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Reflexiones en torno a la obra, el lector y el autor

JUAN CARLOS MIESES [mediaisla] El escritor crea una entidad que no existía hasta ese momento. Algo que se suma y se integra a la continuidad de la vida de los demás, modificándola de cierta manera, enriqueciéndola: un libro.  

Al principio de esta misma planicie —desde un camino de tierra en la ciudad del Seibo— contemplé el mundo por primera vez. Aún pueblan mi memoria los pinos mecidos por el viento, las palomas alineadas sobre los tejados de una vieja logia, las lilas que cubren el agua de un estanque, el lejano perfil de las colinas que marcan los límites del Edén, las rocas que surgen del suelo como lomos petrificados de bestias prehistóricas o el río Soco, que nunca se cansa de pasar y se niega a morir asesinado como tantos otros ríos en nuestro país… Esas imágenes siguen alimentando tanto mi nostalgia como mi literatura.

Cuando recibí la invitación para tratar algún tema relacionado al arte de escribir, me pareció tentador, ya que cuando no estoy haciendo lo que más disfruto, que es leer y escribir, me gusta reflexionar sobre el arte y sobre los caminos secretos de la literatura.

Y me parece natural que, si pretendemos disertar sobre la escritura, hablemos, en primer lugar, del lector, ese Pierre Menard que todos llevamos dentro.

Ese lector que, después de todo, es para quien escribimos los autores y quien, en última instancia, permite o no la fugaz supervivencia de nuestras obras, antes de que el tiempo —ese tiempo que todo nos ofrece y que todo nos arrebata— las borre de la memoria del porvenir.

Es cierto que el autor, por momentos puede tener la convicción de escribir para sí mismo, quizá porque a menudo el primer impulso que le hace tomar una pluma, un lápiz, o, en mi caso, un teclado, proviene de una parte profunda y mal conocida de nosotros mismos: ese universo interior y en muchos aspectos inexplorado que unos llaman el alma, otros la mente o el espíritu.

El olor de la lluvia, la silueta de una flor, las notas de una melodía, la caída de una hoja, el vuelo de un insecto o el roce de una emoción pueden provocar una cadena de pensamientos que a veces se transforman en un texto.

Yo mismo, en algunas ocasiones, al comenzar a escribir ciertas líneas he tenido la impresión de ser un instrumento de alguien o de algo; la sensación de escuchar en mi cabeza una voz misteriosa que me dicta las palabras y he sentido en esos momentos la embriagadora certidumbre de estar «en paz con el mundo», aunque no esté —como Antonio Machado— «en guerra con mis entrañas».

Pero al final de esa etapa, por lo regular breve, cuando la voz interior calla, comienza el verdadero trabajo del escritor: la revisión y la rescritura e interviene aquí —inevitablemente— la presencia del posible futuro lector.

Por eso, aunque comience a escribir para sí mismo, lo quiera o no, el autor escribe para otros. Primero para sus contemporáneos y, además —algo que algunos escritores desafortunadamente olvidan— escribe para alguien del futuro. Ese lector anónimo y común que justificará con su simple lectura la existencia misma del libro y el trabajo del escritor.

Y es por eso por lo que los cuartetos del poeta persa Omar Khayyam; cuartetos que le cantan a la vida y a los placeres y que hoy se conocen como El Rubaiyat, pudieron despertar el 15 de enero de 1859 de un letargo de 8 siglos en una polvorienta biblioteca de Calcuta y todo gracias a la curiosidad del lector y traductor Edward FitzGerald.

Y por eso todavía hoy, 23 siglos después de su muerte, hablamos de Menandro, el autor dramático más laureado en la antigua Grecia, cuyas obras se perdieron bajo los escombros de la historia, hasta que, en 1951, en el anaquel de una oscura biblioteca apareció —ante los ojos de un asombrado lector— la comedia Dyscolos, la única obra completa de Menandro que ha sobrevivido a su vieja gloria.

