos damos cuenta de que no es una sola cosa sino que ahí como parte de su fundación yace un trozo de tela, un tejido africano, y ella lentamente y en silencio envuelve su cabeza en esa tela y le da una forma, la de la más bella corona. Ella ahora se está cambiando, después de ser una niña, luego un joven, después la madre del adolescente,  luego su hijo, y después la niña una vez más buscando un estado de inocencia, ahora es una mujer en toda la dignidad que da el gele, una recolección de la tradición que honra la edad y la gracia y la feminidad así que las últimas palabras que dice salen sabias y fuertes, estas palabras que todos debemos llevar con nosotros y acoger, pero que sabemos que probablemente no serán ni escuchadas ni seguidas, “No disparen”.

La dirección de Michael Rau, limpia y elegante, mantiene todo tan sencillo que él hace lo que muchos grandes directores, retirarse y permitir que esta voz importante se escuche. Es una dirección transparente, bastante eficaz, y su iluminación, que crea efectos de claroscuro, destaca ciertos gestos, las manos levantadas para cuestionar, o con entusiasmo, luego con miedo, un gesto maternal que recuerda a la Piedad, lo que ayuda a que el público los tenga en cuenta, guiándonos como lo hacían los viejos maestros. La producción de collage de video de Ana Baer y su asesoría de movimiento apoyan y ayudan a la historia a resonar más, sin imponer otra personalidad en lo que, aunque colaborativa es también una pieza de una sola mujer. Su multiplicación en la pantalla de la figura de la actriz mientras baila, el uso de, no la imagen de un actor haciendo el papel de un niño levantando la mano, sino varias, enfatiza que, aunque la versión que vi no habla de una memoria personal de victimización de Mozon, la creación colectiva de una falsa sensación de confianza dentro de una comunidad que no ha sido, no es y no será nunca protegida es una forma insidiosa de opresión.

Montar esta obra en Morelia, Michoacán le confiere un significado adicional ya que ahí también la población es vulnerable tanto a la policía como a otras fuerzas, los jóvenes son los más amenazados, las madres las más agitadas y preocupadas. La reacción sumamente inteligente, pensativa del público, aun a pesar de la barrera de lenguaje, deja patente lo universal de estas situaciones.

Regresando a mis primeras reacciones me doy cuenta de que aquel gesto de perplejidad que apareció con frecuencia reflejaba la confusión que surge cuando las cosas son tan diferentes a como claramente deben ser, cuando la claridad de uno se topa con la ofuscación intencional, y que los vertiginosos ademanes, la fuerza y energía que comenzaron esta obra atestiguan precisamente la ira y consternación que todos debemos sentir, pero nuestra gama de emoción ha disminuido, nos hemos vuelto apáticos e indiferentes y hemos perdido esperanza. Agradezco a Nadine Mozon y a sus colaboradores por sacarnos de nuestra inercia, de encender en nosotros una vez más una chispita de anhelo por un mejor mundo, el que en toda verdad debe existir.

____________________

REBECCA BOWMAN [Los Ángeles, CA]. Ha publicado varios libros incluyendo Los ciclos íntimosLa vida paralela, Horas de visita y Portentos de otros tiempos. Sus cuentos y poemas se han incluido en antologías y sus obras de teatro se han puesto en escena varias veces; escribe literatura infantil.

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top