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Puertas y ventanas

Canción de las cosas simples | Juegos reunidos de René Rodríguez Soriano | Jorge Luis Borges: 120 años de un «ser literario» de imaginación infinita | Sinfonía de la sal de Denisse Español en San Juan, PR | Najat el Hachmi: “El buenismo es tan racista como el malismo” | La resolana de Susana Szwarc en el CCC de Buenos Aires | Borges, el hacedor de lo imposible, entre el fracaso y la gloria | Eslabones perdidos del jazz | Noam Chomsky: “Las quemas en la Amazonia son un crimen de lesa humanidad” | Ricardo Piglia (re)escribe dos obras | Ariana Harwicz, en la boca del lobo | La literatura del deseo | Crónica de un incendio olvidado | Aira no cesa| Las cartas de guerra de Jacques Vaché: “Hoy, un tanque vino a tomar el té” | ‘Mi último suspiro’, de Buñuel: un baturro en la corte surrealista | El cuento clásico de Ciudad Seva | Jeanne Moreau en cuotas. 

Juegos reunidos de René Rodríguez Soriano

Juegos reunidos (Santo Domingo: Ediciones Bangó, 2019, 416 páginas) reúne en un solo volumen el contenido integral de los seis libros de relatos que René Rodríguez Soriano publicó entre 1986 y 2015, a saber: Todos los juegos el juego (1986), Su nombre, Julia (1991), La radio y otros boleros (1997), El diablo sabe por diablo (1998), Solo de flauta (2013) y El nombre olvidado (2015). El volumen contiene también un prólogo de Manuel García Cartagena especialmente escrito para esta publicación.

René Rodríguez Soriano, quien reside en los Estados Unidos de América desde 1998, es uno de los escritores dominicanos de mayor proyección en la escena cultural iberoamericana contemporánea, tanto por la excelente factura de su obra en prosa y en verso como por su trabajo de edición y promoción de las letras iberoamericanas, tanto desde su sello editorial Mediaisla como desde la revista digital del mismo nombre.

Su fructífera trayectoria literaria le ha hecho merecedor de numerosos galardones y reconocimientos, como por ejemplo el Premio de novela de la Universidad Central del Este (UCE) correspondiente a 2007 por su novela El mal del tiempo; el Premio UCE de poesía correspondiente a 2008 por su libro Rumor de pez; el Premio Nacional de Cuento José Ramón López de 1997 por su libro La radio y otros boleros. Asimismo, ha sido distinguido con el Talent Seekers International Award 2009-2010 por sus actividades en beneficio de la promoción de las letras iberoamericanas desde los Estados Unidos de América.

Esta primera edición de Juegos reunidos, de René Rodríguez Soriano, está por el momento exclusivamente disponible en formato impreso a través de las plataformas de Amazon.com, a las cuales es posible acceder haciendo clic en el enlace correspondiente a su ubicación geográfica: EE.UU., México y el Caribe España Francia 

Jorge Luis Borges: 120 años de un «ser literario» de imaginación infinita

La inabarcable imaginación del escritor Jorge Luis Borges sigue maravillando al mundo 120 años después de su nacimiento en Buenos Aires, cuna de un «ser literario» que dejó una profunda huella en la historia por su ingeniosa prosa y un humor muy particular.

Nacido el 24 de agosto de 1899, Borges exhibió desde temprana edad una devoción al mundo de las letras que más adelante lo convertiría en un autor universal, con una obra de fuerte identidad que inspiró a numerosas generaciones de escritores y, al mismo tiempo, los mantuvo a una distancia prudencial.

«Es como el sol, no hay que alejarse mucho porque nos da un ligero calor, pero si uno se acerca mucho se quema», explica a la agencia Efe Alejandro Vaccaro, autor de«Borges, vida y literatura», biografía de un personaje con una originalidad cuya magnitud hacía que sus colegas temiesen «caer en la copia».

La «concisa» prosa de este «ser literario» y una «belleza» en el uso de las palabras que «no se ve en otros escritores» cautivaron a Vaccaro, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade), cargo que Borges también ostentó entre 1950 y 1953.

Hasta su muerte en Ginebra (Suiza) en 1986, el célebre narrador construyó un legado imperecedero de cuentos, poemas y ensayos, con obras de referencia como «Ficciones» (1944) y «El Aleph» (1949), aunque no es esa faceta de autor de la que más orgulloso se sentía.

Su amor por la lectura lo empujó a ejercer como bibliotecario de 1937 a 1945 –época en la que ya era conocido por sus creaciones– y le sirvió para convertirse en director de la Biblioteca Nacional Argentina de 1955 a 1974. Siga leyendo Jorge Luis Borges

Sinfonía de la sal de Denisse Español en San Juan, PR 

Sinfonía de la sal, el más reciente poemario de la dominicana Denisse Español será presentado el jueves 5 de setiembre en Casa Norberto Libros & Café-Bar de Plaza las Américas, en San Juan, Puerto.

