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Margarita Cordero: “Tampoco quiero ser otra cosa que lo que he sido hasta ahora”

RENÉ RODRIGUEZ SORIANO [mediaisla] “Haber escrito esta novela no me hace cambiar de oficio. En lo que me resta de vida, si acaso se me ocurriera dedicarme ahora a la ficción, no podré escribir jamás como novelista lo mucho, diverso y rico escrito como periodista”.

Hay que tener cuidado con esta mujer. Margarita Cordero tiene una voz tan dulce como una navajita de las de antes, de dos filos; dice las verdades sin que se le agüen los ojos ni le tiemblen los labios. Hizo la guerra y escribe. Escribe como si se le fuera la vida en ello: va de la reflexión a la invención con mucha más soltura que del fony cinco al fony seis.

Soy periodista —me dice— y yo asiento. Conozco ese linaje, también lo era Hemingway. Lo sé de sobra, no hay tal bastardía. Se escribe, y punto. Pero, como decía Malagón en Redacción I, ‘primero hay que aprender a pensar’. No es necesario contar la guerra cronológicamente; con que se cuenten secuencias, incidencias, infidencias, como el carteo entre amigas que acontece en Nosotras, las de entonces (Editorial Santuario, 2019) es suficiente. En clave de novela, sí.

Nosotras, las de entonces es un relato íntimo, humano, conmovedor. Una escritura que trabaja con lo mínimo y descarta lo retórico, condensa el relato, restituye lo que está en juego en cada situación y recurre a un estilo voluntariamente sobrio. Va a lo esencial, escarba la brecha que separa lo íntimo de las situaciones, lo impersonal de la escritura. No es una novela testimonial —cítrica argucia del silencio—; más bien, un ajuste de cuentas binario, plural. Una visión del país. Su antes y su después, sin sesgos ni concesiones. Tampoco es autoficción, tan en boga en estos días. Es como dijera al principio, un navajazo limpio, sin fisuras. Un texto bien escrito, responsable. Una brecha para leernos de cuerpo entero, aunque nos duela.

Lo malo de la respuesta es la pregunta, decía Maurice Blanchot, y aún así, me arriesgo, me acerco a Margarita, y la interpelo, a sabiendas de que, en este, como en anteriores textos de ella, hay un pacto entre las palabras y el estado de las cosas: 

Acabas de publicar un nuevo libro, Nosotras, las de entonces, novela en la cual, al igual que en Mujeres de abril (1985), destacas la participación de la mujer en la Revolución de abril de 1965 en Santo Domingo, República Dominicana, ¿podrías a breves pinceladas ubicarnos en ese lugar y en ese entonces donde transcurre tu relato? ¿Qué estaba en juego entonces para que el simple intento de reponer a un presidente depuesto provocara una nueva invasión de uno de los ejércitos más poderosos de la tierra contra un país minúsculo y austero, como diría el poeta? 

—Creo que hay una diferencia fundamental entre Mujeres de Abril y Nosotras, las de entonces. El primero es un libro testimonial que busca rescatar el valor de la vida cotidiana en los procesos históricos de cambio. En términos teóricos, es deudor de la vasta producción sobre el tema de la filósofa húngara Àgnes Heller. El segundo, es una mirada retrospectiva sobre lo que dejó la guerra en la vida particular de las mujeres. La Guerra de Abril, que comenzó como un contragolpe militar para reponer en la Presidencia a Juan Bosch, el primer presidente elegido democráticamente después de la dictadura de Rafael Trujillo y que fuera derrocado por una alianza cívico-militar de derecha en septiembre de 1963, se convirtió en guerra patria por la neurosis geopolítica de Lindon B. Johnson que lo hacía ver el peligro comunista hasta en los hechos más impensados. En 1965, con la Revolución Cubana viviendo su primavera política, reivindicar el orden democrático fue considerado por los Estados Unidos un intento inadmisible de subversión. Según esta visión imperial e insensata, lo que estaba en juego era el predominio político de los Estados Unidos en el Caribe, cuando de lo que en realidad se trataba era de retornar al orden constitucional y de salir del gobierno de facto encabezado por Donald Reid Cabral, caracterizado por la corrupción, además de ser ilegítimo.

La invasión militar norteamericana que comenzó el 28 de abril de 1965, y cuya prolongación en el tiempo la convirtió en ocupación, la segunda al país en el siglo XX cercenó la vuelta a la constitucionalidad y, en 1966, entronizó en el poder un gobierno sometido a sus directrices que de manera sistemática se dedicó a desarticular el movimiento social de resistencia mediante el asesinato político, la cárcel y el exilio.

