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«El nervio óptico»: un travelling literario

IRMA VEROLÍN [mediaisla] Relato de mano suelta con observaciones inteligentes, perspicaces donde se habla de pintura, pero lo que se pinta principalmente es la condición humana. La ligereza en el modo de relatar y la profundidad de enfoque constituyen un hallazgo.

El movimiento que  promueve el llamado “empoderamiento” de la mujer en la Argentina, desde el cual se reclama que cese la violencia sobre los cuerpos femeninos que produce prácticamente  un asesinato  diario a manos de un hombre que ultima a su pareja o su expareja, adquirió en nuestro país diversas  modalidades, entre ellas el llamado “Colectivo de actrices” que una vez más puso al gremio  teatral a la cabeza de denuncias como lo hiciera “Teatro abierto” durante la última dictadura militar en la década del ochenta, al crear a partir del arte una brecha que dio el puntapié inicial para desestructurar el sistema represivo. Con la misma fuerza que tienen los reclamos en defensa de los derechos femeninos ha surgido una serie de obras literarias escritas por mujeres con planteos interesantes desde lo estético y cosmovisional que en el pasado año produjeron hechos coincidentes: seis escritoras argentinas fueron premiadas internacionalmente: Selva Almada, María Moreno, Mariana Enríquez, Claudia Piñeiro, Leila Guerreiro y María Gainza por su obra La luz negra que obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz en México. María Gainza, curadora y crítica de arte de profesión,  publicó su primera obra narrativa El nervio óptico (Anagrama, Barcelona, 2017). No bien el libro salió a la luz fue elogiado y recomendado.

El nervio óptico es esencialmente una propuesta literaria transgenérica que incluye un tratamiento ficcional. Comentarios sobre el arte pictórico se matizan con relatos de vidas de pintores y pintoras, a los que se les suman fragmentos de la historia argentina en el marco de una narración en primera persona que se acerca bastante al discurso testimonial. La narración está rozando constantemente lo ensayístico pero al modo de un juego, con un gesto entre azaroso y divertido. En varios abordajes críticos esta obra fue incluida en las que parten de lo autobiográfico. Sin poder deslindar completamente lo ficcional de lo autobiográfico se desprende que el elemento autorreferencial obvio se encuentra al menos en que la narradora es crítica de arte al igual que la autora. Con un discurso diáfano, directo, gráfico, las historias van enlazando capítulo a capítulo el relato en primera persona con la observación de una pintura de esas que se exhiben en los museos escoge obras de reconocida jerarquía, aunque también de las otras, las no tan reconocidas como tales, huyendo de esta manera del canon establecido. A la vez con rápido trazo se describen aspectos de la biografía del pintor o la pintora creadores de la obra. Como aquellas pinturas que quedan ocultas en el lienzo porque se realiza otra pintura sobre ellas, lo que ha dado en llamarse pentimento, Gainza narra varias historias a la vez empleando giros vertiginosos para producir una prosa vibrante. La puerta de acceso es el lienzo desde el cual se disparan las asociaciones que están relacionadas con el episodio central del relato referido en la voz de una narradora muy particular. Por el estilo  de  la narración que  posee cierto dramatismo contenido o muy esfumado y por el movimiento flexible de la prosa que va hacia atrás y hacia adelante en los espacios temporales, por esa intención de capturarlo todo, el libro parece ser el correlato de lo que en cine ha dado en llamarse travelling —aquí se trata de un travelling circular que abarca trescientos sesenta grados. Esta sensación de movimiento englobante que involucra la totalidad está lograda con pocos elementos y mediante un discurso ágil. Multiplicidad e instantaneidad en ensamblada combinación.