El libro, publicado bajo el sello Mediaisla Editores, ltd, a juicio de la autora, constituye “una sacudida inminente que forjó un camino de ida y de regreso a ella misma donde su cotidianidad resultó transformada en una partitura amplia y diversa”.

Asimismo, José Enrique Delmonte destaca que Sinfonía de la sal es un libro “que provoca reflexiones a partir de un discurso desde el viaje interior de la autora donde ha trabajado la palabra, insistentemente, desde su condición de mujer”.

La presentación de la obra estará a cargo del catedrático y escritor puertorriqueño Marcos Reyes Dávila y tendrá lugar el jueves 5 de setiembre a las 7 de la noche en Casa Norberto Libros & Café-Bar, en el tercer nivel de Plaza de las Américas, 525 Roosevelt Ave, San Juan, Puerto Rico.

Denisse Español, nacida en República Dominicana, es arquitecta y escritora. Cursó las maestrías Arquitectura Crítica y Proyectos (Universidad Politécnica de Cataluña) y Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana (Universidad de Barcelona). Autora de los poemarios Mañana es ningún día (2013), Una casa en la palma de tu mano (2016), y Sinfonía de la sal (2019). También tiene publicados los cuadernillos No conozco el cartero (2016) y Cartemas (2018). Muestra de su poesía, relatos y ensayos literarios se ha publicado en varios medios impresos y digitales. Es fundadora del grupo literario-multidisciplinario Café de Artistas de Punta Cana y organizadora del recital poético anual de la misma localidad. Miembro del comité organizador de la Semana de la poesía de Santo Domingo. Su obra ha sido galardonada tanto en su país como en el extranjero. Ha participado como invitada en diversos festivales internacionales de poesía. Presentación de Sinfonía de la sal

Najat el Hachmi: “El buenismo es tan racista como el malismo”

La escritora abre un paréntesis en la ficción para escribir ‘Siempre han hablado por nosotras’, un valiente manifiesto feminista.

La escritora Najat el Hachmi (Beni Sidel, Marruecos, 1979) ha abierto un paréntesis en su obra literaria para escribir un libro sobre feminismo, Siempre han hablado por nosotras (Destino/ Edi­cions 62), “un manifiesto valiente y necesario”, que habla de la doble discriminación que sufren las mujeres musulmanas: “Es un tema que yo ya digerí hace años, pero hoy el panorama ha cambiado. Aquí se están imponiendo una serie de discursos muy reaccionarios vestidos de tonos progresistas, abiertos e inclusivos”.

Su objetivo es claro: “Espero que el libro despierte un debate serio y tranquilo, y sobre todo me gustaría que llegara a las chicas jóvenes, porque están muy solas. No sé si las ayudará pero lo que sí quiero es que puedan tener al alcance mi experiencia”.

Sus novelas no han causado tanto revuelo público como sus artículos de opinión, sobre todo desde hace un par de años. El Hachmi sitúa el punto de inflexión en los atentados del 17 de agosto del 2017: “Quedé pasmada de que la reacción pública fuera alertar contra la islamofobia antes que hablar de las víctimas”.

“Ello ha creado un clima que no me permite opinar ni siquiera desde mi propia experiencia –continúa– sin que me acusen de islamófoba. Yo, que he sufrido el racismo en mi propia piel, que ahora me tilden de racista es bastante sorprendente”. Siga leyendo Najat el Hachmi

La resolana de Susana Szwarc en el CCC de Buenos Aires 

Buenos Aires. – La resolana los cuentos reunidos de Susana Szwarc (desde 1982 hasta el 2017) publicado La editorial Contexto, en su colección Los imprescindibles, se presentará el martes 10 de setiembre en el Centro Cultural de la Cooperación de esta ciudad.

La presentación, que tendrá lugar a las 19 horas en la Sala Pugliese del CCC, contará con la presencia de los escritores Ana María Shua, Francisco Tete Romero y Juano Villafañe. Se escuchará en la guitarra al compositor Fernando Maglia. Cuentos en la voz de la actriz Susana Varela.

Sobre La resolana ha dicho Jorge Ariel Madrazo: “Detrás, o por debajo, de la escritura de Susana Szwarc bulle un secreto. Que seduce y se resiste a ser dicho. Como ese Real indecible que ella invoca en el cuento de ese nombre… Confieso mi admiración por la enigmática circularidad y la austera riqueza de lenguaje (valga la paradoja) así como la floración imaginativa de la autora”.

