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En torno a Decapitado, de Jorge Luis Torres

MANUEL S. ALMEIDA [mediaisla] En «Decapitado», el sexo es ‘sucio’, transgresor, no tiene límites […] La cuestión escatológica en las piezas al fin y al cabo tiene presencia en sus dos sentidos, como referencia al excremento y al mierdero, y como alusión al fin de los tiempos-

Las tres piezas dramáticas que componen Decapitado. Tres subversiones performativas (mediaisla editores, 2019), el libro más reciente de Jorge Luis Torres, constituyen una suerte de, si se me permite una aparente paradoja, vertedero casi utópico en el que lo que aparentaría ser sucio, muy sucio, se mezcla o hilvana, con las mayores ansias de libertad, de sueños y ambiciones. Tal vez suene a caos. Lo que no extrañaría, ya que las piezas toman lugar en una isla en el Caribe, zona tan acostumbrada a los movimientos, cambios y tráficos transversales, de gentes, mercancías, sueños, ideas, porquerías, drogas, literaturas, etcétera. Digamos que la isla en la que toman lugar es Cuba. Ojo, en un sentido pudieran muy bien tomar lugar en Puerto Rico o en República Dominicana, pero la presencia de ese súper-ego o súper-yo que atraviesa las tres piezas tan consistentemente exigentes de un hombre nuevo para un país nuevo, con ese discurso que mezcla autoridad, moral righteousness revolucionario, delata que se trata de la patria de Martí, Lezama, Piñera, Reinaldo Arenas, Omara Portuondo y Celia Cruz.

Si fuésemos a darle un primer vistazo, el personaje central de las tres piezas es Theo Alcocer Bastida, y el drama recorre los últimos años de su vida, entre sus 35 y sus 37 años. Theo es gay, perdón, como insiste en la tercera pieza, más bien es bisexual, y vive entre otras cosas de la prostitución. Ah, y también reclama ser escritor y tener escrita una novela. En una posible iteración, fue amante de Darío, quien también estaba en la prostitución. Ahora bien, fue amante de Darío tal vez en más de un sentido.

Me explico, en un primer sentido de amante, de amar originado en el eros griego antiguo, en la primera pieza Darío en efecto luce como ese hombrazo que llega cada tarde, todo sudado, “mugriento y apestoso, con hedor a vulva de negras rameras y a sebo de viejos rechonchos y maricones” (16), y con furia y desespero, penetra a Theo una y otra vez. Las relaciones sexuales que se describen, particularmente en la primera y la tercera pieza, distan bastante de esas escenas sexuales a veces pulcras, higiénicas y profilácticas del porno de hace 30 o 40 años, o incluso del que se presenta hoy día en los portales como pornhub, y otros por el estilo. En Decapitado, el sexo es ‘sucio’, transgresor, no tiene límites, se mezcla con el sudor, con la mierda, con el orín, se realiza a la vista o conciencia de señoras mayores, en los callejones oscuros, a las afueras de una barra de mala muerte, con hombres, con mujeres, con cualquiera. La cuestión escatológica en las piezas al fin y al cabo tiene presencia en sus dos sentidos, como referencia al excremento y al mierdero, y como alusión al fin de los tiempos (al menos para Theo).

Por otro lado, hay algo de posible amor en el sentido de la otra palabra griega antigua que puede traducirse por amor, la filia, de amor amistoso, cariñoso, tierno, entre Theo y Darío. Y es que, luego del parteaguas que constituye la segunda pieza, con su confrontación entre Theo, escritor ‘maricón’, perdón, bisexual, y el General Esteban Sánchez de Cabrales, representante principal del súper-ego revolucionario, que exige pulcritud, honradez y hombría heterosexual en el pretendido “hombre nuevo”, Darío parece resultar ser el personaje principal de esa elusiva novela que Theo, que además de maricón, digo bisexual, es escritor, escribió aunque apenas sabremos muy poco de ella. Si fuese el caso, ser ‘amante’ de Darío tendría necesariamente diversas implicaciones.

Mencionaba al General Esteban Sánchez de Cabrales. Otro posible personaje de la novela elusiva de Theo, el General representa todo ese andamiaje discursivo, patriarcal, militante revolucionario de una supuesta nueva institucionalidad de un nuevo país, posrevolucionario. El “hombre nuevo” que esta nueva patria busca y quiere, al menos de la boca hacia afuera, porque el mismo General tiene sus deslices homoeróticos, es uno que es macho muy macho, que es heterosexual, que exige que el arte, las letras, la cultura, estén al servicio ideológico de la revolución y de la construcción de ese ‘hombre nuevo’. Frente a ese andamiaje discursivo y su poder, Theo, y la gente como Theo, son aberraciones. Son gente que no debe caber en esa nueva gran patria, grande pero no inclusiva.

Pero, nuevamente, queda plasmado en la obra que, si se raspa un poco la superficie de ese discurso de la autoridad, el posible retorno de lo reprimido siempre acecha. De ahí el sadomasoquismo del General, y la intriga e interés de Adrián, representante menor del súper-ego de la institucionalidad revolucionaria en la tercera pieza, en torno a las formas adecuadas para que un heterosexual tenga sexo anal.

***

Decía al principio que estábamos tal vez presenciando en la obra un ‘vertedero casi utópico’. En la segunda pieza, en el diálogo entre Theo y el General se sucede el siguiente intercambio:

Theo. – ¡De aquí no me voy!

Esteban. – ¡El aquí no es un lugar! (Con su mano golpea de forma contenida el acrílico.) ¡Estás del lado que no es un lugar!

Theo. – Si se nace en un lugar, siempre se llegará a poseerlo.

