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Juan Bosch para la isla entera

ÁNGEL GARRIDO [mediaisla] Ningún niño, ningún púber, ningún adolescente que no haya conocido jamás la felicidad en su entorno nativo habría tenido el acero y los pétalos de rosa necesarios para haber militado sin tregua durante 62 años consecutivos en proyectos patrios 

Cervantes veía en el carácter perdurable de la amistad, la incontrovertible prueba de su existencia.

Y también afirmaba el impar novelista de Alcalá de Henares, que todo conocimiento pasaba por la puerta de la gramática. La semántica de lo sencillo sería motivo bastante para que enloqueciera de placer quienquiera que reparare en la serenísima cordura de Juan Bosch: “No digo que algún día no vuelva sobre el tema¨, les decía en su imponderable carta de 1943 a tres intelectuales amigos, “pero lo haré a tanta distancia de mi patria nativa como pudiera hacerlo un señor de Alaska”.

Anda de boca en boca por ahí el conocido apotegma de Antonio Machado que recalca lo fácil que es escribir difícil, y a un tiempo mismo pone de manifiesto lo difícil que resulta escribir fácil. La carta de Juan Bosch dirigida a los tres intelectuales dominicanos que acababan de visitar Cuba está fechada a junio de 1943, y no sería sino un junio más tarde cuando las tropas conjuntas de EEUU y Reino Unido, con el respaldo interno entusiasta, eficiente y muy pronto echado en el saco roto del olvido, que con su noble sangre aportara el exilio republicano español, habían de romper el Frente Occidental levantado en Europa por los nazis cuatro años antes al invadir Noruega y Dinamarca, el 9 de abril de 1940.

Las preindicadas referencias históricas están dadas con la vana intención de ofrecer al lector una caricatura pobre del espantoso momento que vivía el mundo cuando Juan Bosch escribía aquella carta memorable que debería de iluminar el sentido de buena vecindad de cada dominicano y de cada haitiano, y que nos pondría a luchar en los teatros nacionales de una nación y la otra, y en el de ambas repúblicas con asiento en la isla Española frente a los demás países del mundo, por valores humanos perdurables que jamás hayan de avergonzar a nuestros descendientes.

Que nadie defienda nunca categoría de alienación alguna: Ora etnicismo, ora sexismo, ora nacionalismo, ora regionalismo, ponga usted el ismo, el que sea, así sea amiguismo, que el sustantivo del adjetivo amigo que comporta virtud termina en tad. Los cultores de ismos nunca serán justificados por la posteridad, como no vayan referidos a doctrinas o sistemas filosóficos como tales.

En esa misma carta había de anotar Juan Bosch: “Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana, ni como ser humano ni como escritor ni como ciudadano; en cambio sufrí enormemente en todas esas condiciones”. Dicha dicha dicha, usada como sustantivo en boca de Bosch equivalente a felicidad, a ventura, como en boca nuestra equivalente al participio del verbo decir, resta por aclararle al lector que quienes disfrutamos del entorno cercano a él sabemos que sí encontró en nuestro suelo patrio resquicios de felicidad bastante que habían de alimentar a su espíritu para siempre.

Me cuesta un trabajo enorme explicarlo. Cada día se me dificulta más escribir sobre Juan Bosch. Todos los párrafos que logro me parecen formados por oraciones mal trabadas. Todas las oraciones me parecen precarias frente a su esmero idiomático y conceptual. Cada vez más tengo que vencer la pesada sensación de escribir menos de lo a él adeudado. Cuando el amigo de buen tamaño René Rodríguez Soriano se comunicó conmigo para sugerirme el presente trabajo para mediaisla, de nuevo me ganó la horrible pereza de que escribiría oraciones poco dignas de Bosch. Desde luego, me sentí comprometido a cabalgar de nuevo el potro de tortura inevitable de escribir algo sobre el Maestro el mes en que conmemoramos el décimo octavo aniversario de su desaparición física: “Me pondré en eso”, prometí al verme sometido después del saludo de rigor a la parca y acojonante serenidad de René cuando de literatura se trata. 