En la presentación de este libro en la feria del libro en Resistencia, Chaco, hace un mes, ha dicho la escritora y antropóloga Elizabeth Bergallo: “La escritura de Susana Szwarc es una escritura en carne viva, conmovedora. Por momentos es una crónica entre el afuera y el adentro, donde conviven tiempos y dimensiones diferentes, donde las cosas tienen alma y vida propia y dicen lo indecible. No hay nada explícito. Parte de un misterio y va hacia otro, entre silencios, nubes, lloviznas, inundaciones, diques. Vagones que se suceden, desbordan tiempos y lugares y contienen, a veces. Haciendo honor a la verdad debo decir sin temor a equivocarme que es el libro de cuentos, de relatos, más maravilloso que leí en mi vida”.

Susana Szwarc nació en Quitilipi, Chaco. Ha publicado libros de poesía y narrativa. Son algunos en poesía: Bailen las estepas (1999), Bárbara dice (2004); El ojo de Celan (2015), Trenzas (1991), La muertita o la novela que (2016); ha sido la antóloga, entre otras antologías, de Puentes poéticos, (2018). Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos Premio Regional por Trenzas; Premio Único de Poesía por la Secretaría de Cultura de Buenos Aires y la Beca del Fondo Nacional de las Artes. Presentación de La resolana

Borges, el hacedor de lo imposible, entre el fracaso y la gloria

Un día de diciembre de 1919, Jorge Luis Borges , quien tenía por aquel entonces diecinueve años y estaba pasando una breve temporada en Sevilla, escribió una carta (en francés) a su amigo Maurice Abramowicz, que estaba en Ginebra. En la carta, y casi de pasada, Borges le confiesa a Abramowicz sentimientos contradictorios sobre su vocación literaria. “A veces pienso que es idiota tener esta ambición de ser un hacedor más o menos mediocre de frases. Pero ése es mi destino”.

Como Borges sabía ya entonces, la historia de la literatura es la historia de esta paradoja. Por un lado, la intuición profundamente arraigada que tienen los escritores de que el mundo existe, para usar la frase tan conocida de Mallarmé, para concluir en un hermoso libro o, como hubiera dicho Borges, incluso en un libro mediocre. Y, por el otro, saber que la musa que gobierna esa empresa es, como la llamaba el mismo Mallarmé, la Musa de la Impotencia — o, en una traducción más libre, la Musa de la Imposibilidad. Más tarde Mallarmé agregó que todos los escritores que alguna vez hubiesen escrito algo, incluso aquellos a los que llamamos genios, han intentado producir este texto definitivo, el Libro con L mayúscula. Y todos han fracasado.

Esta doble intuición parece surgir de la propia literatura. En algún momento, durante nuestras primeras lecturas, descubrimos que, de las manchas de tinta de la página, emerge un mundo enteramente formado y mágicamente real. Esta primera experiencia es absolutamente transformadora, después de la cual nuestra relación con el mundo tangible y cotidiano ya no puede ser la misma. Una vez que hemos sido testigos de la capacidad creadora del lenguaje, que permite que las palabras no sólo comuniquen o nombren, sino que den vida a eso que nombran y comunican -es decir, una vez que nos hemos convertido en lectores- ya no podemos tener una percepción inocente del mundo. Una vez nombrada, una cosa deja de ser esa cosa, en el sentido platónico que más tarde Borges se deleitaría en profundizar: la cosa es asumida por la palabra que la nombra, contaminada o enriquecida por todo el linaje y todas esas connotaciones y prejuicios que esa palabra conlleva.

En 1958, Borges escribió:
“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de “rosa” está la rosa
y todo el Nilo en la palabra “Nilo”.

Si cuando las palabras nombran el mundo se convierten en el mundo, es decir, se convierten en lo que sabemos y podemos saber del mundo, entonces sin duda lo opuesto también es cierto: la convicción, que persigue a todo escritor, de que podemos construir (o reconstruir) el mundo a través de las palabras, que podemos enunciar en sílabas coherentes todo lo que existe y está al alcance de nuestros sentidos. Creemos que podemos, en efecto, producir el Libro de Mallarmé. Siga leyendo Borges, el hacedor

Eslabones perdidos del jazz 

Ve la luz ‘Rubberband’, álbum grabado por Miles Davis en 1985 y rechazado por Warner. Otro regalo inesperado: el rescate de una banda sonora de Coltrane.

Puede que todo comenzara con Betty Mabry. Modelo y cantante, se movía por los círculos neoyorquinos del rock y del soul. Fue casualidad que coincidiera con Miles Davis y que entre ambos surgiera una relación abrasadora. En 1968, se convirtió en la segunda esposa legal del trompetista y cambió tanto su música como su look. Por entonces, Davis mantenía su rutina profesional, ante públicos decrecientes.

Reconvertida en Betty Davis, ella le hizo ver que estaba descolocado. El jazz parecía aspirar al suicidio comercial, tras la eclosión del free; Betty le llevó al territorio donde estaba la acción. Primero, renovó su vestuario. Segundo, le sumergió en discos de Hendrix, Otis, Sly, Cream. Poco a poco, Miles se fue electrificando. Hay indicios en Miles in The Sky (1968), pero se hace evidente al año siguiente, con In a Silent Way.