Eso fue posible porque un libro nace con el germen de lo perdurable, con el don de volver a nacer una y otra vez y con la maravillosa paradoja de existir de maneras diferentes al mismo tiempo.

El autor lo ha escrito. Por el momento el libro existe, pero sólo como realización del escritor; no es más que un proyecto de lectura. El autor ha dejado su impronta sobre algún aspecto del mundo y de la vida. Ha sembrado una semilla de significados imprevistos en los campos del futuro y esa semilla, si tiene algún valor podrá germinar —transformada—en el alma de un lector.

La emocionante naturaleza múltiple de los libros la encontramos también en nosotros mismos y en todos los aspectos de nuestro mundo, a veces en forma de una aparente contradicción que puede esconder una armoniosa realidad.

Para ilustrar esa noción de contradicción aparente me valdré de una anécdota personal fuera del ámbito literario. Cuando vivía en la isla de Java, yo no lograba apreciar la música tradicional de la isla. Por un lado, las percusiones de la orquesta interpretaban una melodía y paralelamente las cuerdas y las flautas interpretaban otra. Ambos grupos de instrumentos tocaban en tonos y tempos diferentes. Comencé a apreciar aquella música sólo cuando leí el comentario que Charles Chaplin había hecho al respecto. Chaplin dijo: 

Es como el reflejo de la luna en la corriente nocturna de un arroyo.

Entonces recordé una imagen de mi infancia: el cañaveral mecido por el viento, y entendí —de esa manera compleja, emotiva y sensible con la que entendemos el arte y la literatura. El reflejo de la luna y el arroyo. La gracia y la energía juntos. El movimiento y la quietud. Lo transitorio y lo permanente. «El barco sobre la mar y el caballo en la montaña», como dice Lorca.

Valery afirmó una vez que «una silla, para ser bella, primero debe ser una silla». Lo mismo pasa con un libro, que sólo comenzará a ser un libro al ser leído, cuando las palabras que lo forman renazcan, modificadas por una mirada creativa.

Porque la lectura es el sencillo y asombroso acto de magia cotidiana que permite que Romeo y Julieta continúen amándose en una eterna noche de Verona.

Que podamos escuchar «entre los sollozos de los violoncelos» de Rubén Darío la risa de la duquesa Eulalia.

Que, a las cinco en punto de cada tarde, Ignacio Sánchez Mejías se muera entre un mugido de toros y una lluvia de azucenas.

Que llegue hasta nosotros el compás de los caballos de los conquistadores galopando sobre los versos de Santos Chocano.

Que la sangre de César siga manchando, veinte siglos después, el piso de mármol del senado de Roma.

O que nos sintamos un poco más que humanos, cada vez que escuchamos el Canto a la Alegría de Schiller, coreado en la Novena Sinfonía de Beethoven.

Así es que, de un lado de la obra tenemos al lector y del otro al escritor. Me permito ahora referir una brevísima historia. Durante muchos años un hombre llamado Randolph Carter había soñado con las torres y los bulevares de Kadath, la ciudad donde vivían los dioses antiguos. Un día decidió encontrarla. Pero para ir en su búsqueda Carter tenía que dormir y soñar, pues el camino hacia Kadath atravesaba la dimensión de los sueños; era una senda onírica. Dentro del primer sueño Carter debía dormir de nuevo para soñar por segunda vez, y en ese segundo nivel de sueño dormir nuevamente para soñar por tercera vez … Un sueño dentro de un sueño, dentro de otro sueño…

Así, después de vencer muchos peligros llegó a Kadath a la hora del crepúsculo y encontró que estaba vacía. Los dioses se habían mudado a otra parte. Entonces Carter despertó y descubrió que la ciudad que él buscaba, la que tenía las torres y los bulevares que había soñado durante toda su vida, era la ciudad donde había despertado. La ciudad donde él vivía. El final de su camino era el lugar de donde había partido.

