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Cósmico caos de la realidad

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] La literatura, como arte que es, participa intensamente en la transformación de lo caótico, al proponer desde las capacidades del lenguaje un orden que, sin llegar nunca a ser perfecto, participa de la fascinación de lo bello.

En dualidad de opuestos absolutos —para algunos principios irreductibles— al cosmos se contrapone el caos: al orden, el desorden; a la armonía de lo perfectamente completo —melodía de las esferas— el rechinar rompedientes de lo informe y lo incompleto —vórtice absorbente del vacío. La experiencia humana así lo entiende.

Cara y cruz de esa realidad en la que existimos —creadores, protagonistas y testigos de ella— los humanos. Luz y sombra de la conciencia que nos funda y nos define. Cosmos y caos cada cual, cosmos y caos la humanidad entera. Virtud y defecto desde antiguo y desde antiguo: dualidad del bien y el mal programada para la amenaza y el dominio.

A la optimista, iluminada visión científica de ese cosmos admirable que von Humboldt observa, comprende y describe en su perfección completa se opondría la mirada ansiosa, insatisfecha que, desde el caótico enredo de lo observable, del asombro de su dilema, propone una teoría del caos que lo desmiente y transmuta en cosmos. Moderna fe que es esperanza y certeza en el saber que alguna vez será definitivo.

En el universo imperaría —proponen los teóricos— el orden.

Y si no imperara, si no fuera el orden principio y fin de lo que existe, cifra del ser, el ser humano trataría por todos los medios a su alcance de imponerlo porque su espíritu aborrece el caos y aspira a lo perfecto, al equilibrio organizado, a la belleza de lo armónico que presiente en sí mismo. De ahí el poder de las mitologías y sus propuestas trascendentes en furiosa oposición al monismo científico que defiende a la realidad —cósmico caos— como bien absoluto.

Todo trascendentalismo dualista difama la realidad y con ella a la humanidad y a cada individuo que participa de su materia. Si las ciencias se ocupan de probar la teoría del caos aparente, las mitologías y sus sectas dominantes, demonizan la materia y hacen del espíritu humano una víctima de lo imperfecto, lo despreciable.

En oposición y contraste, son las artes —cuando aliadas de las ciencias y enemigas de los dogmas denigrantes— las que se imponen la tarea dichosa, entusiasmante, de confirmar la esencial —si bien caóticamente propuesta— perfección de lo existente. Se comprometen con la admirable posibilidad del orden: la perfección de lo hermoso.

La experiencia vital de la conciencia humana, el ir viviendo a diario, se define casi por completo por el desorden y el esfuerzo constante por suprimirlo, tanto en los recovecos de la mente y la visión personal —filosófica, en el mejor de los casos— del mundo, como en lo múltiple de la realidad colectiva, ese mundo inverosímil por complejo, del que todo ser humano individual es parte indispensable.

El desorden, que es principalmente mental, afecta a todos los aspectos de la vida personal del individuo, para no hablar de la colectiva. La historia universal lo confirma: rara vez —si alguna— ha sabido la humanidad de un instante de orden, de un momento de armonía; salvo —claro está— en el plano enrarecido de las ciencias —no sociales, por cierto— y las artes, en el que el orden se descubre y se concibe.

La literatura, como arte que es, participa intensamente en la transformación de lo caótico, al proponer desde las capacidades del lenguaje un orden que, sin llegar nunca a ser perfecto, participa de la fascinación de lo bello.

Escribir es proponer un orden, es tratar de producir con las palabras un objeto de arte verbal, un cosmos.

Y se lo hace en medio del desorden del escritorio, ese caos personal de libros y papeles, de la infinidad de cosas que el escritor a diario necesita y a diario olvida y arrumba en los rincones del posible redescubrimiento en algún mañana.

Desde el desorden se aspira al orden. Caos y cosmos, moneda de valor incalculable, se complementan en la unidad.

Habría que deshacerse de prácticamente todo lo que no se necesita en el momento mismo en que se escribe, piensa el escritor, equivocadamente.

Guardar esto y lo otro por si acaso se necesita en un rato más, o porque tiene algún valor sentimental o porque sí, porque no hay objeto desechable, es un cumplir con las más íntimas leyes del ser humano y su transcurso hacia la nada.

Por lo mismo, porque en el agua turbia del desorden bulle la vida, nada se tira como trasto a la basura, nada vuelve a la nada.

Sólo desde el desorden se aspira a la armonía.

Pareciera entonces que no acaban nunca de aparecer más libros a pesar de que ya no dan a basto los libreros y se amontonan por todas partes en torres de Babel que de cuando en cuando se derrumban; y como los libros, los papeles, los infinitos papeles, las carpetas y libretas, los cuadernos, las notas sueltas, se reproducen como insectos, como una plaga benéfica que se esparce por todas partes, como una colmena de abejas polinizantes u hormigas encargadas de los almacenes de la abundancia.

El susurro colorido de tanta palabra escrita —chirrear de cigarras, violín de grillos, chisporrotear de luciérnagas, revolotear de mariposas y libélulas— llena el espacio de las voces y reflejos que el escritor escucha, ve y confunde con la brillante garrulería de su musa equívoca y esquiva y con el constante claroscuro del chismear de sus demonios personales.

Hundido en el fango genitivo del desorden —caos vital, germen del cosmos— el escritor se inspira y, cuando menos piensa, de la ansiedad del orden y la angustia del desorden consigue producir la figura perfecta de una obra de arte.

Del vendaval del desorden, del vórtice del caos se alcanza la belleza armónica —materia imperfectible— de la realidad: el cosmos.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

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