Cada capítulo se ciñe a un tema determinado para que dentro de él se produzcan los saltos. Los saltos temporales a veces se producen simplemente mediante el recurso de la cita. Nuevamente utiliza un elemento como lo hizo con el lienzo que opera a la manera de acceso hacia otro ámbito. La cita de frases de personas célebres es un indicio que es preciso profundizar en este texto. ¿Qué supone la cita dentro del corpus y no enmarcando o iniciando el texto? Más adelante, hacia el final del libro hay una clave: la cita con su carácter prestigioso encubre o busca compensar lo que en la vida va orillando el derrumbe, en este caso la enfermedad física.  Con la cita se produce la apropiación de lo ajeno y al mismo tiempo se enhebran culturas, concepciones, miradas de diversos períodos históricos que van moldeando los procedimientos narrativos del libro con un halo de luminosidad. Hay ejemplos de saltos que ilustran lo arriesgado de la propuesta estética como cuando habla de un pintor del siglo XXI y en el párrafo siguiente cuenta el argumento de una película de cable, pero no una película de autor sino de mero entretenimiento o de clase B, con lo que se refuerza la voluntad de integración de lo dispar y se demuestra que es posible escapar de los protocolos literarios al  equiparar o colocar en un mismo nivel lo que tradicionalmente fue separado en compartimientos estancos. De pronto la narradora ofrece recomendaciones al lector sobre una recorrida por un museo, entonces el discurso vira violentamente al relato publicitario y se reciben consejos o advertencias. Y todo está dicho en el mismo tono con que antes habló sobre su vida cotidiana o se refirió a la biografía de un pintor. Esta soltura descomprime el relato y lo aleja inconmensurablemente de cualquier posible impostación. Relato de mano suelta con observaciones inteligentes, perspicaces donde se habla de pintura, pero lo que se pinta principalmente es la condición humana. La ligereza en el modo de relatar y la profundidad de enfoque constituyen un hallazgo. Sin embargo, los saltos nunca son caprichosos, están hilvanados a un nudo argumental que los soporta y hace la argamasa de esta voluntad de unión de lo diferente. Comprensiblemente el mecanismo de ensamble de las historias se apoya en lo que es común para poder dar los saltos. Además de los saltos se observa un movimiento de deslizamiento. La narradora está hablando de un cuadro y de buenas a primeras lo asocia con un personaje de un cuento de Catherine Mansfield, por mencionar solo un ejemplo. Es una suerte de contigüidad entre las ramas del arte como si todo estuviera vinculado por vasos comunicantes. El deslizamiento se realiza a veces hacia las letras de canciones que son reproducidas junto a las citas de pensadores y artistas célebres. Se percibe cierto gusto enciclopedista ilustrativo que es presentado lúdicamente. Reproducir la frase de una canción de moda mientras cuenta la biografía de un pintor renacentista supone un gesto abarcativo que sugiere que en este universo hay un enlace sincrónico y que los encapsulamientos de estilos y géneros no son otra cosa que signos fuera de época. Quizá la palabra más acertada para catalogar esta prosa sea “sincronía”, ya que todo puede convivir como si se aboliese el tiempo en este igualar lo cercano con lo lejano con la más desenfadada de las actitudes. No nos olvidemos de la influencia que la literatura actual recibe de otros discursos, entre ellos desde hace décadas el del cine y, más cercano en el tiempo, el del formato de las series televisivas que son vistas a través de plataformas digitales. La alternancia de períodos históricos es casi un sello de este formato. Los saltos que han producido pasajes entre un espacio y otro de tanto en tanto le dan cabida al deslizamiento, de esta forma, alternando ambas opciones, se le agrega más movilidad al texto otorgándole una sensación de multiplicidad en conexión. Ahora bien, lo que caracteriza esta prosa es su dinamismo. ¿Cómo logra este efecto de movimiento incesante, de virajes temporales y espaciales? Se evidencia un sentido de la síntesis y de la rapidez y aun así las imágenes son claras y efectivas. Este resultado es obtenido evitando detenerse en causas o detalles, se sumerge de inmediato en otro período histórico sin ofrecer referencias previas. Nos enfrentamos a una obra que supone un lector entrenado, un lector que ya se instaló en un mundo digital y que por ese motivo no precisa introducciones explícitas, un lector que ha emergido de la variedad de propuestas de decodificación a partir de la frecuentación de discursos visuales y de relatos brindados por las plataformas digitales.