He querido evocar la pequeña novela de Lovecraft, La búsqueda en sueños de la ignota Kadath, porque la considero una excelente metáfora de la labor de un escritor, y además nos recuerda que todo lo que construimos las mujeres y los hombres, que sean escritores o no, comienza siempre siendo un sueño.

Así fueron creadas las siete maravillas del mundo antiguo, los innumerables prodigios del mundo moderno y todas las obras de arte. Así se han creado las naciones y las civilizaciones, Así, en el corazón de un grupo de idealistas, empezó a gestarse este país, y así comienzan también a concebirse las obras literarias, entre angustias y fantasmas, entre sombras y destellos.

Pero más allá de nuestras dudas o de nuestras certezas, más allá de los conflictos y de las sombras del corazón, más allá de las lucubraciones que nos llevan a mundos interiores tan ignotos como Kadath, cuanto más profundo nos sumergimos en un tema, cuanto más lejos llegamos en la imaginación, al final nos damos cuenta, como Randolph Carter, de que nunca nos habíamos acercado tanto a nosotros mismos.

Porque los escritores nos adentramos en territorios desconocidos y corremos tras arcoíris semánticos y cuando logramos llegar al final del arcoíris, en vez del cofre lleno de monedas de oro que nos prometen los cuentos infantiles, encontramos una imagen insospechada de la mujer o del hombre que somos. Y es por eso qué Federico Nietzsche afirmó que «en el interior de cada página de un libro siempre podemos encontrar un pedazo de autobiografía».

Y es por eso también que un poema épico como La Ilíada puede narrar en rapsodias y en hexámetros la guerra y la destrucción de Troya, pero detrás del fragor de las batallas y de los gritos de agonía de los heridos; detrás del temor y de la valentía de los combatientes, en la amargura de Ulises, en la cólera de Menelao y en la cautela de París perdura la emoción, la estética y la ética de Homero.

Y por eso una tragedia como Prometeo encadenado puede mostrar un conflicto entre un titán generoso y un dios celoso de sus privilegios, pero en el sufrimiento de Prometeo, en las pesadas cadenas de Hefesto o en la venganza de Zeus encontramos también la piedad, el sentido humanista y los dones proféticos de Esquilo.

Alguien puede preguntarse, ¿por qué hablamos hoy, aquí, de escritores que vivieron hace más de 2,500 años?  Recordamos a Esquilo o a quien sea que haya sido Homero, porque crearon algo importante para los demás y lo hicieron, como opina Paul Valery, a la manera de un caracol que segrega su propia concha.

Como el caracol, ellos no crearon algo de la nada, lo hicieron con las palabras de todos los días, las palabras de sus contemporáneos —filtradas a través de la reflexión, la imaginación, la cultura y el ingenio— y ofrecieron al azar de los tiempos y de las generaciones futuras una propuesta inteligente e inédita, una visión significativa de un aspecto del mundo en la forma de un texto literario. Nos legaron un nuevo objeto de arte, algo a la vez concreto y espiritual, como lo es el universo, como lo es la vida, como lo es cada hombre y cada mujer; nos legaron un libro.

El escritor crea una entidad que no existía hasta ese momento. Algo que se suma y se integra a la continuidad de la vida de los demás, modificándola de cierta manera, enriqueciéndola: un libro. Un objeto sorprendente que nos puede recordar que vivimos en una encrucijada donde se entremezclan los axiomas de Lavoisier y los versos de Antonio Machado. Una confluencia donde nada se pierde y todo se transforma, un lugar donde todo pasa y todo queda.

