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Reverberaciones, La resolana de Susana Szwarc

LIDIA ROCHA [mediaisla] No hay respuestas fáciles cuando se trata de precisar lo que realmente pasa en los cuentos de Susana Szwarc. Como dice Ana María Shua: “En toda su obra, el universo de Susana Szwarc tiene el poder arrasador de un oleaje”.

Editorial ConTexto ha publicado con el nombre de La resolana en su colección Los imprescindibles, cuentos reunidos desde 1982 a 2018 de Susana Szwarc. Con prólogo de Ana María Shua el libro está dividido en seis partes. Incluye selecciones de sus libros El artista del sueño y otros cuentos, El azar cruje, Una felicidad liviana; además de un cuento publicado en la revisa Tokonoma, dos relatos inéditos y nueve microrrelatos. Una obra basta para deser tener un mayor acercamiento a Susana Szwarc como cuentista. La escritora ha publicado también nouvelles, como Trenzas y La muertita o la novela que; libros de poesía: En lo separado, Bailen las estepas, Bárbara dice, Aves de paso, El ojo de Celan; literatura infantil, obras de teatro y una antología de cuentos y poemas que lleva por título La mesa roja (varios de sus libros han sido traducidos al francés, al italiano, al alemán, al inglés).

En algunos de los cuentos de La resolana se respira el aire polvoriento de las ciudades pequeñas, despobladas y solitarias. Ese aire antiguo, de hora de la siesta, de siempre domingo, por donde pasa al atardecer un camión regador. Donde las madres aconsejan a sus hijas no sólo cuidarse de la luz solar sino de su reflejo. Y no obstante en estos cuentos resuenan las voces de los grandes escritores del mundo: Franz Kafka, Juan Rulfo, Alejandra Pizarnik, Samuel Beckett, Carson McCullers, Lewis Carroll y así en una red que nos resultaría afanoso enumerar. Nada de provincianismo, entonces. El color local, la datación, pueden ser engañosos. El único territorio es el de la literatura. El único espacio-tiempo es el textual. Y los climas se ahogan bajo lluvias incesantes o se resecan por el viento y lo real es creado por los juegos del lenguaje, del sueño y de la imaginación.

La mezcla de géneros, de tonadas, contribuye al enrarecimiento. Los deslizamientos de país en país (en el mismo tren, en el mismo subte), de registro en registro. El lector no sabe si reír, si llorar o si asustarse, si está en presencia de un drama, de una parodia o de la parodia de un drama. Y teme haber enrojecido a merced de las reverberaciones del sol. Tan rápido se pasa de lo banal a lo profundo, de la crueldad a la inocencia, de la ironía a lo literal, de lo escabroso a lo tierno, de la política a lo íntimo. 

…mi madre encuentra en el bolsillo algo de pan, lo ablanda en la boca, lo humedece con la lengua y otra vez lo saca. Me alcanza ese pan que rueda lento en mi propia boca ante sus ojos brillantes (“El aire justo”).

No hay respuestas fáciles cuando se trata de precisar lo que realmente pasa en los cuentos de Susana Szwarc: ¿Es una prosa poética, resbaladiza, lírica? ¿Son parábolas el artista del hambre y la paloma atravesada por el cuchillo de un hombre? ¿Es un realismo mágico donde puede acontecer lo hiperreal porque América Latina es hiperreal? ¿Es, al decir de Walter Romero, un realismo extrañado?

  Ya se acercaba el hombre con el cuchillo

La niña hamacándose con todas sus fuerzas.

Ya el hombre había alcanzado a la paloma

La niña hamacándose con todas sus fuerzas creía haber alcanzado el cielo.

Cogote cortado, sangre en el suelo, último aleteo de un cuerpo troceado. Aleteo como aplausos fervorosos. Aplausos a la muerte.

La niña detuvo su hamaca. En su vestido había gotas de sangre. (“Palomas espantadas”).

Alguien nombra el cuerpo, sus partes, lo que sale de él, como la saliva o la sangre, como el jugo chorreante de las frutas, como chuparse los huesos unos a otros. Lo físico como el grado máximo de una sensorialidad siempre despierta a las naranjas, al barro, a los pájaros y las flores, a las colillas de los cigarrillos.

Otro, en una situación trivial, dispara preguntas metafísicas acerca, por ejemplo, del sentido de la vida. Y los plomeros son tan fáciles de encontrar en una casa como los mismísimos Borges o Vladimir Holan (así la vida se continúa en el libro o, mejor, el libro la abarca y la sostiene). Como si a los personajes, en su desparpajo al modo de Javier Villafañe, les importara un comino ajustarse a algún verosímil, como si fueran muy conscientes de su ser personajes o como si imitasen a personas que viven su vida en esos deslizamientos, lo cual no es tampoco inverosímil. Y estos cuentos están aquí para que lo podamos notar o recordar.

Muchas veces podemos reconocer una ciudad, un espacio, una época. Pero ya sabemos que un tren puede llevar a cualquier parte o a cualquier tiempo. La realidad se pliega como la hoja de papel y basta que una palabra salpique para que todo el universo narrativo se transfiera y el lector azorado vaya tras él, tratando de no perder el hilo o de encontrarlo.

Y detrás de ese caos filoso siempre parece escucharse una risa. Como si esa voz atrevida y desbordante también fuese una mano amiga en la que podemos volver a confiar y que realmente no asesinarán al borracho, que esta vez la protagonista no estará en Auschwitz, no matará al pájaro ni llevará una hoja de afeitar en la palma. Y tal vez eso sea una trampa y un encantamiento. Como dice Ana María Shua: “En toda su obra, y la narrativa, como en este libro, no es una excepción, el universo de Susana Szwarc tiene el poder arrasador de un oleaje”.