En uno de los capítulos la narradora confiesa: “mi prima era excéntrica”, en realidad el mismo adjetivo se podría aplicar a la propuesta estética de este libro: excéntrico, vale decir aquello que se sale del centro y navega por los costados para introducirse o introducir sistemas o territorios comunicantes. Cabe preguntarse si los perfiles de los personajes son representaciones de algo más, ya que prácticamente en su mayoría, incluida la narradora que relata en primera persona, parecen salirse del centro estipulado o del eje establecido por la sociedad. De eso se trata justamente: quien cuenta la historia que da pie a los saltos que se disparan hacia los distintos ámbitos es la muchacha rebelde de una familia tradicional argentina que no siguió ninguna de las pautas del conservador mandato familiar, que no obedeció las normas, que no se acopló al modelo de hija que se esperaba de ella. Estamos ante una disidente del orden establecido. El tono es sin duda antiarlteano por su ausencia de crudeza pero los rasgos inusuales y bastante desvariantes de los personajes acercan esta prosa al universo de Roberto Arlt, abundan los personajes disparatados, escapados del modelo promedio entre los que se destacan un tío homosexual sumamente estrafalario, una vidente o sanadora dislocada y la ya citada prima. Dice la narradora a propósito de esta prima excéntrica: “alguien ajeno a las convenciones de mi familia”, Pero ¿qué es la obra de arte? ¿Acaso una propuesta estética no debe salirse,  escapar de la norma y de la convención aportando originalidad para ingresar por derecho propio en la historia del arte?  El arte es arte en tanto y en cuanto cuestiona una tradición o la reelabora, pero nunca copiando o manteniendo intacto lo preexistente. En este sentido el trazado de los personajes los convierte en el alter ego de la propuesta literaria del texto. Se percibe también un trabajo sobre el contraste y está generalmente ligado al tratamiento de las figuras humanas, cierto toque grotesco y festivo. El no escatimar rasgos desopilantes en los personajes que suelen tener algo de alucinados hace espejo con los elementos de sorpresa que suele emplear para avivar el texto y sostener la atención. Lo disparatado se ancla en el trazado de los personajes al igual que en las situaciones planteadas. Por otra parte, la narradora autorreferencial tiene el perfil de la loser norteamericana prototípica, la que intenta y falla, la que no consigue alcanzar logros relevantes y hasta se regodea en permanecer al borde del mundo: es el lugar clásico del escritor que observa desde afuera y da cuenta de los sucesos. El ribete iconoclasta se asoma en cada uno de los ángulos, lo anticonvencional se transforma en el súmmum de la estética.

Es necesario destacar que los cuadros no son narrados. Podrían haberlo sido. No son descriptas las representaciones ni las escenas que sería el modo más cercano para describir el suceso plasmado dentro de la pintura que inevitablemente nos cuenta una historia, al menos en la mayoría de los casos, ya que trae a la escena del relato pinturas no abstractas. De los cuadros se leen los estilos, los procedimientos, se señala su singularidad, el impacto que producen en el receptor. Especialmente eso, el impacto que modifica el cuerpo del receptor como si contemplar una obra de arte atravesara nuestra vida enteramente. Así el espacio pictórico está reservado al arte puro. Se narran las biografías de los pintores y la de la mujer que habla en primera persona, los cuadros dan la impresión de pertenecer a otra esfera no relatable. Hablar de cómo el simple acto de contemplar una obra pictórica despierta en quien la observa una impresión sin precedentes es un hecho relevante en este conjunto de relatos. El contacto entre la obra de arte y la receptora que narra la historia da la sensación de estar traspasado por un flechazo. Pareciera que las piezas de arte expresaran lo absoluto. La absoluta abstracción del arte, su valor trascendente. Lo otro, lo que entra en la secuencia de la línea temporal y que está ajeno a lo eterno de la obra humana artística es lo transitorio, eso sí se narra, eso que es la vida misma. Gracias a este recurso la obra de arte aparece como lo trascendental, lo sublime, fuera del discurrir del tiempo, por lo que lo que en este constante entrecruzar se combinan lo atemporal y lo ordinario como dos instancias quizá irreconciliables. En la descripción de una obra pictórica también hay entrecruzamientos perceptivos donde se atiene a lo estrictamente sensorial, a lo entrañable, como si se zambullera en las propias sensaciones que la obra le provoca o despierta en ella. Podría catalogarse esta experiencia artística como visceral.

