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Profunda hacia la tierra, Yelidá: alta hacia el cielo

ALEXIS GÓMEZ-ROSA [mediaisla] Tomás Hernández Franco elabora una poética que descansa en una mitología de ida y vuelta, blanca y negra, porque su origen se generó en los barcos, creando, de paso, un escenario de puertos, islas y huracanes […] «Yelidá» surge en el anclaje regional de este conflicto…

Mi corazón tiene dos perfiles
pero al lado que miraba hacia atrás le he sacado los ojos:
ruiseñor ciego que no me interesa oír cantar.

Los versos citados pertenecen a “El poema del chewing-gum” que, junto al “Poema del feto”, quedaron como sobrevivientes y ejemplos vanguardistas de la estética que atravesó, cuenta la leyenda, a El boxeador idílico y a 10 x 10: dos poemarios extraviados en la vorágine de sus años parisinos. Podemos añadir, del mismo poema, otros versos igualmente significativos como:

En mí todo poema es problemático, en mi todo se queda trunco
ocupado en el negocio de mi ocio.

El poeta entiende así la escritura como un desafío desacralizante, una apuesta contra la repetición, la gratuidad y el estatismo que la tradición encierra.

Me he detenido en esos fragmentos como antesala de una poética de nuevo tipo (abundante ya en algunas de sus crónicas), que pone patas arriba a la poesía dominicana desde la fundación de la República al presente, caracterizada por la mímesis en confesiones y moralinas; efemérides y lugares comunes que hacen del bel decir una poesía huera y acartonada, salvo las excepciones de lugar que particularizan el canto.

Estos poemas, como los anotados pasajes de sus crónicas, constituyen la zapata de la poesía que vendría unos años después. Poesía hibrida, libre, de amplio imaginario que, fusionada en su dicción, reúne sobre la página la épica musicalidad de una leyenda con la plasticidad y gracia de su prosa.

Situado en el vértice de la poesía europea de los años veinte, Hernández Franco fue haciendo acopio de los recursos que aportaron dadaísmo, futurismo y surrealismo a la modernidad escritural de la primera mitad del siglo XX, como el aprendiz que va trazando en su horizonte las metas de libertad, novedad y modernidad que definieron y marcaron su época. De ahí en adelante es otro el cantar. Rezos bohemios (1921) y De amor, inquietud y cansancio (1923): dos de sus primeros libros en los que recorre una cuerda entre romántica y modernista, quedarían como trabajos de inicio. Tendrían que pasar trece años con la publicación de Canciones del litoral alegre (1936), para apreciar nuevos aires que no trastocaron en esencia su escritura, pero enriquecieron el contenido que estas formas contienen. Es notorio en este libro la presencia del romancero español a través de García Lorca y Alberti, así como el uso de una métrica octosilábica donde mar y río se juntan en la visión de hombres atrapados por el acontecer de las aguas.

(Una muestra)

Le bailarán en el lomo
          las canoas, —el río ya va a llegar—
          sin viento: ¡qué alegre el río!
          que va a conocer el mar.
(“Canción del río que se va”, en Canciones del litoral alegre, 1936)

Escenario bravío de aguas dulce y salada (“El río ya es río y es mar”), de peripecias, travesías y naufragios, el tono y la temática de estas canciones son de un ritmo entrecortado colmadas de picardía y sensualidad. En ellas la geografía, sin dejar de ser dominicana, va conformando un mosaico plural de voces que traducen un trasfondo caribeño de soterradas guerras e invasiones.

Archipiélago multirracial, las Antillas, es al mismo tiempo un enjambre de rutas que fortalecen en el comercio su multiculturalismo, como se puede apreciar en “Historia del vigía de Puerto Plata”, del mismo cancionero.

          -“Barco de guerra…de largo-
          -“Mercante alemán…de largo”-
          -“De largo…vapor francés-
          Vigía de Puerto Plata
          Con tu catalejo anclado
          En horizontes de fuego,
          Y tu casita repleta, como
          Un atlas, de banderas.

Contemporáneos de Tomás Hernández Franco, otros poetas del Caribe insular transitaron caminos similares, henchidos de motivaciones sociales y políticas que apuntalaban en el ámbito racial la presencia de un drama doloroso y complejo que, en gran medida, el mestizaje lo explica. En esa encrucijada temática vino al mundo Yelidá (1942), en compañía de textos emblemáticos de la época como Cuaderno de un retorno al país natal, del martiniqueño Aimé Césaire; West indies, Ltd., del cubano Nicolás Guillen; Trópico negro, del dominicano Manuel del Cabral, y Tun tun de pasa y grifería, del poeta boricua Luis Palés Matos. En estos autores hispanos el tema negro tiene un carácter folclórico más que ideológico, colindante con la caricatura en la que se petrificaron muchos de sus textos, al exagerar cualidades físicas del hombre de color sin ninguna importancia hoy fuera del circo que montaron.

A diferencia de Leopoldo Sédar Senghor, Aimé Césaire, René Depestre y el estadounidense Langston Hughes que, después del Renacimiento de Harlem, produjo una poesía de ritmo sincopado íntimamente vinculada al jazz, llamada a enaltecer el orgullo racial y la conservación de la herencia africana que lo convirtieron en símbolo de la tragedia que sufría el pueblo negro americano.