Davis controlaba su evolución con pulso firme; no ocurría lo mismo con su matrimonio, envenenado de celos y violencia. Los temas dedicados a Betty reflejan ese deterioro, del exquisito Mademoiselle Mabry al despectivo Back Seat Betty. Se divorciaron en 1969, sin romper el contacto. Con su apellido de casada, Betty se reinventó como lúbrica vocalista de funk-rock, sin lograr gran impacto. Miles se estableció en la emergente escena del jazz-rock, creando escuela con discos dobles como Bitches Brew y On the Corner. Sin embargo, tampoco logró entrar en el mainstream de la música negra. No formaba parte de la dieta sonora del gueto: su ámbito eran los palacios del rock, el circuito europeo del jazz, Japón. Siga leyendo Eslabones perdidos

Noam Chomsky: “Las quemas en la Amazonia son un crimen de lesa humanidad”

Los incendios forestales en la Amazonia han causado indignación y preocupación en todo el mundo. Chomsky, el intelectual vivo más relevante según el New York Times, explica a El Mostrador que la deforestación de esta selva tropical, a causa de las “quemas ilegales”, debe ser considerada como crimen de lesa humanidad. Del mismo modo, el pensador y activista político estadounidense asevera que la emergencia climática constituye la problemática más importante que ha surgido en la historia humana, ya que esta crisis ambiental, a menos que se aborde seriamente y pronto, “condenará la vida humana organizada”.

Los cerezos han florecido en agosto en Santiago de Chile, un mes antes del comienzo de la primavera, que solía llegar en septiembre en el hemisferio sur. Un bello efecto que es rápidamente ensombrecido al constatar que el otoño se reduce inexorablemente. Pero no es lo único que cambia, ni menos lo más grave.

La Amazonia lleva semanas ardiendo y la amenaza se cierne sobre una cuarta parte de las especies de la Tierra: 30 mil tipos de plantas, 2.500 especies de peces, 1.500 de aves, 500 de mamíferos, 550 de reptiles y 2,5 millones de insectos. Ello sin contar que esta selva proporciona el 20 por ciento del agua dulce no congelada del planeta y también, como se ha dicho, produce un 20 por ciento del total de oxígeno disponible en la Tierra.

Aunque es cierto que el oxígeno que produce la Amazonia es consumido en la misma Amazonia, las palabras del ministro de Medio Ambiente de Brasil, cuando declara que dicha región “no es el pulmón del mundo”, debido a que tiene su ciclo cerrado y que, por lo tanto, “es un patrimonio brasileño” y que “esta historia de que pertenece a la humanidad es una bobería”, encierran la enorme dimensión de la crisis que afrontamos al desconocer su papel vital en el flujo de las precipitaciones en toda América Latina, en la regulación del clima global y en la aportación de nutrientes a los microorganismos que producen en el mar el oxígeno que respiramos, y que, todo ello, repercute directamente en la supervivencia de la humanidad.

La emergencia climática, entonces, es un problema de Derechos Humanos. Así al menos comienza a ser comprendido en forma creciente. Noam Chomsky, actual académico en la Universidad de Arizona, descrito por The New York Times como el intelectual vivo más relevante, contestó un cuestionario para El Mostrador, en el que sin recelos repara en que, de no abordar seriamente y pronto la emergencia climática, esta condenará la vida humana organizada.  Siga leyendo Noam Chomsky

Ricardo Piglia (re)escribe dos obras 

En su último libro póstumo, el escritor argentino ofrece una lectura excepcional sobre Onetti que sirve también para revisitar sus propios textos.

Ninguna persona viva sabe lo suficiente para escribir”, afirmó Ezra Pound. Lo hizo por escrito y (al parecer) antes de su muerte, al margen de lo cual, su dictum regresa a la memoria en toda su ambigüedad cuando se leen las obras póstumas de un escritor, en especial aquellas que ha preparado él mismo y con el propósito de que sean publicadas tras su muerte.