El tono del relato vira desde lo chispeante a lo levemente irónico. A esta clase de narrativa entre ligera y burlona con toques chispeantes se le incorporan esporádicamente palabras propias del vocabulario porteño actual, neologismos típicos del habla rioplatense como “se mandaba” -un equivalente de lanzarse o realizar con ímpetu-, “borrarse” —como sinónimo de desaparecer físicamente—, “zarpado” —equivalente a desubicado en la conducta social—, “fiaca” —para expresar pereza—. Esto se vincula al modo desaliñado exprofeso en que todo se mezcla aquí. Texto entendido como receptáculo de la totalidad y de las vinculaciones fortuitas y arriesgadas. Un himno al desacartonamiento literario. Y no nos olvidemos que en esto la huella cortazariana está sin duda presente. Por otra parte, la jovialidad en el tono del discurso y lo inflamado de la mirada recuerda la escritura de un García Márquez. Hay cierta mirada de maravilla en la manera de relatar, especialmente en las evocaciones de la biografía de pintores y en algunos tramos de la cotidianeidad de la narradora en primera persona. En un reportaje Gainza declara que al ver su obra terminada siente que escribió un libro sobre la tristeza. En parte es cierto, pero ha conseguido que la tristeza pierda pesadez y alcance frescura.

Como dije anteriormente lo que caracteriza esta prosa es su carácter eminentemente dinámico. Un dinamismo que sortea el mayor peligro, el de la superficialidad, jamás cae en lo anecdótico ni en lo trivial, detrás de esa ligereza se despliega la espesura de la condición humana y la necesidad que tenemos de transmitir lo que casi no puede ser expresado. Parece subyacer a lo largo del libro la idea de que tal vez por eso existe la pintura, porque hay en nuestras vidas un ingrediente que jamás podrá ser comunicado con palabras. Se observa además una lucidez reflexiva volcada en frases breves y cortos comentarios y, al mismo tiempo, se percibe el desenfado en el estilo de narrar que vuelve muy atractivo el texto. Relato vibrante, fluido, ocurrente, con una mirada entre burlona y crítica. Las observaciones sobre el carácter de las personas son sumamente sagaces y parecen resultar de un proceso de auscultación minuciosa pero lo que termina volcado en el texto es el producto sintetizado en una frase contundente, breve, generalmente atravesada por el humor. Así el texto alcanza profundidad. Se narran dos historias base que se contrapuntean en cada relato, una gira en torno al mundo pictórico y la otra tiene cariz autobiográfico, las dos encuentran puntos de enlace por asociaciones diversas. En la manifiesta intención de reunir lo disperso las citas de autoras y autores nos llevan a pensar que se está haciendo un guiño con respecto al enciclopedismo. Es imposible no considerar que en la nueva era digital que estamos viviendo, esta revolución cultural de la que somos protagonistas, lo primero que termina echado por tierra es el conocimiento enciclopédico, si bien este ha sido el pilar de la educación hasta no hace demasiado tiempo cuando buscar datos o información equivalía a un esfuerzo, a una pesquisa, a trasladar el propio cuerpo hacia alguna biblioteca, en la era digital estas actividades han quedado caducas, por lo que las citas y el guiño hacia el enciclopedismo inauguran una complicidad con un lector ya introducido en el gran entretejido borgiano de la web. El tono divertido del relato da cuenta también de un juego. No es sólo el juego de la mirada que observa el mundo tridimensional o el prestigioso mundo pictórico de las obras consagradas o no tan reconocidas sino un mirar que atraviesa dimensiones e intenta agruparlas a través de un discurso donde es posible vincular lo en apariencia irreconciliable. El libro se presenta entonces como un desafío y a la vez como una demostración de que lograrlo es absolutamente viable.

