El oído musical en Solo de flauta Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Entrevistas » El oído musical en Solo de flauta

El oído musical en Solo de flauta

Escrito por Angel Garrido el 20 de mayo de 2013

Algo dijo René Rodríguez Soriano en George Mason University recinto de Fairfax hace menos de tres lustros. Se refirió René a la extraña manera en que la música popular exorciza en el escritor los demonios literarios. Arroyito cristalino lleva las notas sincopadas de sus aguas diáfanas y transparentes a los predios embrujados de cualquier amada dulce. Compadre Pedro Juan ha bautizado tantas niñas de ojos negros y cuerpo flexible cuantas Olgas Tañón hayan sido imaginadas por hombres bienintencionados.

De jazzista acusan a René algunos críticos. De todos modos, el mundo amplio y contagioso del Pambiche no siente celos de ritmo alguno. Desde el decenio de los ’70 del pasado siglo XX ponía Luis Rafael Sánchez de manifiesto la imbricada relación existente entre la mala música y la buena literatura. René Rodríguez Soriano, con sus propios cronopios que se nefregan, acaricia sin ambages la impresionante sencillez del capítulo 68 de Rayuela, porque en su ADN literario se encuentran los genes de Manuelico, alcabalero en hora de cena que cobraba la mitad de lo ingerido por narrar sin aspavientos ni pretendida grandilocuencia el destino trágico y conmovedor del tío Bienvenido, quien soportó vejámenes sin cuento hasta que gente de muy mala leche fue a pretender el cargo con su hija Albita, niña de sus ojos que era y consuelo de sus aflicciones que había sido.

Viene porque sí a cuento en Solo de flauta la apabullante sencillez de parvulario del capítulo 68 de Rayuela: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamer las incopelusas, se enredaba en grimado quejumbroso y tenía que evulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo como poco a poco las arnillas se espejunaban…”

En el capítulo Historia sin sentido de Solo de flauta todo parece sin embargo muchísimo menos críptico que en el 68 de Rayuela: “Penetra la luz por las ranuras del viento. Suena una flauta sorda en las paredes del eco. Huele a geranios y a tulipán a las seis de la tarde del sábado. Saben a pomarrosa todos los contornos de esta historia…” Símili con símili. Tan cinéfilo y musicólogo el uno como el otro, y ambos escritores con la complicidad disimulada de lo lúdico que les retoza entre cuero y carne, se miran sin empinarse a los ojos y se intercambian guiñadas de aprobación sin par.

René Rodríguez Soriano, cortazarianamente porque le da su malditísima gana, no reinventa el glíglico; pero acortaza los vocablos que ya han sido inventados por las hablas culta y popular.

Los variopintos y fugaces personajes de los primeros capítulos nos convocan sin remisión a su Constanza de origen; pero al final de la novela extraviaran los mismos personajes sus pasos inciertos en los médanos admirables de los cascos antiguos del Pacífico estadounidense. Rodríguez Soriano, como el verdirrojoamarillo de las legumbres y de las verduras de los invernaderos del valle, nace en el surco ubérrimo del Cibao y llega tan lejos como alcance su frescura y como lo permita el paladar exigente del lector de turno.

Los extraños ceremoniales y suplicios de los sóplidos de René llenan de asombro y estupor a su hermana Rosa. ¿De dónde los ha sacado el autor? Nadie ha creado nunca un símpido en la historia humana sin que luego le diera por parentela a un sóplido. Un símpido sin un sóplido sería un disparate de hombre equivalente a un cronopio sin un fama. Desde los puntos de vista morfológico y fonético en el caso específico de los personajes de René, la simple condición de esdrújulos de los unos y de los otros, así como la ocasional racionalidad con que los trae el autor a cuento, les augura con holgura un final de flauta. Así quién no suena. Que no nos joda el músico que al mundo trajo René. Es el de hoy el mismo reclamo del niño que repitió el año escolar a su amiguito promovido de curso: “Ah, qué bonito, ¿no? Así quién no pasa de curso, estudiando día y noche. Así hasta yo pasaría”.
Dígase con los debidos reverencia y respeto al eximio escritor de Rayuela, que la prosa de Rodríguez Soriano, quien nunca ha hecho con relación a Julio Cortázar nada distinto de quererlo y de homenajearlo, anda más cerca del noesis en tanto intencional intelección del lenguaje, que del noema que a ella se le amalaba en la primera oración del mil veces celebrado y todavía preterido capítulo 68 de la obra cumbre del grande y noble escritor argentino. Dicho todo lo callado al amparo de la interpretación dialéctica de la Fenomenología de Edmund Husserl.

Lo que nos incumbe nos deja cortos en la prosa viva y fresca de Solo de flauta. Añales lleva el autor del texto que nos ocupa preñado con lo que vio y quiere contar. En este nuevo libro lo cuenta una vez más; pero mal haríamos si no lo creyéramos una nueva versión de lo que en Constanza vio René Rodríguez Soriano: “¿Por qué te fuiste?”, le preguntó en Yolayelou en relación con su hégira Luis Martín Gómez:

–Uno no se va por nada –acotó, para caer a continuación en digresiones de índole varia.
Hombre de instinto montuno y ahijado de manantiales, aprendió temprano de las vacas de su pueblo y salió en busca de sombra para echarse a parir. Lo ha logrado. Lo hará de nuevo. El parnaso dominicano lo lleva bien.

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top