A más de dos años de la de Ricardo Piglia (en 2017), su obra continúa creciendo a ritmo regular. La publicación de Un día en la vida, el tercer y último volumen de lo que el escritor argentino llamó Los diarios de Emilio Renzi, no significó (contra lo que podía pensarse por entonces) el cierre de su obra, que ha continuado con la edición de Escritores norte­americanos (Tenemos las Máquinas, 2017) y Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018). Piglia tuvo a lo largo de su vida una relación singular y no especialmente asidua con la publicación. Como es sabido, entre La invasión, su primer libro, de 1967, y su celebrada novela Respiración artificial, de 1980, pasaron 13 años; 12 entre esta y su siguiente novela, La ciudad ausente, de 1992; y otros 13 entre Plata quemada, en 1997, y Blanco nocturno, en 2010. Quizás (no nos consta) estuviera de acuerdo con el dictamen de Pound. La esclerosis lateral amiotrófica que le diagnosticaron en 2013 supuso, sin embargo, una aceleración extraordinaria de ese ritmo de publicación: los tres volúmenes de los diarios (y 327 cuadernos, el filme de Andrés Di Tella que es prácticamente su companion), las “conversaciones de Princeton” de La forma inicial (Eterna Cadencia y Sexto Piso, 2015), el diálogo con Juan José Saer de Por un relato futuro (Anagrama, 2015) y las clases de Las tres vanguardias (Eterna Cadencia, 2016) fueron preparadas por Piglia con la ayuda de un puñado de colaboradores y la certeza de que se trataba de sus últimas obras.

El tratado traza un recorrido por un puñado de novelas cortas para responder a la pregunta de qué es realmente ese género.

No leemos los libros póstumos de la misma manera que aquellos cuyo autor está vivo, naturalmente. Sobre las “figuras de cierre” en literatura, Piglia afirma que son a menudo “un objeto que viene de afuera y encarna el epílogo del relato, algo que se agrega y permite cerrar una historia que en realidad sigue abierta”. Su Teoría de la prosa, que reúne las clases sobre la obra de Juan Carlos Onetti y la nouvelle, que dio en la Universidad de Buenos Aires en 1995, y cuya publicación preparó en los últimos meses de su vida junto a Luisa Fernández, puede leerse como una de esas figuras. Por una parte, clausura su reflexión sobre la obra de Onetti, que en un momento del curso describe como “uno de los proyectos más complejos y más elaborados de la literatura no sólo latinoamericana, sino de cualquier lengua”; por otra, arroja nueva luz sobre su obra narrativa, algunos de cuyos textos (‘Homenaje a Roberto Arlt’, Blanco nocturno, El camino de Ida, los cuentos de la serie de Croce) deberían ser releídos a la luz del interés de Piglia por el autor de Los adioses. Siga leyendo Ricardo Piglia

Ariana Harwicz, en la boca del lobo

Una casa en medio de un viñedo, a 180 kilómetros de París, justo al lado de un río. Ahí es donde planea mudarse en breve Ariana Harwicz, la joven escritora argentina que vive en Francia y que, en ambientes bucólicos similares a ese, ha escrito las novelas más disruptivas de la última década. Matate, amor, la primera de sus criaturas (publicada en 2012 por Paradiso, reeditada por Mar Dulce y finalista del prestigioso premio Man Booker International 2018), fue concebida en un escritorio cuya ventana daba a un bosque. Ahí, entre el canto de los pájaros y las arboledas tupidas, Ariana pensó en el amor, el matrimonio, los hijos, la locura y la muerte como un combo capaz de estallar en el soliloquio frenético de la protagonista de su novela. No sabía, en ese entonces, que aquel sería el preámbulo al resto de su obra: La débil mental y Precoz (ambas publicadas por Mar Dulce), son libros que también tensan el lenguaje y se regocijan en el monólogo poético a la hora de orbitar sobre la maternidad monstruosa, incestuosa; sobre los márgenes y los desclasados, sobre todo aquello que le escapa al orden normal, al moral, a lo que la sociedad y los buenos burgueses “deberían” ser. Y el campo, siempre ese entorno rural fuera de un tiempo y una geografía determinadas como telón de fondo para historias familiares que se alejan del concepto clásico de felicidad. “En las ciudades solo vivo, no me producen escritura. Si en cambio me voy a las sociedades rurales, a cualquier pueblito, la máquina empieza a proyectar. Se arma material dramatúrgico, porque mi visión del campo es la de un teatro, un escenario”, asegura Harwicz, que nació en 1977 en Villa Crespo, estudió Filosofía, Dirección de Cine y Dramaturgia, y un buen día, sin mucho preámbulo, quemó naves para irse “a buscar otra vida”. Corría 2007 cuando vendió sus cosas, renunció a las escuelas de cine donde enseñaba guion, se despidió de sus parientes y amigos y enfiló a París con la abstracta sensación de haber cumplido un ciclo en la Argentina. En Francia cursó una Licenciatura en Artes y un máster de Literatura Comparada en La Sorbona y allí, sumergida en la naturaleza roussoniana, creó los libros que, tiempo después, pondrían a circular su nombre en el mundillo cultural de ambos continentes. “Parece muy vertiginoso, pero si lo pienso en relación con lo que escribo, creo que en ese momento lo que yo buscaba era vivir en otra lengua”, dice ahora en Croque Madame, durante su visita a Buenos Aires para presentar su libro y dar una charla en el Malba. Con un hijo de 9 años y otro de 15 meses, hoy la vida la encuentra en el lugar soñado para cualquiera que quiera apostar a la escritura: traducida a casi una docena de idiomas, Harwicz solo se dedica a crear, traducir y dar charlas sobre literatura. Mientras tanto, asegura no hacerse cargo de los adjetivos que preceden su nombre: provocadora, radical, salvaje. “No me interesa provocar, solo quiero meterme en la boca del lobo con respecto a ciertas cuestiones. Más allá de eso, no pienso en nada cuando escribo. Trato de no dejarme intimidar por nada, ni la época ni la moral ni la ideología ni el editor ni los lectores ni mis padres, ni siquiera mis propios miedos o limitaciones: trato de que todo eso no perfore la escritura”, plantea. Y así fue como decidió, en su nueva novela, subir la apuesta un poco más: en Degenerado, libro publicado por Anagrama, le da voz a un pedófilo acusado por la violación y el asesinato de una niña que, atrincherado ante una pueblada y en pleno juicio, defiende sus acciones a través de un monólogo descarriado y legitima un deseo intolerable para el resto del mundo; un deseo fuera de toda legalidad. Siga leyendo Ariana Harwicz