No puedo abandonar al lector en la estacada laberíntica a que lo somete sin tregua la literalidad de Juan Bosch “Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana”. Ningún niño, ningún púber, ningún adolescente que no haya conocido jamás la felicidad en su entorno nativo habría tenido el acero y los pétalos de rosa necesarios para haber militado sin tregua durante 62 años consecutivos en proyectos patrios dictados por el estudio asiduo de la historia y la sociología de su pueblo, y de los demás pueblos de América y del mundo.

La hipérbole la construye Bosch sin duda para referirse al asfixiante ambiente social y político auspiciado por la dictadura trujillista y por los infortunios patrios que la precedieron. Cuando nos toca ver y disfrutar el asombroso trabajo de humoristas y monologuistas europeos posteriores en lo inmediato a los demoledores teatros bélicos de la Segunda Guerra Mundial, nos asalta la pregunta sobre cómo habría sido posible que el humor y el sentido lúdico de la vida se levantaran vigorosos y espléndidos sobre la proximidad escalofriante de 70 millones de muertos y tanta infraestructura derruida hasta sus cimientos más sólidos por las bombas implacables y dispersas de cinco inviernos de fuego. Ninguna tragedia distinta de la extinción total le puede a la índole jovial de la naturaleza humana.

Juan Bosch fue feliz en el seno de su hogar dominicano; pero el aval espiritual consustancial a dicha felicidad lo volvió con fiereza contra la pobreza y explotación del campesinado que circundaba su hogar durante su niñez, y ya luego como adolescente citadino que trataba de plotear el norte de su futuro en el mapa grande del mundo que vislumbraba. En la propia Santo Domingo capital trabajó en dos conocidas casas de comercio de la época, y añitos más tarde enrumbaría sus pasos hacia la tierra de su padre en Tortosa, provincia catalana de Tarragona. De regreso a su patria nativa probó en carne propia tanto en Venezuela como en otras tierras del Caribe insular el acíbar del desamparo total en el extranjero.

Nuevos insumos para la fortaleza espiritual de aquel hombre impar: Mitad acero frente a la adversidad; y mitad confitura de rosas a la hora de festejar la alegría de existir. El padre de Juan Bosch se llamaba José. Cuando el ingenio poético de Joan Manuel Serrat se propuso evocar el drama amistoso del José que en busca de mejor destino parte hacia América, y del Juan que temeroso de aventura permanece en la Península ibérica para segar a golpe de hoz y guadaña la mies y casarse con su novia de siempre, el lente acucioso del celebrado poeta catalán que se cree sólo cantautor se va al muelle de Barcelona a registrar para la nostalgia del alma la partida de José: Tibio era el sol// ancha la mar// y el mundo aún// por estrenar. Desmonta Serrat su cámara, cierra piano el trípode que de peana le ha servido, y se va como quien no quiere las cosas al frontón de la casa de Juan medio siglo después: Juan preguntó:// “¿A cuál le vas: Azul o colorao?”// Y respondió el indiano: “Al que vaya esa moza… Qué cosas, Juan// tanto rodar y estamos otra vez en donde lo dejamos…”  

De repente somos todos nosotros quienes estamos en relación con el tema Haití-RD en uno de dos lugares: O donde lo dejó Trujillo en 1937, o donde lo dejó Juan Bosch en 1943:

Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…

No negamos oídos a nada de lo que al respecto pueda decir un connacional nuestro; pero dondequiera que alguien de ellos esté dispuesto a prestarnos los suyos, estaremos siempre prontos a reflexionar una vez y muchas más sobre un tema de altísima significación para todo el que, como lo hizo Juan Bosch en junio de 1943, ame desde la mejor habitación de su ser su condición humana, y a un tiempo mismo su condición de nativo de nuestra amada tierra.

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ÁNGEL GARRIDO nace y se cría en Sabana de la Mar, RD. En su adolescencia completa estudios de bachillerato y Colegio Universitario en la tumultuosa Santo Domingo de los años ‘70. Intenta ser arquitecto y a la vez recibirse en letras. Pronto deviene consciente de que su gran reto como escritor era aprender a leer. A ello dedica vida y hacienda.

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