¿Te refieres a los más de doce años del perínclito demócrata de Navarrete?

Sí, me refiero al gobierno de doce años de Joaquín Balaguer.

¿Para qué sirve una novela en un tiempo y un país donde nadie lee y se hace selfies con los tramos llenos de polillas como telón de fondo?

—Quizá sirva para hacernos creer que vivimos en un país distinto. Un país donde la lectura no es síntoma de desquiciante anomalía, sino cordón umbilical que nos une a la vida y sus conflictos; que plantea preguntas incómodas e impele a huir de esa identidad cosificadora de que nos habla Savater. Es verdad de Perogrullo que nuestros compatriotas no leen, que consideran el libro de menor valor intrínseco que una “fría”. Que el Gran Santo Domingo y sus tres millones seiscientos mil habitantes dispongan de una sola librería con categoría de tal, radiografía nuestro retrasado grado de hominización cultural. Es un dato antropológico devastador.

Tienes razón, no hay ningún aprecio por el libro, ni siquiera apolillado, pero he llegado al punto de ceder voluntariamente a la tentación de imaginar que quienes se hacen selfis con libros de fondo flirtean con ellos, y que esto es un probable inicio de enamoramiento. Hasta me caen bien. Y ojalá se enamoraran de novelas: no encontrarán en ellas el meloso sosiego de la bondad porque en la literatura, como en la vida, rara vez hay buenos integrales que además siempre ganan, pero se conocerán mucho mejor a ellos mismos, a sus congéneres y a todos los tiempos de la historia.

Y por la historia, ¿existe algún aprecio? Matices, por favor, sé bien que por tu experiencia sabes de sobra que un mismo hecho puede tener y tiene múltiples perspectivas y que, por lo tanto, da pie a más de un relato que, no necesariamente es el relato objetivo de aquel que hablaban los teóricos de la pirámide invertida, ¿por qué tres voces para contar una historia?

—No se puede tener aprecio por lo que no se conoce. Las fuentes históricas son esencialmente documentales. Ergo, para conocerla hay que leer libros de historia, y ya dijimos que los dominicanos no se distinguen por su amor a la lectura. También es obvio que la historia puede ser entendida, de hecho, lo es, desde perspectivas muy diferentes. Como ejemplo radical están las opuestas lecturas de los acontecimientos que hacen los vencedores y los vencidos. Pero en medio de esos extremos son muchas las interpretaciones posibles cuya objetividad es validada por el proceso incesante de investigación que corrige lo anterior a la luz de nuevos datos.

¿Por qué tres voces en mi libro? Quizá tan solo porque la escritura me lo impuso. Cuando comencé a escribir solo pensaba en la mujer que narra desde el presente de la guerra, y que en el texto impreso se diferencia de las otras por la tipografía en redonda. Pero en algún momento me di cuenta de que no era solo cuestión de contar otra vez ese pasado como lo han hecho tantos otros, sino de seguir el rastro a las secuelas emocionales y sociales que dejó el acontecimiento. De ahí que las mujeres Uno y Dos, de edad madura, hagan una especie de recuento de sus vidas en un contrapunteo que revela —por lo menos intenté que revelara— los distintos modos en que fue asumida la derrota y las muescas sociales y espirituales que dejó en herencia.

Mas si bien esas tres mujeres ocupan casi la totalidad del texto, no olvides que en el epílogo habla una cuarta, a la que la guerra permitió un contacto marginal con las otras. A diferencia de aquellas, estuvo siempre en el afuera de los límites en los que se construyeron los mitos. Una prostituta que vivió la guerra y sus días en la zona constitucionalista como un paréntesis de esperanza que se cerró brusca e inapelablemente. No interpreta la historia, la sufre en su escaldada carne propia.

¿Periodista o novelista, Margarita? ¿Para qué y para quienes escribes un libro como Nosotras, las de entonces?  

—Periodista, René, periodista. Haber escrito esta novela no me hace cambiar de oficio. En lo que me resta de vida, si acaso se me ocurriera dedicarme ahora a la ficción, no podré escribir jamás como novelista lo mucho, diverso y rico escrito como periodista. Pero tampoco quiero ser otra cosa que lo que he sido hasta ahora.