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LIDIA ROCHA. Profesora de literatura, diplomada en Ciencias del Lenguaje, con Postítulo en Lectura y experiencia. Ha publicado Aves migratorias (2006), Roma (2010) y Así la vida de nuestra primavera (2016). Coordina talleres literarios de lectura y escritura.

 

El artista del sueño

(cuento de Susana Szwarc)

 

Él se levantaba cada mañana con el rostro pálido y transfigurado por la invasión vivida.

Él había sido depositario de sueños inconclusos.

Él pretendía descubrir alguna vez el final de la historia.

Hasta que decidió abandonarse al sueño. Estar despierto el menor tiempo posible, el tiempo suficiente para relatar lo que al dormir le había sucedido.

Como su decisión de dormir y por lo tanto soñar la mayor parte del tiempo la tomó en una plaza, no quiso perder un solo instante y allí, en un banco de piedra, se dispuso a soñar.

Relataba a todo aquel que lo escuchaba (o no) sus misteriosos sueños.

Su presencia se conoció en toda la ciudad. Al principio lo confundieron con otro loco y las madres no permitían que sus hijos se acercaran.

Las autoridades pensaron en encerrarlo temerosas de que algún día dijera palabras insensatas.

Una vez llegaron turistas de lejanos parajes. Se entusiasmaron con esa plaza y ese personaje. Escucharon (o no) los sueños. Aplaudieron y pidieron más y más.

—¡Es un artista del sueño! –dijeron.

Se corrió la voz.

Las autoridades, viendo el fervor que producía ese extraño sujeto, decidieron protegerlo y alimentarlo y aumentar así la industria turística.

Se pusieron barrotes en la plaza. Se ubicó a un guardián para impedir la huida del artista, a quien vistieron con un oscuro frac. Todo aquel que quisiese escuchar al artista de los sueños debía pagar una entrada.

Llegaron periodistas de todas partes del mundo y le hicieron preguntas, a las que el artista respondió relatándoles sueños.

También buscaron a su mujer y a su hija. Las hallaron.

Se cubrieron páginas y páginas con el rostro lloroso de la mujer abandonada. Los titulares reproducían sus palabras.

—Yo siempre supe que era un artista.

 

Pero una vez el extraño individuo descubrió que nada había soñado o que no recordaba sus sueños.

La silbatina cubrió el cantar de los pájaros.

Obligado por las circunstancias el soñante empezó a repetir sus viejos sueños hasta que un día descubrió con desesperación que los había olvidado.

La silbatina cubrió el cantar de los pájaros.

Obligado por las circunstancias el soñante decidió contar los sueños que su mujer le había contado.

La mujer llena de odio reveló lo que supuso un plagio.

Las autoridades lo amenazaron:

—¡Soñá, viejo de porquería!— gritaban.

Porque el hermoso hombre de los sueños primeros había envejecido y su frac se había desgastado.

La hija había crecido. Fue a contemplarlo.

-Padre, no quiero que te humillen. Yo te regalaré mis sueños.

—¡Oh, buen Dios! — dijo el antiguo artista- aquí continúan mis fragmentos.

Sin embargo, en un arrebato de furor, insultó a la hija.

—Te estás burlando de mí. Mentís, inventás historias para humillarme.

—Padre, no quise ofenderte. Te juro que son sueños.

Los días pasaron. Un cartel cubría los barrotes. “Cerrado por vacaciones”, decía.

 

El ex-soñante decidió contar nuevas historias. Al relatarlas tartamudeaba ridículo.

Ciertos días otoñales fueron lluviosos. El guardián que había muerto y no había sido reemplazado no pudo guarecerlo.

El ex-soñante, empapado y hambriento, recorría insomne la plaza.

Cuando el sol salió otra vez el ex-soñante había muerto.

Se decretó día de duelo internacional. La fama del artista de los sueños había roto todas las fronteras y a pesar de sus últimos olvidos era recordado.

Se sacaron los barrotes de la plaza.

La gente estaba tan triste que no podía realizar sus tareas. Sólo unos a otros se contaban sueños y así pasaban las horas.

Las autoridades decidieron llamar al orden. Se escribió en las paredes: “Prohibido soñar”.

Desde entonces la gente camina cabizbaja avergonzada de sus sueños inconfesables.

Las tareas se cumplen en silencio y sólo los pájaros cantan.

SUSANA SZWARC, BÁSICA 

Susana Szwarc nació en Quitilipi, Argentina en 1954. Ha publicado libros de poesía y narrativa. Son algunos: En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan. En prosa publicó entre otros: Trenzas, La muertita o la novela que, La Resolana. En literatura infantil algunos de sus libros son: Había una vez una gota, Había una vez un circo, En algún lugar de la mancha. Tiene libros traducidos al francés, italiano, alemán, inglés.

En teatro algunas de sus obras representadas son: Paisaje después de los trenes y Justo en lo perdido. En el 2011 fue estrenada en Carlos Paz (Córdoba, Argentina) la ópera No camines en el barro compuesto por Cristian Varela, basada en un cuento del mismo nombre.

Ha recibido premios como el Premio Único de Poesía por la Secretaría de Cultura de Buenos Aires (1998); 3er premio en el Concurso Internacional Julio Cortázar en Cuba (2003), Beca del Fondo Nacional de las Artes (Circulación, 2019) y otros.

Desde 1985 coordina talleres literarios en numerosas instituciones de Argentina (formó parte del plantel de escritores/fundadores del Plan de Lectura, Secretaría de Cultura Nación, en la vuelta a la democracia), en Bibliotecas públicas y populares de casi toda Argentina; en algunos países como en España y Cuba. Colabora en varias revistas de su país y del exterior.

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