Vale decir que otras fueron las motivaciones de los tres primeros poetas mencionados, cuyo norte lo hallamos en las reivindicaciones políticas y las luchas sociales de los años de entreguerras. Yelidá surge en el anclaje regional de este conflicto y en la efervescencia ideológica que produjo, sin que su autor asumiera la identidad con el discurso en debate.

Tomás Hernández Franco, en otra dirección, elabora una poética que descansa en una mitología de ida y vuelta, blanca y negra, porque su origen se generó en los barcos, creando, de paso, un escenario de puertos, islas y huracanes cuya simbología, situando en terreno antípodas las connotaciones que trascienden lo esencialmente poético, hibridan un texto singular del cual, desgraciadamente, no se ha partido para insertar nuestra poesía en una corriente de rupturas.

Y es ahí, precisamente, donde se halla la grandeza e importancia de Yelidá: poema compuesto por 211 versos estructurados en pequeñas historias, las de sus personajes, que delinean su entramado lleno de dioses en pugna de los que ellos se hacen eco.

Erick, con quien se inicia esta saga de dos mundos, es el muchacho noruego que responde al llamado de los caminos que la sangre tamborilea en las sienes, parte hacia las islas de las montañas de azúcar que su tío le vendiera. El tío, no identificado por su autor, por quien conocemos el pulso de viento de Erick, es el autor de largas historias de islas con puertos bruñidos y azules donde el grumete escandinavo se hace hombre, es algo más que un tío.

Instalado en una de ellas, precisamente en Haití, le sobreviene el embrujo negro que borró el recuerdo de un pie de mujer blanca que hacía frágiles huellas en la arena mojada.

Complemento de la historia en su origen es Madam Suquí: “hecha de medianoche a toda hora por el muelle del pueblo”, embriaga a Erick por la magia de sus encantos sensuales. Enamorada de los atributos que distinguen y adornan al extranjero blanco, Madam Sukí es virgen, y como él, sin la presumida experiencia sexual, solo intuida por el comercio de la carne que gravitaba en el ambiente.

Una pasión, la pasión de dos desnudeces, traen al mundo a Yelidá con su torpeza jugosa de raíz y de sueño, negra un día sí y un día no, blanca los otros.

En torno a esta trilogía se orquesta el poema y con ella se crea un vasto universo de correspondencias mitológicas que antagonizan dioses noruegos y haitianos que luchan por rescatar los primeros la escandinava inocencia de una gota de sangre y, para los del panteón vudú, preservar a Yelidá profunda hacia la tierra y alta hacia al cielo.

Con Erick, como llevamos anotado, se inicia la historia que, junto a Madam Suquí, vertebran el texto que acoge a Yelidá como realidad suprema y última. Cada personaje trae consigo la prosapia de su sangre y cultura. En el caso de Erick, tenemos por delante, mar y algas; arenas sorprendidas, islas y cotorras hirviendo de palabras obscenas. Con Madam Suquí entran en escena los dioses africanos de la mano de Legbá y Ogún, a quienes reza por el amor de su hombre blanco y rubio.

(Otra muestra)

    En la noche sudada de fiebres y marismas
          Erick sin sueño marinero varado sobre la carne fría
                    Y nocturna de Suquí
Fue dejando su estirpe sucia de hematozoarios
                    Y nostalgias
En el vientre de humus fértil de su esposa de tierra.

Atrás había quedado la choza de brea y redes salpicadas por las olas y el sujeto que la contemplaba. Ahora Erick había ganado un espacio distinto, el de su insospechada transformación por el amor conseguida, hasta que su alma sin brújula voló para Noruega, propiciando la orfandad en la que Yelidá llegó al mundo, fruto de un desenlace que deja mutilado su nacimiento. Muerto Erick entre Jesucristo y Damballa-Queddo, Madam Suquí celebraba el regalo del marido rubio que nunca dejó de pensar en su playa noruega, con las barcas volteadas como ballenas muertas.

Sola, Suquí, mientras descendía su alma por los caminos negros de su entraña, engordaba en su alegría de matriz de misterio, ternura de polen en su hija de llama. El peligro que muchos sospechaban se había producido con la procreación en la que intervinieron magia, conjuros y amuletos por las que se expresan las deidades de un altar de procedencia africana. Ellos son los testigos del alumbramiento de Suquí y, en su hija, la contemplación del cruce racial de sus padres.

Amor, embrujo, pasión y entrega entran en movimiento para dar paso a la condición mulata que, a la postre, vendría a ser determinante en la composición de todo un pueblo. Vista Yelidá como una alegoría. Ella es la encarnación de esa fusión donde lo europeo y lo africano dialogan. Es el mulataje que inaugura una leyenda inédita. Es la mujer y es la hembra. Es el fuego de la pasión y es el tormento para el macho cómplice del espasmo. En ella confluyen las fuerzas de la razón y la locura; plenitud del delirio en la seguridad de su entrega. Yelidá deshojada a sí y a no, por éxtasis de blanco y frenesí de negro, fue trazando por el propio camino de su vientre, el perfil de una identidad con la tierra y el ser que anima su existencia.

(Otro final queda abierto a los imponderables del futuro) [Texto leído por Alexis Gómez Rosa en la 78 Feria Internacional del Libro de Madrid, 2019]

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ALEXIS GÓMEZ ROSA (Santo Domingo, 1950-29199). Poeta, miembro fundador del grupo literario La antorcha. Autor de poemas emblemáticos de la poesía latinoamericana contemporánea, como Adagio cornuto (2000) y La tregua de los mamíferos (2005).

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