He dicho que Nosotras, las de entonces me corroía como un gusanillo desde la época en que escribí el ya mencionado Mujeres de Abril, treinta años después de ese acontecimiento. Un libro éste que me costó mucho emocionalmente porque las mujeres que entrevisté para escribirlo ya no eran las de entonces. Con algunas había mantenido una amistad que dura hasta hoy; a otras las reencontré en las largas conversaciones sostenidas. Escarbar en la memoria no es fácil, mucho menos mirarnos en ella como en un espejo. Durante más de veinte años mantuve en algún lugar de mi corazón, reproduciéndose sin cesar, la avalancha de emociones que me causaron aquellas conversaciones. Casi con toda seguridad, porque puede haber otros motivos inconscientes, esta novela es fruto de esa experiencia. Una suerte de saldo de deuda con una generación y conmigo misma.

Pasemos, por un momento, de esta historia a otra historia. Una sobre la cual, supongo, se le dificulta normalmente hablar a quien escribe: su historia; en este caso, la tuya, una mujer ligada a tiempo completo a la escritura y a la reflexión, un trabajo y un espacio mayormente ocupado y dominado por los supuestos dueños de la historia, ¿cómo te insertas en el incipiente movimiento revolucionario de ese entonces? ¿Cuál, específicamente, era el papel de las de entonces en ese movimiento? 

—Estoy obligada a repetirte algo que ya he dicho: me inserto en el movimiento revolucionario de la mano de mi hermano. Es una historia hermosa que viene desde mucho más lejos, del momento de mi nacimiento. Tercero en línea y único varón en una familia que ya tenía dos mujeres, él se negó a la frustración de que naciera otra. A sus seis años, quería un hermano, y nací yo. Así que él decidió bloquear la realidad y me trató siempre como a un igual, o casi. En una época, la de mi infancia y adolescencia, en la que las mujeres eran poco menos que nada, yo viví en buena medida la vida de un varón: aprendí a fumar y a beber temprano, a ir de pesca, a ser parte de la tropa de amigos de él que todos los domingos iba al cine San Carlos (le decíamos teatro) para escuchar a los grupos de rock locales, a hablar de y a interesarme por la política… Provengo, además, de una familia antitrujillista que conoció la represión. Cuando se produce el tiranicidio y entra al escenario el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, una organización de tendencia fidelista, nuestra adscripción se produjo de manera natural. Aunque en organismos distintos, ambos iniciamos nuestra militancia casi al mismo tiempo.

Respecto a los papeles jugados por las mujeres en el movimiento revolucionario organizado y en la propia Guerra de Abril, no diferían en nada de lo doméstico tradicional. Pura subsidiariedad. Hoy, precisamente, las infinitas posibilidades de la tecnología me permitieron escuchar fragmentos de la entrevista, grabada en un casete, que le realicé a Piky Lora, una connotada dirigente revolucionaria, para el libro Mujeres de Abril. Hace unas semanas, encontré la grabación y se la regalé a una de sus hijas, a la que me une un inmenso cariño, quien la hizo reconvertir. La manera en Piky Lora, que había sido guerrillera en 1963 bajo el liderazgo de Manolo Tavárez Justo en el frente de Manaclas, habla de la infantilización de las mujeres es mucho más impactante de lo que he podido decir yo.

¿Sientes que, en su relato, los de entonces han traslapado o difuminado adrede el papel desempeñado por las de entonces en aquellos días? 

Los de entonces no han difuminado el papel que jugamos las mujeres en aquellos días; han hecho peor: lo han mitificado. Nos inventaron un papel que las mujeres no tuvimos como recurso para la construcción de su propia imagen épica. Ares multiplicado en un gineceo de falsas amazonas. Ese es el mito: mujeres entrenándose en la Academia Militar 24 de Abril, desfilando con fusiles prestados y desplegando una enorme banderola con la inscripción “Hombro con hombro con nuestros hombres” como camuflaje de la realidad. Una operación de Photoshop histórico.

Hay diferencia alguna entre hablar de la revolución o hacer la revolución? 

—Sí que la hay: el acto.

En este punto del camino en el que, aunque las litografías y las calles y los nombres de las calles y de los héroes de los relicarios han cambiado, ¿valió la pena aquel “viento de pueblo” con su “mar de azogue” que deslumbró los aires enemigos con sus óbolos de odio? 