Esteban. – Esa es tu tragedia, nunca llegarás a poseer un lugar.

Theo. – (interrumpiéndolo.) ¿No poseo nada?

Esteban. – Observando una vez más la maleta de Theo.) ¡Solo esa maleta! (34)

Resaltemos lo más obvio primero y que se desprende de lo anterior y de toda esa segunda pieza del que forma parte. En la segunda pieza nos encontramos ante una discusión árida entre el escritor-aberración y el General que representa el poder y la ética revolucionaria y oficialista. Y como ocurriera en la vida real con escritores como Reinaldo Arenas, Theo aquí se ve ante la inminente expulsión impuesta o autoimpuesta de su país por su “desviación ideológica” y su comportamiento sexual aberrado.

Menos obvio del pasaje anterior citado, y de otros parlamentos similares, es la sutil discusión sobre quién hegemoniza el significado del significante ‘utopía’. Utopía, del griego antiguo utopos, u-topos, implica literalmente un no-lugar, un lugar que no existe. O como tradujera Quevedo el título de la importante obra de Tomás Moro, “No hay tal lugar”. Ante el “¡De aquí no me voy!” de Theo, el General riposta con dos planteamientos extraños. Primero le lanza, “¡El aquí no es un lugar!”, para luego añadir, “estás del lado que no es un lugar!”. O sea, la primera respuesta del General nos plantea que en efecto esa patria nueva, grande, revolucionaria, es un no-lugar, una utopía entendida como mera quimera de lo que tal vez muchos alguna vez soñaron. Pero luego en la segunda respuesta le plantea la posibilidad de que en ese contexto sea tal vez el exilio esa posible utopía. O quizás realmente lo que se plantea es, por un lado, la experiencia de la subjetividad escindida que viven los exiliados, pues viven en una especie de no-lugar entre el adentro y el afuera y, por otro lado, la experiencia del país escindido, dividido entre los que pudieron y no pudieron caber en esa nueva patria grande.

Y es que esa revolución en ese país nunca pudo cumplir las máximas más nobles de la tradición política a la que le declaró lealtad dos años después de comenzada, a manera de conveniencia. Obviamente nos referimos al socialismo. Theo, y tantos otros como él, incluso bien pudieron haber simpatizado en un inicio con la revolución (fue el caso de Arenas, nuevamente, por ejemplo). Pues pocas cosas pueden sonar políticamente más hermosas y liberadoras que esa última oración del segundo capítulo del Manifiesto del partido comunista de Marx y Engels que dice:

Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

Y de hecho, es importante recordar, ante el énfasis que usualmente se le da a la importancia de la igualdad en Marx, la importancia enorme que también tenía para ese enfant terrible del siglo XIX la libertad del ser humano. En última instancia, la liberación del ser humano de la esclavitud del trabajo asalariado debía llevar a que todos, y no ya unos pocos, contaran con mucho tiempo de ocio. ¿Para qué? Marx nunca sugiere algo específico. Al contrario, los remanentes humanistas en él indican que cada cual decidiría cómo mejor aprovechar ese tiempo de ocio para recrearse o para realizar sus distintas capacidades potenciales como ser humano.

Volviendo, para alguien como Theo, o igual para todos los marxistas que tenían clara la cosa, la realidad política, económica y social del país posrevolución hizo del comunismo de Marx una mera utopía.

En la tercera y última pieza, vemos a un Theo más agotado, con menos fuerza, simbolizado por estar pillado junto a otro personaje/representante de la oficialidad, Adrián, luego del supuesto derrumbe del edificio en que ambos vivían. Aún dentro de la crítica situación en la que supondrían estar, Theo no cesa en sus avances sexuales hacía Adrián. Nuevamente, regresa la disputa de si Theo es o no lo que supondría el régimen ser propiamente un hombre, pues Theo no es el intelectual o escritor deseado por la oficialidad. Porque Theo es maricón (¡perdón, bisexual!), porque Theo y tantos otros como él son aberraciones. Supongamos que Darío, el General y Adrián son todos personales de esa elusiva novela, maldita, de Theo. Y supongamos igualmente que ellos en última instancia son la sublimación del súper-ego que emana del andamiaje institucional de las autoridades. Así las cosas, Theo terminaría derrotado por sus propias criaturas. De la misma manera que Marx en el Manifiesto, por inspiración de Goethe, acude a la imagen del demonio que se le sale de las manos al mago que lo conjura, para referirse a los proletarios que supondrían ser los sepultureros de la burguesía, de esa misma manera los personajes creados por Theo (Darío, el General y Adrián siendo los principales) terminan dejando a su autor sin otra salida que la de tirar una línea de fuga. Parece ser que Theo al fin opta por suicidarse. Lo que quedaría en duda sería cómo leer esa línea de fuga, como posible salida a un callejón sin salida y la desesperación, o acaso como un último acto de libertad que de quien asume apoderarse completamente del destino final particular de su vida.

En la última carta que deja escrita Reinaldo Arenas en Nueva York antes de quitarse la vida expresa:

Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la Isla le exhorto a que siga luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza.

Cuba será libre. Yo ya lo soy.

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MANUEL S. ALMEIDA (San Juan, 1979) es Catedrático Asociado de la Escuela de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Carolina. Es autor de los libros Dirigentes y dirigidos: para leer los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci (Popayán: Envión Editores, 2010; 3era Ed., revisada y aumentada, San Juan: Ediciones Callejón, 2017), Ese idiota llamado Sócrates: teoría política, crítica, democracia (San Juan: La Secta de los Perros, 2014) y del poemario Clonazepán y circo (San Juan: Disonante, 2018).

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