La literatura del deseo 

La transformación de las relaciones humanas exige nuevas narrativas. El escritor Ian McEwan firma un ensayo sobre la expresión de la pasión a lo largo de la historia.

Los procesos lentos y ciegos de la evolución han descubierto mediante prueba y error que el mejor medio para empujar a los seres humanos y otros mamíferos a proporcionar cuidados parentales, comer, beber y procrear es ofrecerles un incentivo en forma de placer unido a cada actividad. Hay en ello una maravilla cotidiana que no apreciamos en lo que vale. Satisfacer el hambre comiendo no solo elimina una sensación desagradable. Lo que comemos está “exquisito”, “delicioso” o “sabroso”. Si tenemos mucha hambre, incluso una comida sencilla nos procura cierta satisfacción. Hace tiempo, la neurociencia localizó y describió el lugar desde el cual fluyen estos dones, así como su complejo funcionamiento, en la base del cerebro. La fuente de deleite se conoce como sistema de recompensa. Su función es motivar, y también gratificar. La motivación para tener relaciones sexuales se llama deseo. Cuando el deseo cumple su propósito en el sexo, esa sensación desbordante e indescriptible es nuestra recompensa.

Tras la invención de la agricultura, el aumento de tamaño de los asentamientos y la especialización, las sociedades humanas se volvieron más diversas y complejas, y de este eficaz mecanismo biológico se derivaron extraordinarios avances culturales. Qué vinos, qué salsas y cuántos miles de preparaciones a base de leche, cereales y carne animal; qué poesía amorosa, qué canciones, pinturas y música seductora no habrán concebido nuestras múltiples civilizaciones a fin de obtener, o proporcionar a otros, las recompensas de ese asombroso palacio del placer que tenemos en el cerebro. Y qué espléndida complejidad en la expresión.

Los escritores se han esforzado por describir la sensación del orgasmo, fracasando la mayoría de las veces

En detrimento propio hemos descubierto por casualidad atajos que, estimulando los neurotransmisores adecuados del sistema, eluden cualquier actividad con sentido y nos ofrecen el puro placer de las recompensas no ganadas. Muchas personas han descubierto lo placenteras, adictivas y ruinosas que pueden ser la cocaína, la heroína y los opiáceos sintéticos. Siga leyendo La literatura del deseo

Crónica de un incendio olvidado 

La misma semana de la tragedia nuclear de Chernobyl, en 1986, el fuego arrasó con más de un millón de ejemplares en la Biblioteca Central de Los Ángeles. Una escritora ahora cuenta ese desastre. 

El 29 de abril de 1986, hubo un incendio en la Biblioteca Central, en el corazón de Los Angeles. Nadie murió, aunque 50 bomberos sufrieron lesiones y más de un millón de libros fueron dañados. El incendio no llamó tanto la atención en su momento, tal vez porque esa misma semana en Chernobyl, se derritió un reactor nuclear, generando a su vez un colapso en el mercado de acciones. El diario The New York Times no se tomó la molestia de mencionar el caso sino hasta después de que se hubiera apagado el fuego, y solo como una nota menor, en la página 14. Incluso después de que se barajara la posibilidad de un incendio intencional, y de que se identificara un sospechoso, el incendio no ocupo un lugar importante en la imaginación pública. Se había tratado tan solo de uno de los tantos acontecimientos penosos del momento. Fue brevemente advertido y luego prácticamente olvidado. Lo que es más notable aun, nada ha ocurrido en los siguientes 32 años para destacar el interés evidente de este tema. Y sin embargo, Susan Orlean –que, en 1986, como casi todo el mundo, no se había percatado del incendio dentro de la Biblioteca Central de Los Angeles– ha escrito un libro entero sobre el tema.