Lo interesante reside en el hecho que el eje temático central sea la obra de arte pictórica en un momento de la cultura en la que prevalece la imagen sobre la lectoescritura, pero lo verdaderamente interesante es que se decodifique el valor estético de la imagen y su aporte con respeto al lenguaje de la plástica. ¿De qué se está hablando en realidad? El primer relato termina con una frase: “Uno escribe algo para contar otra cosa”. De eso se trata precisamente, de hablar de esto para decir aquello otro. Se habla de valores, del poder del arte para actuar sobre las personas, de cómo el arte impacta en nuestras vidas mientras se nos cuentan varias historias a la vez. La sensación desde mi lugar de lectora fue la de inclinarme hacia lo reflexivo mientras gozaba de esta prosa lúcida. Decirnos que el arte importa no es decir poca cosa. Nos habla de la trascendencia, del poder del alma, de nuestra aptitud para ser transformados por el efecto que produce la belleza que los humanos somos capaces de crear en un mundo caracterizado por la destrucción, el mercantilismo y las desigualdades. Pero oblicuamente nos está hablando de la imposibilidad de traducir esa belleza con palabras, tal vez esa sea la causa por la que en más de una ocasión la observadora de la obra pictórica haga pasar la sublime experiencia de disfrutar el arte por su cuerpo mientras el lenguaje verbal queda relegado. Nos habla además de los procesos creativos en el arte al relatarnos las vidas de pintores y pintoras. Al discurrir de pintura o de arte nos introduce también en la sociología y la política. Por otra parte, El nervio óptico nos está diciendo tantas cosas a la vez sobre la manera de hacer literatura que resulta estremecedor. Es antes que nada un derrumbamiento de vallas, se echan abajo protocolos, acartonamientos e ideas preconcebidas sobre las alternativas a las que nos enfrentamos al armar narrativas literarias. El libro tiene un toque festivo, pero inhalando desde muy abajo un drama humano que no se ha resuelto a lo largo del tiempo. Aquí la tragedia griega se transforma en comedia y viceversa.

En El nervio óptico se nos ha hablado desde el principio del cambio de paradigma en el planteo de los vínculos familiares, de los roles fijos heredados que piden ser subvertidos. Lo ha hecho mediante una nueva relación con el propio cuerpo. “Mi cuerpo alcanza conclusiones antes que mi mente”, dice la autora en este texto. Para el nuevo paradigma salirse del marco antropocéntrico, forjado a partir del predominio de la mente sobre la naturaleza y planteado como fuente única de conocimiento, con el propósito de avanzar hacia la femenina modalidad de incorporar conocimiento a través de la vivencia corporal, es un índice de cambio evolutivo. Nuestro cuerpo nos permite redimensionar la experiencia vivida, mapear nuestro cerebro trascendiendo la mera incorporación de “memoria semántica” que no modifica el funcionamiento de nuestro sistema.  Nuestro cuerpo sabe, es el gran procesador que otorga el verdadero conocimiento. Es el ingrediente emocional captado con nuestros cinco sentidos el que forja nuestras transformaciones duraderas. Por lo tanto la percepción de la obra artística no se realiza aquí a través de un proceso intelectual-mental sino tamizando las experiencias que el cuerpo nos brinda, en el caso de este libro podría afirmarse que lo hace a través de las mismas vísceras: “De pronto captas algo aquí —y se señalaba el rabillo del ojo— y un frío estremecimiento te recorre de arriba abajo”, “Rothko no te entra por los ojos sino como un fuego a la altura del estómago” nos dice la autora. Mezclar pintores consagrados con lo más ignorados y colocarlos en el mismo nivel de importancia es otro rasgo que manifiesta desde la apreciación de la mirada un cambio de paradigma: la jerarquía social o el reconocimiento no determina el valor intrínseco de una obra, su genuina inserción en el canon depende de lo que ofrece artísticamente en tanto es capaz de modificar al receptor, el valor jerárquico no está establecido desde el vertical eje patriarcal donde los que están en la base se subordinan a los que están en la cúspide sino que lo fundamental se organiza o relaciona de manera horizontal, horizontalidad que es la condición indispensable en el siglo XXI para abrirnos a la integración de la diversidad. Desde lo formal el cambio de paradigma en este libro se expresa en el lenguaje haciendo que los términos rioplatenses, mechados de tanto en tanto en el texto de una manera completamente esporádica, operen como elementos disruptivos, inesperados, son escasos pero se dan a lo largo de todo el texto, así detonan repentinamente, digamos que son lo suficientemente escasos y a la vez persistentes como para funcionar como detonantes. Otro elemento es la interpelación al lector: “Imagínense”, “créanme”, marca una ruptura con el canon narrativo actual.