—Creo que ningún hecho, individual o colectivo, termina por no servir para nada. Aunque propugno una mirada crítica de ese movimiento, estoy convencida de su utilidad histórica. Más de medio siglo después, las generaciones actuales no guardan de él sino una imagen cada día más desleída, pero eso no anula el valor de su impronta.

¿Piensas que la literatura puede coadyuvar a una reevaluación y comprensión de un acontecimiento que, como dice Diógenes Céspedes en la presentación de tu novela, partió en dos la vida dominicana? 

No me atrevo a afirmar que pueda ayudar a revaluar o comprender el acontecimiento en su calidad de hecho histórico, pero sí que puede ayudar a entender a sus protagonistas y su época. A mí me ha pasado con muchos libros. Pienso en Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, y en Desgracia, de J. M. Coetzee, por citar solo dos ejemplos. Creo que, como afirma Diógenes Céspedes, la Guerra de Abril fue un parteaguas que, hasta ahora, ha sido estudiado en su significado histórico y político, pero dejando a un lado el peso en la vida personal de quienes participaron en ella, sobre todo en la vida de los vencidos.

¿Se puede morir minutos antes de nacer?

—Claro que se puede. Sucede todos los días en el plano físico, pero también en las muchas expresiones inmateriales de la vida.

Entre los setenta y los ochenta, recuerdo haber leído a Jorge Edward hablar sobre el stalinismo ambiental; después, sorteando escaparates y elevados de este lado del mar, más de una vez, me he encontrado con colegas paisanos y ha salido la pregunta que te comparto, ¿por qué, además de no leer en masa, los pocos dominicanos que leemos, no nos leemos a nosotros mismos? ¿Guacanagarix? 

Es un porqué complejo sobre el que no puedo hacer otra cosa que conjeturar. En el país no hay una industria editorial que promueva a los autores que publica, y las pequeñas editoriales, más centradas en los escritores jóvenes, tienen todavía un larguísimo trecho por recorrer. Las más de las veces ni te enteras de los nuevos libros que salen al mercado. Por otra parte, no hay crítica literaria que permita la discusión informada sobre la calidad de las obras y, en consecuencia, el deseo de adquirirlas. Hay reseñas de libros, pero no crítica en el sentido pleno del término. No pertenezco a grupos de escritores, mucho menos a cenáculos, ese no es mi mundo, pero por algunas de las cosas que ocasionalmente leo en las redes sociales, llego a la conclusión de que el no reconocimiento del otro, que lleva a ignorar lo que ese otro publica, a no leerlo, está matizado por egos tan inflados que no se conceden la posibilidad de justipreciar las valías ajenas. 

Y, en lo que pasa o se dispersa, “La misma noche que hace blanquear los mismos árboles”, ¿qué lee Margarita? ¿Qué escribe, otro testimonio, otra novela?

No, no estoy escribiendo nada en esa línea. No quiere esto decir que no volveré a aventurarme, solo que aún no me decido. Leo mucho, eso sí. Y aunque te parezca sorprendente, mi lectura actual es un libro de Renaud Camus, el teórico de la ultraderecha supremacista blanca y neofascista, Le changement de peuple. Le seguirá L’homme reemplaçable, mientras espero conseguir en línea, en formato electrónico y a un precio razonable, su obra más leída, Le grand reemplacement. Sus libros no han sido traducidos al español, no por lo menos por editoriales reconocidas en el mercado. Para leerlo a él aparqué una autora de la que hemos hablado, Annie Ernaux. Volveré a ella y Fleur Jaeggy, un extraordinario descubrimiento, tan pronto termine este doloroso viaje por los delirios conspiranoicos del supremacismo blanco.  

¿Quiénes te gustaría que leyeran Nosotras, las de entonces? 

—Ojalá la leyera todo el mundo.

MARGARITA CORDERO, BÁSICA 

Margarita Cordero es periodista. Ha trabajado en radio, televisión y prensa escrita y digital. En el 2013 recibió el premio Caonabo de Oro en la categoría Periodismo, otorgado por la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores, y en el 2015, el Premio Nacional de Periodismo por el Colegio Dominicano de Periodistas y el Ministerio de Educación. Ha publicado los libros Mujeres de Abril (1985), Prostitución, esclavitud sexual femenina (en colaboración con Cristina Cavalcanti y Carmen Imbert, 1986), Mujer, participación política y procesos electorales 1986-1990 (1991), y Comunicaciones para las mujeres en el desarrollo. Informe de investigación (1994)

RENÉ RODRIGUEZ SORIANO, escritor.

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