Ha hecho antes cosas parecidas –famosamente con El ladrón de orquídeas–. Spike Jonze se aprovechó de esto para hacer una película (Adaptation), que era fundamentalmente una sátira sobre Hollywood, pero también el planteo de que no había forma de convertir un libro de Susan Orlean en una película, a menos que uno tirara el libro y lo remplazara por una trama excitante más convencional. A lo que agrego: si uno piensa que El ladrón de orquídeas era difícil de adaptar al cine, que lo intente con La biblioteca en llamas (Editorial Planeta). El evento más cinematográfico que haya ocurrido dentro de la Biblioteca Central de Los Angeles parece ser este incendio, pero ni siquiera fue tan cinematográfico, comparado con otros incendios. Después, el drama más atractivo fue el repetido esfuerzo por secar los libros. La verdad es que nadie debería tomar este material para hacer una película. Pero –y aquí está el misterio y el encanto de Susan Orlean– ha resultado ser un libro encantador. O más bien, dos libros. El primero es sobre el incendio –que, según Orlean, es probable que se haya producido de manera accidental–. Los provocadores de incendios, explica, son a la vez extremadamente difíciles de atrapar y la gran mayoría de las veces son condenados de manera errónea. Más o menos uno de cada cien casos de incendio intencional es procesado con éxito; al mismo tiempo, una cantidad sorprendente de personas ha terminado en la cárcel por un crimen que nunca cometió. En todo caso, en 1986 el incendio de la Biblioteca Central, y la investigación trunca del mismo, terminó siendo un macguffin, un truco para llevar al lector a un tema sobre el cuál nunca se habría interesado: la historia y la vida actual de la Biblioteca Central de Los Ángeles. La mayor parte del libro consiste en leer a su autora caminando por el edificio de la biblioteca, observando y escuchando a la gente que se encuentra allí. “Mi héroe es Albert Schweitzer”, le dice uno de los bibliotecarios, después de que ella le pregunta si le gusta el trabajo. “Él dijo, ‘la verdadera vida es cara a cara’. Pienso mucho en eso aquí”. Siga leyendo Crónica de un incendio

Aira no cesa 

A la publicación de Diez novelas, se le suman sus recientes ficciones El presidente y Pinceladas musicales, esta última con el lanzamiento de la tercera biblioteca de su obra que circula entre los lectores.

A la publicación de Diez novelas, se le suman sus recientes ficciones El presidente y Pinceladas musicales, esta última con el lanzamiento de la tercera biblioteca de su obra que circula entre los lectores. A través de los años, atentos o distraídos, hemos visto desfilar un centenar de libritos de Aira. De esa caravana incesante, ajena a los puntos de inflexión o a los tours de force, el mexicano Juan Pablo Villalobos extrajo hace poco un conjunto desigual.

Fruto de un converso, según se lee en su escueto prólogo, Diez novelas de César Aira abarca una época crucial en la producción del escritor: desde la década del noventa hasta la primera del siglo XXI. Editoriales pequeñas como Mansalva, Beatriz Viterbo, Bajo la luna o Belleza y Felicidad supieron publicar esas ficciones como quien captura y exhibe cristales de nieve o delicadas pompas de jabón. Hijas de épocas diversas, estas sedicentes “novelas” ahora aparecen juntas, muy a la mano, aunque desprovistas del aura que les aseguraba la edición aislada.

Vale comenzar con un caso de antología, La costurera y el viento (1994), libro tocado por la gracia, donde el procedimiento –la arbitraria receta para ponerse a escribir– confina con la poesía. ¿Qué podrían tener en común Delia Siffoni, una costurera de pueblo, y el viento de la Patagonia? Aira responde a ese acertijo digno de Raymond Roussel mediante uno de sus relatos más logrados, donde cada una de sus páginas está tocada por un extraño lirismo. La historia que imagina el escritor, sentado en un café parisino, presenta una secuencia de desaparición, persecución y fuga, con final catastrófico, interrumpida por pasajes metanarrativos que no entorpecen la acción ni menguan la magia de lo narrado. Siga leyendo Aira no cesa 

Las cartas de guerra de Jacques Vaché: “Hoy, un tanque vino a tomar el té”

‘Cartas de guerra’ (Ediciones de la Mirándola) recoge los 14 textos que envió durante la I Guerra Mundial a André Breton. En ellas ‘inventó’ palabras, se rio de la literatura y despreció a Rimbaud. ¿Mucho? ¿Poco? Dicen que suficiente

Jacques Vaché pasó por la literatura con las manos en los bolsillos. En realidad ni siquiera fue un escritor sino más bien un tipo ingenioso, alguien a quien le inscribieron en la nómina de la escritura sin pedirle permiso. Lo que otros buscaban con ahínco él lo tenía sin buscarlo.