El notorio cambio de paradigma en lo que respecta a la visión de género que abre  nuevas perspectivas en las posibilidades de avance de las mujeres en distintas áreas, expresado en el movimiento “Me too” en Estados Unidos y su equivalente argentino “Ni una menos”, producto de una reflexión sobre la identidad y un cuestionamiento del sistema patriarcal que ha imperado en nuestras sociedades por siglos y que, inevitablemente, ha ido plasmándose en obras artísticas pero no únicamente como mensaje y vehículo para declarar intenciones y promulgar ideas sino ofreciendo nuevas propuestas formales en el plano estético. La revolución en lo literario se corresponde con lo que ocurre en el plano social: es una revolución que arranca desde muy adentro. Las variadas posibilidades de articulación de los distintos discursos parecen manifestar la cualidad que la neurociencia le reconoce al cerebro femenino, que lo diferencia del funcionamiento del masculino, y es su prodigiosa facultad de ocuparse de varias cuestiones a la vez. El nervio óptico” es una manifestación literaria de esa capacidad de las mujeres al lograr narrar en capas superpuestas varios niveles de relatos que se disparan hacia ámbitos y tiempos diferentes. Este cambio de lugar de la mujer, esta profunda modificación en el paradigma se evidencia en la organización estructural de la obra de arte literaria no solo de María Gainza sino de las otras autoras argentinas que han sido galardonadas por su aporte literario en países extranjeros el pasado año.

El libro termina con la escena del cuerpo enfermo. Cáncer de timo. El timo es una glándula con una función bastante misteriosa, protege al organismo, los reikistas utilizamos la posición de manos sobre el timo para activar la defensa del organismo. Situado delante del corazón, regula la energía corporal e influye en nuestro sistema inmunológico. El cáncer a su vez es una de las enfermedades con mayor carga simbólica: una especie de sublevación de las funciones del cuerpo, un desorden completo, una peligrosa multiplicación que invita al caos. Las citas proliferan en esta instancia del relato. Así el arte funciona como la convalidación de la vida. La narradora confiesa que la enfermedad la condujo a leer mucho y a reproducir enfermizamente las citas con el mismo fervor con que las células se multiplican en su propio organismo. La enfermedad asociada a la familia o a lo ancestral manifiesta la tensión entre la vulnerabilidad del cuerpo humano y lo imperecedero de la obra artística y aflora como un mal chiste o un juego más de los múltiples juegos que se han desarrollado en esta obra. Aunque probablemente lo más significativo sea que El nervio óptico nos ha enfrentado nuevamente a la desarticulación de las pautas establecidas para los géneros. ¿Pero qué es finalmente un género literario? La pregunta se impone cuando pretendemos encasillar este libro y quizá la respuesta sea: un espacio en continua transformación, como lo es nuestra conciencia humana, sujeta más que nunca en esta época a los más significativos cambios de paradigma que alguna vez pudimos sospechar.

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IRMA VEROLÍN [Buenos Aires, 1953], publicó libros de cuento y novelas, algunos títulos en literatura infantil y tres libros de poemas editados recientemente. Entre las distinciones obtenidas se destacan el Premio Fondo Nacional de las Artes en cuento, Premio Emecé, Primer Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires y Primer Premio Internacional de novela Mercosur. Entre otros, ha publicado: Una luz que encandila, El puño del tiempo y La mujer invisible. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.

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