Pero —y esto es lo más importante— esos viajes del escritor por los mundos del pensamiento, de la reflexión, de la imaginación y de la escritura no son diferentes a los que hacemos todos nosotros con ambición o con audacia, con valentía o con cautela, en el tiempo y en la geografía, entre el azar y la voluntad. Para ilustrar mi afirmación, algunos ejemplos:

Una noche, un joven español salió huyendo de Azua porque había matado un hombre y buscó refugio en Cuba. Unos meses después conquistó el legendario reino de los mexicas. Su nombre era Hernán Cortés.

En el siglo pasado el abogado Mohandas Karamchand se fue de su tierra natal y llegó al África en busca de una carrera, de un modo de vida. Lo que descubrió fue al hindú que vivía dentro de él, un reto que cambiaría su existencia y la de millones de seres humanos, y un destino que lo convertiría en Mahatma Gandhi.

Un hombre pudo escapar de Troya antes de su destrucción. Esa huida tuvo entre otras consecuencias: que sus descendientes fundaran a Roma y que muchos años después conquistaran a Grecia. Troya, al final ganó la guerra.

Es que todos nosotros, criaturas temporales, seamos o no artistas o escritores, no sólo somos parte de la historia y de la geografía, somos sus agentes de transformación y también somos sus cronistas.

Recordemos a los hombres que descubrieron la electricidad en sus diferentes modalidades, pero también al griego que esculpió la Victoria de Samotracia que aún parece a punto de volar con sus alas de mármol.

Pensemos en los hombres y las mueres que han viajado al espacio y al fondo de los océanos, pero también en el poeta florentino que en la Divina Comedia resume la cultura del mundo antiguo a golpe de tercetos y de alegorías.

Pensemos en las mujeres y en los hombres que con el Canal de Panamá modificaron para siempre el mapa de América, pero pensemos también en nuestro señor Don Quijote de la Mancha, que no se cansa de cabalgar por las llanuras de la lengua castellana, junto a Miguel de Cervantes.

Por último, quiero señalar que un texto literario debe poseer ciertas virtudes para que pueda volver a nacer en cada lectura, en cada lector. No voy a enumerar esas virtudes. Dejo esa labor a los académicos y a los críticos. Sólo mencionaré una. El ingrediente que, a mi entender, resulta indispensable para poder perdurar, aunque sea por un corto lapso, en la memoria de las generaciones y escapar, como canta Gardel, de «ese olvido que todo destruye».

Esa cualidad es la belleza.

Sé muy bien que la belleza es un concepto maltratado y hasta menospreciado en estos días de facilismo; en esta era en que la egolatría y el narcisismo son socialmente aceptables y hasta celebrados; en esta época que se tilda a sí misma de posmoderna, como si pretendiera incautarse del porvenir y en la que no pocos usuarios de la lengua escrita usan la prosa y la poesía como si se tratara de selfies literarios.

Como el concepto de belleza al que me refiero fue definido por el escultor Augusto Rodin, con una agudeza de la que no me siento capaz, dejaré que él la explique en mi lugar. Noten que Rodin lo hace a la manera de un artista que esculpe el aire para revelar la figura que duerme en la piedra. Rodin dice: 

He descubierto que sólo hay una belleza: la de la verdad que se revela; que lo feo en el arte es lo falso, lo artificial, lo que intenta ser bonito en lugar de ser expresivo. [Lo feo en el arte es] lo rebuscado y afectado, lo que sonríe sin motivo, lo que se amanera sin razón, lo que se tuerce y se acomoda sin causa, lo que carece de alma, lo que es tan solo alarde de belleza o de gracia, lo que miente.

Esa, queridos amigos, es la belleza a la que me refiero. [Discurso pronunciado en Monte Plata, República Dominicana el 27de noviembre de 2019]

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JUAN CARLOS MIESES. (El Seybo, RD, 1947). Estudió Letras Modernas en la Universidad Toulouse Le Mirail, Francia. Entre sus publicaciones destacan: Flagellum Dei (1985), Gaia (1991), Desde las Islas (2001), El día de todos, (2009), Las palomas de la guerra, (2011), Caminos sobre la mar (2015).

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