A Jacques Vaché (1895-1919) no le dio tiempo a casi nada, casi ni a que le creciera ese bigotillo que, entrevisto ahora, parece que alguien hubiera dibujado. Pero Jacques Vaché tuvo la suerte de que lo hirieran en la Gran Guerra, aquella hecatombe que despertó al mundo del letargo del XIX, y que en el hospital de Nantes conociera, a comienzos de 1916, a un enfermero que se llamaba André, se apellidaba Breton y, de segundo, Surrealismo (o algo parecido). Y a Breton, que andaba a vueltas con el psicoanálisis, le vino como anillo al dedo la gavilla de cartas que el enfermo le fue enviando desde el frente meses después. Encontró sin buscarlo un diamante puro. Si no, cómo puede entenderse este fragmento de la segunda epístola: “Pero a pesar de todo, a pesar de todo, ¡qué vida! No tengo (naturalmente) a nadie con quien hablar, ni libros para leer ni tiempo para pintar-En suma tremendamente aislado – I say, Mr. the Interpreter- Will you… Disculpe, ¿qué camino lleva a? Have a cigar, sir?– Tren de aprovisionamiento, habitantes, alcalde y ficha de alojamiento-Un obús que afirma y lluvia, la lluvia, la lluvia- lluvia-lluvia-lluvia-200 camiones en fila, en fila -en fila”.

Los Harold Bloom de la literatura consideran que las 14 cartas de guerra de Jacques Viché fueron suficientes para que se proclamara que el surrealismo había nacido. Vaché, si hubiera tenido ambición o menos pereza hubiera podido decir le surrealisme c’est moi. Pero lo que le faltaba, le sobraba a su amigo Breton, que ya tenía reservado un billete para la Historia. Breton era un sol a falta de satélites. “Breton necesitaba a Vaché (a cierto Vaché, a su Vaché); lo rodeó, lo aisló, lo destiló (…) Lo que Vaché no tenía, el propio Breton lo inventó”. Esto es lo que sostienen Miguel Ángel Frontán y Carlos Cámara en el prólogo a Cartas de guerra (Ediciones de la Mirándola) y también sus traductores. Siga leyendo Jacques Vaché

‘Mi último suspiro’, de Buñuel: un baturro en la corte surrealista

Las memorias del cineasta ofrecen una lectura cálida y risueña como una tarde de ginebra y Martini en compañía de amigos.

Tenía que ser Luis Buñuel (1900-1983) un buen tipo, de esos con los que te tomarías un dry-martini a esperar anécdotas con todo el día por delante. Pero no un dry-martini cualquiera, sino un cóctel que él inventó, el Buñueloni, “un simple plagio del célebre Negroni, pero en lugar de mezclar Campari con la ginebra y el Cinzano dulce, pongo Carpano”, cuenta en Mi último suspiro (Plaza & Janés, 1982). El hielo tenía que estar muy duro, a menos 20 grados, para que no soltara agua y con el mismo celo, el cineasta ponía en la nevera copas, ginebra y coctelera la víspera de la llegada de los invitados. Comenzaba el ritual echando sobre el hielo “unas gotas de Noille-Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente…”.

Y ya puestos, contaría que cuando vivió cinco meses en Estados Unidos, en 1930, durante la época de la Ley Seca, nunca bebió tanto; entonces se recetaba whisky en las farmacias, se echaba el vino en las tazas de café, conocía locales de los de mirilla y contraseña y un traficante al que le faltaban tres dedos de una mano le enseñó a distinguir la ginebra verdadera de la falsificada (“bastaba agitar la botella de un modo especial: la ginebra verdadera hacía burbujas”).

Y ya puestos seguiría diciendo que la ginebra es “un buen estimulante para la imaginación”, que para él es imposible beber sin fumar, que empezó a los 16 con los cigarrillos, que como antídoto a la angustia en los viajes aéreos siguió el consejo de una revista francesa, tomar ginebra, y lo perfeccionó echando el líquido a una bota que cubría con papel de periódico. Y que tomaba dos aperitivos diarios, al mediodía y a las seis de la tarde (cenaba a las siete) y que muy pronto se acostaba.

Buñuel, si le caías bien, podía hablarte de las andanzas con Lorca por la Residencia de Estudiantes. “Siempre andábamos juntos. Leía divinamente. Era brillante, simpático. Me hizo descubrir la poesía”. Y contaría la noche de 1924 en que fueron a la verbena de San Antonio y se hicieron una foto en una moto de cartón y a las tres de la mañana, borrachos los dos, Federico le escribió un poema que guardó toda la vida. Siga leyendo Luis Buñuel

El cuento clásico de la semana

Incluimos el cuento clásico de la semana, seleccionado por Luis López Nieves. La cosecha, de la norteamericana Flannery O’Connor (1925-1964), que trata sobre uno de los aspectos más positivos de la imaginación, la cual puede rescatarnos hasta de la vida más tediosa. Pulse sobre el título para leer el cuento en Ciudad Seva.

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