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Imagen y movimiento en la poética dominicana contemporánea II

BELIÉ BELTRÁN [mediaisla] Polisemia de imagen y movimiento, desde la poiesis, la física y la convivencia. La deconstrucción de la imagen del mundo para hacer caleidoscopios con los sobrantes. Unos más que otros, todos dan prioridad al músculo del poema mucho más que al idioma en que se comunican contenido y continente.

Hace unos meses, la escritora dominicana, Michelle Ricardo dijo: “Ya no se escribe para el pensamiento sino para lo oral”. Su conclusión vino a partir de la primera parte de este artículo. Ella explicaba que ahora los poetas dominicanos, sobre todo los de esta generación, aspiran más al texto rítmico, cargado de punch line. Es decir, parte más de los elementos espectaculares de la música, que de la poesía de introspección[1].

Ahora bien, la mayor experiencia creadora de Michelle parte del Spoken Word. Allí se aplica casi dogmáticamente la tendencia establecida por Ricardo en su sentencia. El Spoken Word ante todo se escribe o construye para presentarse ante un público, juega con las reacciones efervescentes de la audiencia.

En cambio, la visión de la poesía que posee José Enrique Martínez Fernández va por un sentido completamente opuesto:

Una buena parte de los elementos y peculiaridades de la poesía contemporánea tienen su origen en la tensión latente entre oralidad y escritura o, si se quiere decir de otra manera, en la lucha dialéctica de la escritura contra (o a espaldas de) la oralidad inicial, una vez que ésta —en un sentido general— hizo crisis. Tales peculiaridades se deben al hecho de que la poesía actual sea una poesía escrita para ser leída; más aún, para ser leída privadamente, en lectura silenciosa. Martínez Fernández.

A pesar de la posición de Martínez, sí es cierto que la poesía dominicana reciente tiende de forma tensa a dos cuerdas atadas: la imagen y lo oral.

Con respecto a la oralidad en la poesía, dice Ana Calvo Revilla:

La poesía oral despierta en el hombre, por su configuración artística, una sensación de peculiar agrado (6), así como una potenciación expresiva, debido, en gran medida, al papel ineludible, aunque no exclusivo, que juega la intuición sensible. En ella, como en cualquier otro objeto estético, deben distinguirse y armonizarse debidamente el plano sensible y el inteligible, la estructura y el contenido, la forma y la materia.

Poemas como los de Joaquín castillo en “De todo lo que Pasa en mi calle” juegan a narrar.  Registran eventos desde una posición en la que la mirada migra del ojo a la voz.

Lo mismo sucede con la poesía de Thais Espaillat. También alguien mira, alguien piensa, alguien atestigua que ve; y lo dice sin atender demasiado a los recursos técnicos.

Quizás sea el mismo procedimiento empleado por Edwin Solano, que explora su relación con el cuerpo, con la sexualidad. Se abre a una visión lúcida desde los estados alterados de la conciencia. Lo hace contando, en un lenguaje tú a tú con quien lee; sin perder la intimidad.

En una orilla casi opuesta se encuentran escritores como Natacha Batlle, Luis Reynaldo Pérez, José Ángel Bratiní o Isis Aquino. Estos vienen con mayor tendencia al lirismo, a los recursos del lenguaje que construyen imágenes para ser pensadas, emocionales.

Y entre todos, un híbrido quizás sea Lorenzo Amparo. Los poemas suyos que se conocen a través del mano a mano y las redes sociales o algunos recitales viven a caballo entre las canciones y la oralidad.

Hasta el momento, todos los ejemplos presentados, hablan del concepto creado por Tamara Kamenszain, “intimidad inofensiva”. Con este, pierde relevancia inicial la razón entre oralidad y escritura en favor de la experiencia que recrean[2].

Para Tamara hoy la poesía no hace una separación entre el mundo y el yo desde lo formal. Más bien, el mundo y el yo se confunden en un solo.

Y justamente es esta la particularidad en común que tienen los poetas del patio. Es decir, independientemente de los recursos estilísticos, formas, niveles de lenguaje o estructuras discursivas y disruptivas, sus obras emparedan su yo con su mundo. Desde sus visiones periféricas han dividido sus obras en líneas como los canales o pistas de un proyecto de audio.

Así, todos los efectos, formas, pasan por una zona. La voz cruza desde otra entrada y las imágenes aparecen traídas al ritmo de los pasos de cada uno.

Finalmente, cada cual a su forma hace la mezcla de todas las pistas. Esa es la intimidad, lo inofensivo de cada mundo personal con sus ritos y excrecencias.

Ahora bien, Michelle empezó esta parte de la reflexión partiendo de la idea de que hoy se escribe más para lo oral que para pensar. Y en cierto modo no deja de tener razón.

Es solo que los tiros no van por lo formal sino por lo espacial. Es decir, mientras ella se refiere a lo oral desde el punto de vista de la poesía hablada, lo que los poetas del patio están haciendo apela a la oralidad en cuanto a proclamación.

Cada cual sigue sus pulsos con sus metrónomos puestos en tempos que se adecuen a cada cual. Pero al cabo de las interacciones, los poemas acaban formando parte de escenarios y audiencias, se cobran cuotas de conversaciones de aquí o allá.

Nada que no se haya hecho antes. Pero que apelando a lo que hay de paranoia y conciencia pre apocalíptica, adopta tintes de novedad.

A la vez, sus obras no comienzan ni acaban en el texto. Tienen introducciones en los quehaceres cotidianos:

Un puesto de empanadas de Villa Consuelo, caminatas en la zona Colonial y sus anacronismos. Pasar del cigarro a la yerba y el perico. Los celos, la homosexualidad; abrirse a percibir desde el día a día.

Dicho en líneas muy simples, cuando llega la obra ya el autor ha escrito buena parte del texto con su cotidianidad —a pesar de lo cursi o patética de esta expresión-.

La construcción del poema entre los artistas de ahora tiende a equilibrar bajo el prisma de Kamenszain, las ópticas de Calvo Revilla, Martínez Fernández y Michelle Ricardo. Es decir, algunos más que otros, todos dan prioridad al músculo del poema mucho más que al idioma en que se comunican contenido y continente.

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BELIÉ BELTRÁN [Bayaguana, RD], comunicador, lector. Autor de Pardavelito y Crónicas a la colmena. Ha sido publicado en distintas antologías de México, Guatemala y República Dominicana. Es vegetariano por aburrimiento.

[1] Posiblemente esté parafraseando más de lo preciso a Michelle y su afirmación no haya llegado tan lejos.

[2] Poetas como Ricardo Cabrera deben quedar fuera de este espectro, a pesar de su propia intimidad. Miguel de Ballester no acaba de encajar en una línea u otra; más bien fluctúa entre distintos rangos.

 

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